La decadencia
Las diosas se miraron coléricas; sus armaduras fulguraban al sol. Los yelmos, ajustados, conferían a sus rostros una semejanza asombrosa. —Yo soy Atenea —gritó la una—, hija de Zeus, dios de dioses. De su cabeza nací, ya guerrera, virgen y casta. Tú, suplantadora, ¿quién eres?¿Por qué te pareces a mí?
—Mi nombre es Minerva —aulló la otra—, hija de Júpiter, dios supremo. De su cabeza surgí ya aguerrida, incorrupta y virtuosa... ¿ Y tú impostora, por qué posees un rostro igual al mío?
Ambas bramaban, al tiempo que se disponían para la lucha; bravías, enfurecidas...
Y comenzó ésta, fraguándose ardua, feroz y cruenta. Al término, Atenea yacía en el suelo, con una lanzada profunda y mortal en el pecho. Minerva, en idéntica postura y con pareja herida, se desangraba agonizando.
Más tarde se enfrentarían Zeus contra Júpiter, Venus y Afrodita, Poseidón y Neptuno... para terminar derrotados ante el Gólgota.