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El andurrial de Espuma

Espuma de cuentos

La decadencia

La decadencia Las diosas se miraron coléricas; sus armaduras fulguraban al sol. Los yelmos, ajustados, conferían a sus rostros una semejanza asombrosa.

—Yo soy Atenea —gritó la una—, hija de Zeus, dios de dioses. De su cabeza nací, ya guerrera, virgen y casta. Tú, suplantadora, ¿quién eres?¿Por qué te pareces a mí?

—Mi nombre es Minerva —aulló la otra—, hija de Júpiter, dios supremo. De su cabeza surgí ya aguerrida, incorrupta y virtuosa... ¿ Y tú impostora, por qué posees un rostro igual al mío?

Ambas bramaban, al tiempo que se disponían para la lucha; bravías, enfurecidas...

Y comenzó ésta, fraguándose ardua, feroz y cruenta. Al término, Atenea yacía en el suelo, con una lanzada profunda y mortal en el pecho. Minerva, en idéntica postura y con pareja herida, se desangraba agonizando.

Más tarde se enfrentarían Zeus contra Júpiter, Venus y Afrodita, Poseidón y Neptuno... para terminar derrotados ante el Gólgota.


Retazo inédito de un cuento

Retazo inédito de un cuento

—No gracias, no la necesito —me contestó Blanca Nieves cuando le ofrecí una cuchara.

Y cogiendo por un asa la sopera, que contenía el almuerzo de todos, se la bebió de un sorbo.

Una invitada muy descortés. Eso creo yo.

 Gruñón.

 

Parangones

Parangones

Todos sabemos que Tomás es un gallina. Pedro, que es tan bravo como un león, no soporta su cortedad, lo mismo que  Lorenzo, excelente imitador, talmente como un mono, se burla de Tomás haciendo ademanes jocosos.

Incluso Jacinto, cegato como un topo, percibe la pusilanimidad del cobarde y le increpa, no de la manera que lo hace Roberto, que llega a insultarle por su mengua; siempre estamos temiendo que Rob, que tiene menos seso que un mosquito y es tan fuerte como un toro, lo golpee. Si eso ocurriera sería terrible; Tomás es endeble  además de asustadizo.

Carlos, rastrero como una serpiente, está siempre adulando a Pedro, que es el jefe de la pandilla, en cambio Eusebio siempre al acecho para atrapar cualquier despojo; si no fuera por su risa de hiena lo cotejaría con un buitre carroñero.

Me agrada examinar a mis amigos para conocer cómo son, sus flaquezas y sus valores, porque es así como después puedo describirles, no en vano me apodan El Loro. 

  

Cólera femenina

Cólera femenina

Cristina nota que alguien entra en la cocina y se da la vuelta expedita, no ve a nadie y, algo confusa, continúa con lo que estaba haciendo; remover sus sabrosas natillas.

No obstante, sigue advirtiendo que alguien la vigila por detrás; tiene la impresión de sentirse observada y bruscamente vuelve a mirar. No hay nadie.

El vello se le pone de punta al instante; la mirada sigue clavada en su espalda, lo percibe.

Aparta el postre del fuego y se gira. Todo está en calma.

 

Se limpia las manos en el paño, sin dejar de observar todo el perímetro de la cocina, camina lenta, vigilante, hacia la salida; necesita salir, huir de allí. No soporta esa presencia invisible que la examina; indudable que es un fantasma.

Casi toca el pomo de la puerta. Ya está a punto de abrir...

De pronto, el zumbido de una mosca la hace girarse; el maldito bicho está posado en el borde del cazo, restregándose las patas y dispuesto para arremeter con sus natillas.

—¡Zus! ¡Zus! ¡Fuera de ahí! ¡Fuera bicharraco inmundo! —grita entonces, olvidando completamente el pánico que sentía y corriendo a espantar a la intrusa zampona.

 

Una materia traslúcida se escabulle, rauda,  por la ventana; ante aquellos espeluznantes chillidos, el ente se siente aterrorizado. Ella es más fuerte.

 

Sin rastro del ente sin rostro

Sin rastro del ente sin rostro

El engendro cubría su cuerpo con un largo manto negro con capuz y, a pesar de que jamás vi su rostro, sabía que era horrendo. Su alargada sombra hostigaba a mi persona sin descanso, en perpetúo acoso, con sus ojos ardientes y sus garras de afiladas uñas.

Siempre lograba su propósito; aterrorizarme, tratando de asirme para, quién sabe si llevarme a las profundidades del averno, y yo, contrita ante su presencia, sólo ansiaba escapar, escapar o morir para terminar con esta agonía.

Ocurrió que una vez, el ente, logró aproximarse demasiado a mí y el hueco negro que era su rostro quedó pegado al mío y sus ojos de fuego inflamaban mi cara. Esta vez, —pensé, — no habrá escapatoria. Pero, acaso por el afán de supervivencia o quizá por lo contrario; concluir de una vez con el martirio, agarré su capuz y tiré de él con todas mis fuerzas, quedando su rostro al descubierto.

— ¡Ahhhhhh! —grité aterrada, aun sin haber visto la faz maldita. Pero cuando, ahíta de terror, levanté la vista para mirar lo que acaso sería mi última visión, resultó increíble, pues, el monstruo, muy enojado, me gritó.

 

— ¡Nunca te han dicho que no se debe descubrir a un carnavalero!

Y huyó enrabietado.

Jamás volví a verle en mis pesadillas.

Por cierto, su cara era...  ¿qué más da? Seguro que algún día también vosotros tendréis el coraje de quitarle el capuz, porque seguro que ya lo habréis visto en vuestros propios sueños ¿no?

    

Genio e ingenio

Genio e ingenio

Mi abuela inventaba palabras, sí, como lo leen. Lo curioso del caso es que la entendíamos casi siempre.

— ¡Deja eso, muergana! ¿No ves que tú no puedes con la tinaja? —me decía, y así yo sacaba que “muergana” aludía a endeble.

— Mañana comeremos estarifón al horno —nos dijo una vez.

— ¿Y qué es estarifón? —preguntó mi hermano confuso—, abuela te aviso que si es cordero no lo probaré, sabes que no me gusta.  

— No, no es cordero, es gallo; voy a matarlo por alborotador —contestó ella inmutable— y de postre piñuelos con padel.

— ¡Ah! —dijo David, mi hermano, dando por zanjado el asunto. Ya estaba  curado de espanto ante las invenciones de la nana.

—Abu —comenté yo tratando de razonar la causa de sus tinglados— ¿por qué te inventas palabras?

— ¡Vaya, qué niña más chismitiscosa! —contestó siguiendo con una retahíla de palabras que me dejó turulata—, ¿no sabes que las nenas no deben jestesar cosas de mayores? ¿O acaso no te he enseñado que con la treca en mutis estás mejor? Bueno, dime ¿entiendes lo qué digo?

— Creo que sí —razoné después de pensarlo un rato.

— Entonces ¿para qué tanto escándalo? —corroboró—, me gusta inventar palabras, me hace sentirme importante… como Ceravantes, ¿entiendes?

—Claro, —afirmé— me siento súpermegaorgullosa de ti, abu. 

— ¿Súper qué…? ¡Qué palabras más raras decís los niños de hoy! —me lanzó enojada.

  

La adoración de los ídolos

La adoración de los ídolos

Siempre que iba a poner flores a su difunto marido, Doris observaba al cúmulo de personas que flanqueaban la otra tumba.

Un día decide sumarse a la multitud y poner una de las petunias del ramillete que traía en el reputado sepulcro. La semana siguiente trae un ramo de gradiolos y la próxima, hortensias; siempre variando el tipo de flor para sentirse la predilecta, la que más lo idolatra.

Hoy trae gardenias blancas, olorosas y llamativas y, después de, rápidamente, haber colocado los sencillos claveles al esposo, deposita las flores sobre el famoso panteón sintiéndose radiante. Desde la fotografía, el galán parecía sonreírle sólo a ella y a nadie más que a ella.  

James Dean estaba guapísimo.

Monstruos rellenos de miel

Monstruos rellenos de miel

Anteriormente a los fantasmas, brujas, duendes y otros espantos que aterrorizaban al mundo, existían los Gûakos que eran gigantes de aspecto feroz, greñas largas y ojos negros como la noche.

Se aparecían a la gente que andaba a deshoras por esos caminos de Dios, o del diablo, según se mire. Antes de mostrarse, una inmensa niebla llenaba el lugar para después, como caídos del cielo, o del infierno, según se vea, emerger a un palmo de la nariz del infortunado.

La cosa hasta aquí era normal o paranormal, según se considere, pero resultó que luego, los Gûakos, eran tan dulces como un confite y tan mansos como un borrico.

Lo descubrió un tal Orencio Pavia, que era hombre de pelo en pecho y no temía a nada de este mundo ni del otro y tuvo la desdicha o dicha, según se opine, de toparse con un Gûako.

Orencio miró sus fulgentes ojos pero no vio en ellos la maldad sino una inmensa codicia de mimos y ternura, así que sin pensarlo y mientras el gigante se quedaba empantanado delante de él, principió a acariciarle la pantorrilla, que era la zona que podía alcanzar. Eso bastó para que el jayán se deshiciera en lágrimas y, sentándose, dejó que el hombre lo cubriera de arrumacos. 

El Señor de los Entes decidió entonces eliminarlos por considerar que eran seres terroríficos discordes al terror.

Se rumorea que quedan algunos Gûakos, ocultos y protegidos, por hallarse en peligro de extinción.

  

Cazadorus Implacablis

Cazadorus Implacablis

En la vieja casona que aún posee mi familia en la campiña están todos los trofeos de mi abuelo, que fue cazador en vida.

Me llama mucho la atención El Ultrajadominus Repulsivis, un ejemplar muy cuantioso, difícil de erradicar y bastante repugnante. Debajo de su cabeza disecada, mi antepasado describe cómo logró cazarlo mientras trataba de abusar de una muchacha, que pedía auxilio desesperada.

El Patibularius o Sicariense Asalariadus, a la par que el anterior, un espécimen despreciable. Mi antecesor subrayó bajo su testa que lo pilló cuando pretendía hacer un encargo, sin especificar más.

El Corrupteditalus Politiense Abusibus, uno de las peores alimañas de la batida, fue derribado cuando expulsaba a una mísera familia de su barraca, según cuenta mi abuelo, para hurtarle sus pobres posesiones, cuando ya había logrado otras tierras colindantes, con la intención de construir una urbanización de lujo.

Asimismo entre sus capturas están, El Estafadoriantus Urbanus, El Narcotraficantibolus, El Randaminus de manilarga, El Delincuentis Comunis o El Usurerus Lucrativis.

 

Una nota aclaratoria del abuelo expone: Ninguno de estos especimenes está o lo estará a corto plazo en peligro de extinción.

Yo lo creo a pie juntillas.

 

La cabellera

La cabellera

El ofrecimiento de Gregoria  a la Virgen fue dejar que el cabello de su hija creciese libre durante toda su vida. Fue una promesa por la salud de la niña, que débil y lánguida por una extraña enfermedad yacía en su cama día tras día; sólo después del compromiso, la muchacha empezó a restablecerse.

Margarita crecía al unísono con su cabello; la larga melena ya se extendía en pos de ella cuando salía a pasear al jardín, arrastrándose como un tapiz enorme. Los pájaros, confiándose a la vista de tan exuberante mata de pelo, decidieron hacer sus nidos en él; era un lugar caliente y recóndito.

Allí se escondían también las arañas, las lagartijas y salamandras, y toda clase de insectos que buscaban calor y escondrijo.

Mamá procuraba lavar el largo cabello de su hija al menos una vez al año. Era muy difícil asearlo y escarmenarlo y cuando lo hacía debía quitar tanto bicho viviente de él, que resultaba muy fatigoso.

 

Hoy Margarita sigue paseando por el jardín, a sus ochenta y dos años, camina despacio soportando que su cabellera se arrastre extensa y enmarañada, tan saturada de alimañas que casi no puede dar paso.

Desde hace más de cuarenta años espera con ansia la hora suprema, cansada del tormento que es su pelo, pero se le resiste. Quizá —piensa ella con un suspiro—, La Muerte rehuye tener que arrastrar esta gigantesca pelambre.

La leyenda de la bañista fantasma

La leyenda de la bañista fantasma

La ve salir detrás de la ola justo cuando la otra comienza a estallar; su cuerpo de  ébano llama poderosamente su atención, sin embargo lo que más asombro le causa es que no está mojada; su cuerpo y su cabello están secos.

Los demás bañistas ni se percatan de su presencia y eso le extraña pues es la mujer más hermosa que había visto nunca.

Ella trata de salir pero la ola la envuelve y desaparece de su vista, entonces el hombre corre hacia el mar y se interna en el agua, las olas lo enrollan pero él, desesperado, sólo quiere encontrarla, así que bucea con la angustia de no poder localizarla atenazándole el pecho. Sube varias veces a tomar aire y se zambulle de nuevo; al fin vislumbra su figura bajo el agua y nada raudo hacia ella, la agarra de la mano, pero la mujer se suelta, la ase de nuevo y ella vuelve a desprenderse una y otra vez.

La desesperación hace mella en él y los pulmones le estallan; emerge y toma aire y se hunde otra vez pero ya no la ve, aun después de hacer varios intentos.

Sale del mar, acongojado; sabe que ella se ahogó.

—Se ahogó —dice rendido a la primera persona que encuentra, un viejo pescador que le mira indulgente.

—Sí, —le confirma— pero hace ya seis años.

 

El custodio de los sueños

El custodio de los sueños

Si tuviera apéndice nasal podría recordar el aroma de los verdes valles, de las retamas en flor y de la tierra húmeda, cuando Jorgito, subido a su grupa cabalgaba alborozado, sin otra idea en su cabecita que  llegar al imaginario fortín, para estar a  salvo de los apaches.

Si poseyera cerebro, podría rememorar los tiempos en que Lucas, subido encima de él,  avanzaba  por los extensos campos, pensando en llegar al castillo para rescatar a la princesa y matar al dragón de fauces ardientes. O cuando Lupita, encaramada en su lomo, corría por debajo de su hada madrina, que volaba etérea y ligera por encima de ella. Si tuviera corazón, ahora se hallaría triste, evocando como  la pequeña Tina, jovial y traviesa, le fustigaba con una vara, para que trotara más rápido y alcanzar  la casa de la bruja, antes de que los infortunados niños fuesen engullidos por la malvada.

 

Pero  no tenía cerebro, ni corazón, ni olfato; en realidad sólo tenía un cuerpo de encina, fabricado hacia muchos años por un mañoso carpintero. Y no tenía sueños porque éstos pertenecieron a unos chiquillos que ya  habían extraviado la ilusión.

 

En el desván sigue el caballito de madera; viejo, desvencijado y desteñido. Aún permanece ahí, nadie sabe bien por qué, quizá salvaguardando las fantasías infantiles de los adultos que, de vez en cuando, lo contemplan con nostalgia.

 

Memorias de la infancia

Memorias de la  infancia

Doña Brígida andaba despacio, como si nunca tuviera prisa. Su sempiterno atuendo era un pañuelo atado tras la nuca y un delantal desteñido con bolsillos, donde iba metiendo todo aquello que tuviera algún interés para ella; papeles, un clavo, un trozo de cordón...

Doña Brígida, la ventera, estafaba al pueblo entero y lo hacía con una afabilidad embaucadora y una labia pasmosa, aunque nunca nos engatusó su sonrisa pícara. Pero no había ningún otro sitio donde comprar, y lo más importante; ella nos fiaba todos los suministros, para pagarlos cuando recogiésemos la cosecha de las papas,  así que nos dejábamos estafar sin remedio, apretando los dientes y dejando que apuntase en el cuaderno de los fiados las compras diarias  y un poquito más, o viendo cómo su báscula nos robaba 50 gramos de tocino o un puñado de guisantes.

La ventera se volvió rica y envió a sus hijos a estudiar lejos, como los del cacique o los del alcalde. Entretanto, los demás niños nos quedamos en el pueblo jugando a ser pilotos o médicos, devorando con ansia los escamoteados garbanzos con gorgojos de doña Brígida y suspirando por, sólo contemplar, los flamantes juguetes que los hijos privilegiados ostentaban con regodeo todos los veranos.

 

Por los cielos

Por los cielos

Humberto tenía verdadera fobia a volar. Su terror era tal que sólo con oír el ruido de una aeronave en la noche se ponía nervioso.

Cuando, por una causa mayor, tuvo que viajar en avión, se tomó seis calmantes y cinco güisquis. Nada más sentarse en el sillón del aparato quedó embotado sumiéndose en un sueño profundo en el cual, el reactor se iba a pique sin remedio y la gente chillaba con un pánico ensordecedor mientras él, horrorizado, se veía a sí mismo dando tumbos dentro de la nave que descendía vertiginosa.

 

—Señor, oiga... despierte por favor —le repetía una voz suave y tranquilizadora.

 

Antes de abrir los ojos dedujo que todo había sido una pesadilla y suspiró con alivio, pensando darle un enorme abrazo a la auxiliar por haberle rescatado de aquel infierno.

 

La azafata, con su vestido blanquísimo y resplandeciente, le sonreía —¿no era azul el uniforme?— recapacitó, antes de distinguir las alas inmaculadas que le asomaban por la espalda.

 

Argucia de una dama en apuros

Argucia de una dama en apuros

Entró por mi ventana, yo no dormía, pero él lo creyó. Se acercó hasta mi lecho despacio, sin hacer ruido.
El corazón me latía alocado; el pánico casi me hizo gritar pero aguanté, tenía que resistir.
De pronto, con un rápido movimiento, abrió mi cobertor, y al destaparme, advertí sus colmillos que refulgían en la oscuridad. Prevenida, me levanté de un salto y corrí hacía el enorme y robusto armario de dos hojas que había encargado fabricar, me introduje dentro y cerré. Mi corazón, cada vez más desbocado, parecía querer salir del pecho y huir por sí solo.
Él corrió, detrás de mí; como yo había supuesto. Abrió la puerta del ropero en el mismo instante en que yo salía por la otra puerta. Rápida como una gacela atranqué todas las puertas. Perfecto.

Me acosté de nuevo y esperé el día mientras los bramidos del chupador se hacían cada vez más horripilantes.

El sol estaba en pleno apogeo, alumbraba toda la alcoba y daba de lleno en el ropero.
Desatranqué todas las puertas y esperé pero el vampiro no quiso salir. Hube de abrir yo.

Este montoncito de ceniza que estoy barriendo les vendrá estupendo a mis petunias.

Evoluciones

Evoluciones

Primero era tan pequeña como una lenteja, después llegó a ser como un guisante y pronto igual que un garbanzo, no tardó mucho en desarrollarse hasta llegar a parecer un haba. Creció luego hasta tener la apariencia de una avellana y enseguida se hizo como una castaña.
Ahora semeja un higo chumbo pero, aunque siento curiosidad por saber que legumbre o fruta más imitará mi verruga, he de extirparla sin remedio; ha comenzado a echar pinchos y tengo el sobaco en carne viva.

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

Extasiados por la pasión inexperta y juvenil no dejaron resquicio a la cordura y sólo sus corazones fueron dueños y señores de sus almas y cuerpos.
Así, empezaron a edificar su nido de amor comenzando por el tejado; tejas de chocolate, paredes de nata azucarada y puertas de turrón.
A los primeros soplos de viento tormentoso, la casa de los enamorados se vino abajo.
Después de la terrible tempestad, cada cual regresó al sólido hogar de sus respectivos padres, desencantados y mohínos, sin volver la vista atrás y maldiciéndose uno al otro.

Algún día lo intentarán de nuevo, cada cual, tal vez, por su lado, pero entonces ya habrán aprendido algo fundamental; una casa siempre se ha de comenzar por los cimientos y construirse con férreos materiales, después, en su interior, es donde hay que acomodar la dulzura.

El pájaro del miedo

El pájaro del miedo

El caballero vibraba; sus largos cabellos enmarañados y sucios de polvo destilaban líquido a raudales, sus ojos observaban al contrario, perspicaces, sin titubeos, la espada palpitaba ávida en su fuerte mano, dispuesta a hundirse en el pecho del rival a la menor vacilación.
En el suelo permanecía, inmóvil y rutilante bajo los rayos del sol, su yelmo y su protección pectoral, de los cuales se había despojado como muestra de valor ante su adverso.
El otro observaba sus gestos con desasosiego; alarmado ante tal alarde de valentía, receloso ante su atrevido temple, aprensivo ante lo que podría ser su derrota y acaso su muerte. Tras el yelmo, su rostro reflejaba el pavor, el sudor empañaba su mirada y un espasmo sacudía su mandíbula.
Pensó en rendirse pero no se lo permitía su orgullo. Caviló que, acaso en un despiste de su rival, él podría hundirle la espada en pleno corazón pero le aparentaba ilusorio, irrealizable...
Súbitamente, un cuervo surgió ante sus ojos y se posó en su hombro.
No había duda alguna; iba a morir, el pájaro negro, su pesadilla, se lo confirmaba. Cayó su espada al suelo y quedó exánime, asequible a la estocada enemiga mientras su esfínter, sin control alguno, evacuaba a chorros su pánico.

Sin humos

Sin humos

Nicolás Cachimbú, —así apodado por su pertinaz vicio de llevar siempre cachimba— decidió un día dejar la cazoleta para siempre.
Recordaba que este mal hábito lo había sometido desde la temprana edad de catorce años, y el motivo había sido su desmedida timidez.
Llevar una cachimba en la boca le proporcionaba audacia, ya que siendo tartamudo la gente discurría que su lenguaje apabullado era por causa de la pipa.
Nicolás abandonó la cachimba cuando iba a cumplir setenta y ocho años, después de que el doctor le exhortara a dejar de fumar.
Sólo después de mucho sufrimiento para adaptarse a estar sin su compañera de tantos años, Cachimbú recordó que jamás había fumado; que sólo había chupado, durante toda una vida, su cachimba de madera de cerezo.

Gotas de almíbar

Gotas de almíbar

Mi abuela Coralia adoraba fumar en cachimba. Oculta en el sótano, expulsaba volutas de humo azul que se disipaban en el aire.
Desde la habitación de arriba, mi hermana gemela y yo, con ocho años, la espiábamos por un agujero que las tablas del piso, ya desgastadas, nos habían dispensado.
Abuela fumaba con entregado placer y su pipa, de color azabache con adornos plateados, se mecía en su mano con delicia.
Sólo cuando fumaba su rostro resplandecía y, aquel halo de felicidad, la hacia parecer una chiquilla.

Si oía algún ruido, presurosa, apagaba la cachimba y la escondía en un orificio de la pared. Entonces nosotras, desilusionadas, abandonábamos nuestro mirador.

Cuando crecimos nos enteramos de que aquella cachimba había pertenecido a mi abuelo, muerto cuando nosotras teníamos apenas seis años. Fue mi abuela la que nos informó.

—Cuando fumaba era como si estuviera besando a mi amor otra vez... —nos dijo, nostálgica de las sensaciones que antaño la complacieron tanto.

El tiempo borró de la boquilla de la pipa, la esencia de mi abuelo. Con ello desvaneció también el deseo de fumar de mi abuela.