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El andurrial de Espuma

Espuma de cuentos

Rabo de lagartija

Rabo de lagartija

Desde que nació ya fue un bebé colérico; puños cerrados, lloros agudos y cara amoratada por la furia.
Su niñez y adolescencia las pasó entre colegios e internados y fue expulsada en varias ocasiones por practicas abominables con sus preceptores, además de villanas acciones con sus compañeras de clase.

Nunca se casó; si lo hubiera hecho, a ciencia cierta, su esposo sería hoy ungido como mártir, sin embargo tuvo candidatos, que salían huyendo a poco de tratarla. Sólo uno de ellos pudo soportarla durante dos meses.
Su madurez nunca existió, ya que siempre se comportó como adolescente díscola y en su vejez fue acogida en un asilo, donde las religiosas encargadas de atenderla estuvieron a punto de perder su admirable fe.

Y feneció, después de una longevidad casi milagrosa y bastante atroz para sus custodias. Entonces su rostro, prodigiosamente, se dulcificó; aparentaba una señora amable y amorosa allí tendida en su ataúd.

Creo que, ciertamente, es la muerte la única que la acogió con agrado y ella parecía sentirse, por fin, cómoda.

Yo jamás me sentí mal por dejar que pasara su vida sola; nunca pude sobrellevarla. Excepto ahora; cada semana voy a su tumba y le cuento mis problemas y alegrías. Como haría cualquier hija con su madre.


Simulacros cotidianos

Simulacros cotidianos

La odalisca se agitaba voluptuosa y sensual al ritmo de la música exhibiendo sus torneados muslos y su cimbreante vientre ante los numerosos ojos masculinos que la seguían ansiosos.
Pedro, entre los espectadores, la escudriñaba pensando que aquel cuerpo ondulante y perfecto irradiaba erotismo por todos los poros de su piel.
Dedujo que toda ella era pasión, ardor, lujuria... y que mientras bailaba estaría poseída por la lascivia y el deseo carnal más intenso y vehemente.
Entretanto, la bailarina medía con impaciencia el tiempo, desfallecida y asqueada solo deseaba terminar su jornada de trabajo para volver a casa.

Argucias de familia

Argucias de familia

Todos los días iba a visitar a doña Teresa y nos pasábamos las apacibles tardes bajo el gran castaño, hablando de Roberto y tomando limonada. Ella era una buena conversadora y yo la escuchaba, abstraída, platicar de su hijo y las virtudes que éste poseía: era formal, cariñoso, ordenado... yo soñaba con él, sin importarme la opulencia de mi familia ni sus penurias, y envidiaba a las muchachas que, según doña Teresa, asediaban a su hijo.

Yo era por entonces un alma cándida que creía a pie juntillas las palabras de aquella mujer, que parecía tan honorable pese a las privaciones, y no supe ver la realidad hasta después del matrimonio: Roberto fue un esposo tarambana, borracho, huraño e irresponsable.

Ambos descansen en paz.

Hoy, yo sigo bajo el gran castaño donde espero, tomando mi refresco, por Margarita, una muchacha ingenua y hacendosa que deseo para mi Demetrio, este hijo mío cincuentón que tan fielmente ha heredado las “cualidades” de su padre.

¡Qué no haría una madre por su hijo!

Bar Consuelo

Bar Consuelo

Ramón escucha atento a Juan; éste le comenta que su mujer le ha abandonado, entre hipos y sollozos, mientras apura, una tras otra, copas y copas de coñac. Al atardecer, el hombre se retira, zangoloteándose de un lado a otro. Al poco aparece Roberto, se sienta en el taburete y pide dos güisquis dobles. No tarda mucho en desahogarse y le cuenta a Ramón que Elena decidió dejarle, por un miserable vendedor de bombillas. Llora con desesperación y el otro le consuela como puede. Al fin, con una borrachera impresionante, Roberto se va pero, al mismo tiempo que él atraviesa la puerta, entra Vicente.

Vicente es un buen vecino, soltero, maduro y tranquilo. Por eso Ramón queda atónito, cuando le dice que se ha enamorado y que, Ángela, su amor, no le hace ni caso. Lloriquea, el hombretón, mientras consume tequila sin parar. Mocos y babas se esparcen por toda la barra y el cantinero limpia una y otra vez, con calma, al tiempo que reconforta a Vicente.

Cuando, a la madrugada el hombre se marcha, Ramón cierra la puerta de su negocio.

Nunca debí ponerle el nombre de mi ex novia al bar —piensa, y con un suspiro de cansancio se dispone a asear su cantina.

 

 

 

 

Arácnido

Arácnido

Arácnido

Era negra, gigantesca y brillante. La veía bajar por la blanca pared confiada e inexorable.

Sus patas velludas parecían deslizarse sin esfuerzo; yo, echado sobre la cama, no fui capaz de moverme. Sus pinzas no paraban de fluctuar; sus ojos centelleaban en cientos de fracciones mientras, sin dejar de observarme, seguía descendiendo.

 

El pánico era tan grande en mi interior que creí reventar. El sudor empapaba todo mi cuerpo y mi corazón latía a un ritmo desorbitado, pero estaba inmovilizado, paralizado por su hechizo maldito. Ciertamente, las arañas son capaces de sugestionar a sus víctimas; yo estaba hipnotizado, prisionero, subyugado por aquel pavoroso bicho.

 

Llegó hasta mí y subió pausadamente por mis piernas, mi pecho..., parándose de vez en vez y vigilándome para averiguar si su sugestión seguía causándome efecto —eso me pareció a mí— cuando, finalmente, alcanzó mi cara me pareció oírla reír maléfica, insidiosa...

 

 Principió por mi cabeza; tejía rápidamente su tela y me envolvía en ella con la destreza y maestría de la más habilidosa modista.

Me fue liando, ciñendo y embalando en la tela hasta que fui sólo un paquete.

 

Mi mente horrorizada podía aún vislumbrar una solución; ella no podría arrastrarme a su guarida, yo era un peso excesivo para una araña aunque fuese tan grande en similitud a su condición.

Pero... empezó a revisarme minuciosamente moviendo impaciente sus pilosas tenazas por todo mi cuerpo y luego ávida, comenzó a chupar mi sangre succionando despacio, sorbiendo pausadamente cada gota, como una mariposa que liba el dulce néctar de una flor.

 

No me dolía, más bien tuve la sensación de que se me iba la vida mansamente, pero el horror de saber que estaba sucumbiendo, de que iba a morir, causaba en mí una aterradora conmoción, una angustia espantosa y una resistencia inútil y enloquecedora  por la  supervivencia.

 

Mi mente se fue nublando lánguidamente según ella iba extrayendo mi sangre y mi cuerpo, cada vez más débil e inutilizado, se dejaba arrastrar inerme e impotente hasta sentir como un entumecimiento soporífero me aletargaba por completo; ella continuó su labor engullidora mientras mis ojos se apagaban y ya sin brillo se cerraban a la vida.

 

Mi cuerpo momificado, plena y perfectamente desecado, fue encontrado a la mañana siguiente. Nadie se explicó que había pasado.

 

Ha pasado el tiempo y ahora mi espíritu pudo al fin, gracias a los progresos, teclear en este aparato lo que realmente me pasó en el año 1.916 en la C/ Delirio Nº 686 de la ciudad de Malaventura.

 

Avisen a un fumigador, ahora que aún pueden... nunca se sabe.

 
 

Fulana y mangana

Fulana y mangana Vino llorando a mí y me ofreció la pulsera de su bisabuela; era un brazalete que tenía más de cien años, de oro macizo, que llevaba esmeraldas engarzadas y rubíes.
Mi bienquista vecina me dijo que estaba apurada, que debía pagar una deuda y por esa razón se deshacía de la alhaja que tenía en tan alta estima, y yo se la compré enseguida, compensando sus desconsoladas lágrimas con un cheque más cuantioso de lo que me pedía y dándole el lenitivo que necesitaba.

—Estará en las mejores manos— le aseguré mientras me apresuraba a guardar la reliquia.

Hoy, un día después, he sabido que mi ajorca no vale nada: no es de oro, las que supuse piedras preciosas son simples vidrios y de antigua, claro, no tiene ni el broche.
Mi amiga ya no vive aquí, se fue la misma tarde de la venta, alegando que debía subsanar sus débitos. Ella me dio una quincalla, estafándome, y eso me punza el orgullo. Pero me consuelo imaginando su cara de hurón encrespado, cuando el funcionario del banco le informó de la total ausencia de caudal en mi cancelada cuenta bancaria.

Piélago

Piélago La llamaban Glauca porque poseía unos ojos verdes y profundos. Al mirarlos fijamente, uno podía distinguir el fondo del mar en ellos; seres marinos como peces, corales, medusas y estrellas de mar fluctuaban en sus pupilas, pausados y radiantes, arrullados por la plácida marea del mar de sus ojos.
A veces, cuando se fraguaba una tempestad en su alma, se percibía en su mirada la violencia de las olas rompiendo contra los negros y cortantes farallones de la orilla y entonces las medusas, trémulas, buscaban refugio en su iris, las estrellas se anublaban y los corales se agitaban estremecidos.

Piélago

Piélago La llamaban Glauca porque poseía unos ojos verdes y profundos. Al mirarlos fijamente, uno podía distinguir el fondo del mar en ellos; seres marinos como peces, corales, medusas y estrellas de mar fluctuaban en sus pupilas, pausados y radiantes, arrullados por la plácida marea del mar de sus ojos.
A veces, cuando se fraguaba una tempestad en su alma, se percibía en su mirada la violencia de las olas rompiendo contra los negros y cortantes farallones de la orilla y entonces las medusas, trémulas, buscaban refugio en su iris, las estrellas se anublaban y los corales se agitaban estremecidos.

Perseverancia

Perseverancia La primera vez que se enamoró creyó que sería para siempre. La siguiente, no había perdido la fe de que esta vez sería sincero. A la tercera, ya desconfiaba del amor y en el cuarto fracaso amoroso, se dijo a sí misma que no volvería a enamorarse.
Cuando conoció a Ricardo, la certeza de que éste era su media naranja, le hizo olvidar su promesa y cuando Ricardo la abandonó, Manuel la consoló con satisfacción durante seis años. Después... de nuevo sola.
Al mes de su soledad, intimó con Gerardo y llegó a ser feliz con él durante tres años. Pero él se fue y el nuevo desengaño le hizo resolver no sucumbir, bajo ningún concepto, a las lisonjas de otro varón.

Hoy tiene setenta y dos y acaba de conocer a Rafael, de setenta y seis. Él es distinto, se dice, mientras dispone con ilusión su octava boda.

A imagen y semejanza

A imagen y semejanza Fue en aquel hotel de Roma tan lujoso; con sus escalinatas tapizadas de rojo, sus muebles labrados, unos cuadros impresionantes... y los espejos, profusos espejos por doquier; en recepción, en las salas, en las habitaciones, en las escaleras...
Bajé yo, modesto hombre de pueblo, a la cafetería, para llevar a mi decaída esposa un café que la reanimara. Todo fue bien, —no me perdí, como temía, en aquel hotel fastuoso de pasillos interminables y recovecos imposibles— de maravilla iba todo, hasta que subí de nuevo por las escaleras, —aquella escalinata revestida de terciopelo bermellón y ataviada con espejos por todas las paredes— ya que nuestra habitación se hallaba en el primer piso.
Al subir, con la jícara zarandeándose en mis manos, casi tropiezo con un señor que bajaba; un hombre mayor, como yo, que renqueaba un poco, con una ladeo similar al mío. Me aparté enseguida, para darle paso al caballero, pero él, afable, se apartó asimismo.
Entonces decidí continuar yo mi subida, mas él, quizá creyendo que yo esperaría, trató de bajar, ¡casi topamos! Raudo, me aparté de nuevo y va él y hace lo mismo.

No había manera de entendernos.

Si no es porque me ajusto mejor las gafas y distingo que aquel señor, tan torpe, llevaba una taza de café en las manos y un atuendo idéntico al mío...

En fin, hubiera pasado mucho tiempo haciendo el mentecato y mi esposa odia el café frío.

¡Los espejos son unos minuciosos plagiadores!

Extraviados

Extraviados Don Felipe de Torremayor se hincó de rodillas frente a la imagen de la Sagrada Cruz y oró, sabiéndose ya vencedor; llevaba puesta su indumentaria para partir raudo con sus justicieros acólitos, a Las Cruzadas; en su peto lucía la cruz roja y en su corazón el sentimiento ardoroso de la Verdad Única.

A mucha distancia, Amad Jamed se hallaba arrodillado asimismo, mirando a la Meca, dispuesto ya para la batalla, de la que juzgaba que él y sus tropas saldrían victoriosos, puesto que ellos luchaban por la Incólume Verdad y Alá, sin duda alguna, estaría con ellos.

Arriba, en las Divinas Alturas, Dios o Alá, comprendió que los hombres seguían siendo ciegos, tercos y feroces y que, ni las misericordiosas enseñanzas de Su Jesús ni las benditas doctrinas de Su Mahoma, habían logrado nada en absoluto.

Doble laurel para Hera

Doble laurel para Hera Un día Hera, diosa del Olimpo, se alejó demasiado en su carro de oro tirado por pavos —furiosa a causa de otra de las numerosas infidelidades de Zeus— y llegó hasta la jurisdicción de los dioses egipcios, encontrándose con Isis, que sollozaba entristecida.

La griega frenó su carro con un chirriar de patas y se dispuso a saber algo de aquella desconocida y doliente fémina.

Hablaron y departieron las dos diosas, llegando a sentirse tan acopladas que la amistad no tardó en surgir entre ellas.

Isis, relató a Hera que su desconsuelo se debía a la perdida del falo de su esposo, después de que Set lo hubiera desmembrado y esparcido de tal forma que ella, Isis, aunque localizó y compuso de nuevo a su amado Osiris, nunca halló su pene.

Quedó Hera pensativa y al fin, en su mente se fraguó una idea genial. Prometió ayudar a su nueva y gran amiga y partió.

Zeus dormía con un sueño pesado —como si hubiese bebido alguna droga, que alguien pudiera haber vertido en su licor de frambuesas— Soñaba, agobiado, que alguien le extirpaba el pene.

Ese mismo día volvió Hera a visitar a su amiga; en un primoroso paquete de color añil, le traía un presente.

Isis, alborozada por la llegada de la diosa helena, se tornó radiante de felicidad cuando abrió el fardo y descubrió en su interior un hermoso y enorme falo.

—Es divino, por lo tanto compatible —le aseguró la griega, ufana.

Arrebatos

Arrebatos Observaba a la muchacha, que ajena a él, recogía moras de un arbusto. Es muy bella—pensó— y sus ojos rebosaron placidez. ¿Por qué decían de ellos que eran perversos y ultrajadores?, él sólo notaba que profesaba por la delicada joven, ternura y agrado...
Escondido tras una roca, miraba a la chica; no pensaba para nada en mancillarla, no sentía lujuria, sólo deseaba mirar su hermosura virginal.
Algunos insectos impertinentes, no cesaban de picarle en las posas, pero él los espantaba lo más sigiloso que podía, moviendo la cola de un lado a otro incesante. No quería espantar a la bella.
De pronto, alguien tocó su hombro y el centauro casi da un grito del susto, mas vio que era Dionisio, dios del vino, que le saludó e invitó a beber.
Comenzó catando sólo unos tragos, mas el otro insistió y acabó tragándose seis odres, no tardando en embriagarse de tal manera que ya no sabía ni donde se hallaba.
Dionisio, entretanto, había marchado sonriendo irónico, en su carro.

El centauro, recordó a la muchacha y a pesar de hallarse tirado en el suelo, se levantó con gran esfuerzo y se asomó para verla. Y fue algo extraño lo que sintió con sólo ver sus nalgas orondas; un apetito carnal e incontrolable le llevó a arrojársele encima y ultrajarla brutalmente.
Más tarde, dormida ya la resaca, el centauro recordó lo sucedido y se consoló pensando que no había sido su naturaleza la causante del atropello; fue el vino, que trastoca los dulces talantes.

Dentro de mí

Dentro de mí — Iztaccihuatl era una hermosa doncella, hija de un emperador azteca, que se enamoró del humilde joven Popocatepetl. No siendo dicho romance del agrado del rey, éste envía al muchacho lejos e intenta desposar a su hija con un noble.
Iztaccihuatl, se niega y el padre miente, diciéndole que el muchacho ha fallecido. Ella, desolada ante la fatal noticia, muere de pena y en su ceremonia fúnebre aparece Popocatepelt, que desgarrado de dolor la acoge en sus brazos, llevándosela a las montañas.
Allí, el enamorado llora con tanta aflicción sobre el cuerpo de la muchacha que los dioses, compadecidos, cubrieron a los jóvenes con un manto de nieve.

Hace dos meses estuve contemplando dos montañas que se hallan muy juntas; realmente una de ellas parecía una mujer que yace tumbada. La otra no cesaba de echar humo por la cúspide; según la leyenda que acabo de narrar, se trata de Popocatepelt que suspira afligido, percibiendo a Iztaccihualt muerta a su lado.
Juraría que ayer, entre el humazo de su pico, vislumbré unas enormes plumas carmesíes y doradas, como si el guerrero alzara la cabeza penígera para gritar al mundo su dolor. Pero no me hagan mucho caso; sólo soy una vieja con muchas fantasías en la cabeza; posiblemente fue únicamente fuego lo que vi.

Mas... en ese caso, ¿qué es este quejido, penetrante, oculto y lastimero, que hurga en mi corazón desde entonces?

Arrebatos

Arrebatos Observaba a la muchacha, que ajena a él, recogía moras de un arbusto. Es muy bella—pensó— y sus ojos rebosaron placidez. ¿Por qué decían de ellos que eran perversos y ultrajadores?, él sólo notaba que profesaba por la delicada joven, ternura y agrado...
Escondido tras una roca, miraba a la chica; no pensaba para nada en mancillarla, no sentía lujuria, sólo deseaba mirar su hermosura virginal.
Algunos insectos impertinentes, no cesaban de picarle en las posas, pero él los espantaba lo más sigiloso que podía, moviendo la cola de un lado a otro incesante. No quería espantar a la bella.
De pronto, alguien tocó su hombro y el centauro casi da un grito del susto, mas vio que era Dionisio, dios del vino, que le saludó e invitó a beber.
Comenzó catando sólo unos tragos, mas el otro insistió y acabó tragándose seis odres, no tardando en embriagarse de tal manera que ya no sabía ni donde se hallaba.
Dionisio, entretanto, había marchado sonriendo irónico, en su carro.

El centauro, recordó a la muchacha y a pesar de hallarse tirado en el suelo, se levantó con gran esfuerzo y se asomó para verla. Y fue algo extraño lo que sintió con sólo ver sus nalgas orondas; un apetito carnal e incontrolable le llevó a arrojársele encima y ultrajarla brutalmente.
Más tarde, dormida ya la resaca, el centauro recordó lo sucedido y se consoló pensando que no había sido su naturaleza la causante del atropello; fue el vino, que trastoca los dulces talantes.

Letras revoltosas

Letras revoltosas Cuentecito.

Un día todas las letras idearon elegir reina y pensaron en la A, porque era la primera del alfabeto y poseía linajudo porte.
Pero la I se reveló arguyendo que ella, desde su nacimiento, había llevado corona; como designio habría de ser.
—Eso no es una corona es un tupé —dijo la S, retorciéndose de risa.
La Ñ indicó que ella también llevaba diadema y mucho más vistosa, corona que, aun siendo minúscula jamás extraviaba, no como la fatua I que se crecía y la dejaba caer.

Cuando todas discutían acaloradas, oyeron que la Z dormía a pierna suelta, zzzzzzz—¡Por algo siempre va a la zaga!— comentó enfurruñada la G.
La B votó por la A, pensando que ella era la sucesiva en el trono, asimismo hicieron la C, D, E y F, que razonaron que no hay dos sin seis.
La G, nominó en blanco y la H, como es muda, gritó y vociferó sin resultado; nadie la oyó.
La J, dicharachera, bailaba sin parar y no votó. La K, L, M, N y Ñ, revelaron que eran antimonárquicas y la O, jugando al aro, se fue rodando, acompañada de la I, que le servía de impulso.
La P, Q, R y S eligieron el régimen republicano; —Todas para una y una para todas —expresaron solemnes.
La T sólo decía que ella, además de letra, era una refinada infusión y que se sentía cual dama británica.— El té a las cinco, siempre a las cinco —repetía pomposa.
La U, V, W, X e Y, insurrectas, clamaban en una pancarta “LAS ÚLTIMAS SERÁN LAS PRIMERAS”, causando auténtica ira a la A, que fue hipnotizada por la magnetizadora S para lograr instalarla en el letrero.

Al final no hubo mayoría de votos para ninguna, como tendría que haber sido. Así que se decidió por unanimidad seguir siendo independientes, idealistas y soñadoras.

—Sólo la mano del escribiente puede hacernos reinas —opinaron todas con buen criterio.

Y poniéndose en orden alfabético, inmóviles y conformes, dejaron que la mano de los escritores las eligieran a ellas, creando así las palabras necesarias para sus escritos.

3 cuentos breves: Bestiario 2

3 cuentos breves: Bestiario 2 ALTERACIÓN INTELIGENTE.

Estoy aterrada; me estoy volviendo extraña, anómala... estoy cambiando. Sufro unas raras transformaciones que perturban mi cuerpo y la esencia innata en mí.

Empieza con convulsiones y asfixias para, de súbito, comenzar a caérseme el pelo en grandes guedejas hasta que mi piel queda lisa y desnuda; cerínea y grotesca... Mi metamorfosis continúa cuando experimento unas sacudidas espantosas, mis huesos crujen y mi pellejo se dilata. De inmediato, se prolongan mis extremidades y mis dedos, sobre todo los de mis patas delanteras, que adquieren un aspecto oblongo.
Espontáneamente, de mi pecho comienzan a brotar dos protuberancias insólitas. En ese momento me yergo sobre mis patas de atrás y puedo andar sobre ellas sin tener que usar las delanteras, mi hocico se achata, mis ojos se tornan distintos, mi nariz se aplasta y ya no puedo olfatear tan sutilmente cómo antes.

Para entonces ya la manada se ha alejado de mí, todos me temen; ventean el aire percibiendo que voy a cambiar y huyen.

Así transmutada, experimento un sentimiento extraño del que sólo puedo recordar que me siento afectiva y perspicaz, desparecen mis ansias de cazar animales para comer y arrancó frutos de los árboles que saboreo con deleite; nunca una loba había hecho eso antes.

En este insólito estado, soy igual a esos seres que aparecen de vez en cuando por el monte...

ARRULLOS REGIOS.

—El monstruo tenía tres cabezas con sus respectivas narices por donde surgían llamas de fuego de gran largura y cuando yo trataba de acercarme, la bestia arremetía frenética ansiando chamuscarme, pero cómo bien sabéis, soy valeroso y no me desalenté sino que cuanto más arremetía ella más me lanzaba yo y, a Dios gracias, en una de esas acometidas pude con mi acero cercenarle una de sus cabezas que cayó al suelo atestada de un líquido viscoso de color amarillento. El monstruo rugía de dolor armando un estruendo tan espantoso que hasta la tierra temblaba.
Sí mi señor, fue atroz, pero logré cortarle la cabeza solazándome de ello hasta que advertí que, por donde antes tenía la cabeza y que sólo era un muñón mucoso, principiaba a salir otro apéndice que era otra cabeza aún más gigantesca y quedé paralizado de estupor, no ya de miedo, que como vos sabéis soy caballero animoso, pero esto era inaudito mi señor.
Y eso fue sólo el principio pues mientras más yo cercenaba, más ella se multiplicaba y ora le cortaba la cabeza ora emergía otra y si le amputaba una pata al instante salía otra... hasta que se convirtió en un engendro de veinte cabezas, treinta y dos patas, siete colas y...
—Teobaldo, mañana continuáis narrándome el cuento... tengo sueño, tapadme bien. ¡Y aprendeos otra fábula más emocionante y donde vos no seáis el héroe que me aburro soberanamente!
—Sí mi rey, que descanséis.

DUFNI, EL GNOMO.

Le vi por vez primera aquel día sereno del mes de abril en mi jardín.

Me hallaba agasajando a mis hermosos rosales cuando súbitamente, sobre una hoja de hortensia le descubrí. Era tan diminuto que pensé que se trataba de algún animalillo pero le oí perfectamente.

—Hola, me llamo Dufni — enunció con voz picuda.

Me sorprendió y asustada estuve a punto de caerme, él se echo a reír— ji,ji,ji,ji...— su risa resultaba estridente para un ser tan pequeño.

—¿Qué eres? —pregunté estupefacta.

—Un gnomo, ¿es que no lo ves?

—Pero... ¿existen los gnomos?

—¡Qué preguntita más tonta! —exclamó él— te está hablando uno. Mírame, soy verde, enano, orejas puntiagudas, rabo largo...

—Eres un gnomo—expuse convencida.

Desde entonces, hace ya algún tiempo, Dufni y yo somos inseparables; él me obsequia con piedras y gemas preciosas que recoge de las profundidades de la tierra y a cambio sólo exige mi compañía, yo, agradecida, le deleito con mis magníficos encantos. Dice que me quiere y me siento halagada por ello. Sólo espero que su amor no sea el de un enamorado porque, ¡qué extraña pareja haría un gnomo y un hada!

4 cuentos breves: bestiario

4 cuentos breves: bestiario EL SEÑUELO

Lo mismo que Orfeo le amansó con su música y Hércules le sometió con su fuerza, yo, Demetrio, hijo en vida del pecado y condenado al fuego eterno después de muerto, también le vencí.

A Cancerbero engañé; a la terrible bestia guardián del averno, de tres cabezas con fauces de dientes infectos, lomo repleto de serpientes y cola de dragón.

Así fue y así lo cuento: Después de mi muerte continué por un tiempo en la tierra de los vivos, oportunidad que me dieron de enmendar mis culpas cometidas en vida, y mientras mi carne se corrompía y sólo mi osamenta pelada quedaba, pude cavilar sobre mi futuro. Sabiendo que el infierno me esperaba sin remedio —pues no supe reparar mi pecaminoso espíritu—, y recordando que su guardián era Cancerbero, usurpé mi peroné. Sí, mi peroné mondo y lirondo me llevé a las tinieblas, oculto bajo mi capa.
Crucé en la barca de Caronte la laguna de Estigia y llegué al averno guardado por la bestia.
Y allí me hallé, penando, hasta que en un descuido del demonio custodio escapé hasta la salida y llamando con un silbido al Perro le arrojé el peroné.
El monstruo me miró furibundo y comenzó abriendo sus fauces amenazadoras..., mas el hueso era gran tentación y relegándome se abalanzó sobre él pudiendo yo escapar del abismo.
Comprobé que, tal cómo planeé, los genes se habían impuesto.

BESTIA AMADA

La lluvia caía a raudales; por los cristales de mi ventana el agua descendía abundante y de improviso se manifestó.
Era el Hombre de Agua; se formaba y deformaba a voluntad y ora aparecía cómo una bestia gigantesca con forma humana toda de agua y al instante se disolvía y era tan sólo catarata en los cristales.
Después de eso ha permanecido conmigo y cada día puedo percibirle. Cuándo me baño, él recorre mi cuerpo con miles de dedos invisibles y líquidos.
En mi bañera paso las horas sumida en un profundo éxtasis mientras él me envuelve con su cuerpo amorfo y fluido. Sus caricias son tenues y delicadas, como las del amante perfecto.

LA TIERNA BESTIA.

Le colocó la cabeza de cocodrilo, acopló la mitad del cuerpo de una pantera y la parte posterior de anaconda; las extremidades, de buitre, fueron encajadas magistralmente en la inaudita morfología. Le concedió las alas de un cóndor y aplicó escamas en toda su piel. Los ojos fueron propiedad de un chacal y por su boca dispuso que brotase fuego.

Pero la bestia no andaba, no respiraba, no existía, le faltaba un corazón.

Después de mucho buscar concluyó que sólo un corazón podría conseguir, el de la mascota de su hijita, un buen perro de nombre “Agrado” y a quien la niña adoraba.

Implantado el órgano vital, la bestia de aspecto sanguinario y repelente, empezó a respirar y a caminar mientras agitaba sus alas con gran ruido. Su creador quedó satisfecho y orgulloso de su atroz belleza, idónea para sus terribles planes.

Pero a una llamada de su hija el monstruo salió corriendo y sin obedecer a su creador que le ordenaba permanecer con él, se reunió con la niña. Ella le acarició el hocico y la bestia, toda corazón, lamió su mano con afecto.

EN EL DESIERTO.


“Cuentan los nativos que hay un monstruo en el desierto.
Tiene el cuerpo cilíndrico y anillado y se mueve por las dunas dejando huellas curvilíneas gigantescas. Habita en las profundidades y exclusivamente se alimenta de arena; vive desde hace siglos y seguirá existiendo por mucho tiempo.
Los tuaregs explican que cuando sale al exterior es para avisar de algún peligro inminente y virulento. Tal es así que la última vez que salió a la superficie se levantó una tormenta de arena tan descomunal que muchos nómadas sucumbieron sepultados bajo ella.
Cuentan que posee una cara translúcida constituida de arenisca y unos ojos de fuego que relucen cómo ascuas.
Hace una semana, dicen, hubo indicios de que la bestia aparecerá pronto y por eso estoy aquí, en mitad del desierto bajo una endeble tienda, abrasado de día y helado de frío por las noches. La verdad, sería irracional pensar que existe tal engendro, pero mi trabajo me obliga a... ¿qué ha sido eso?”

—Esta grabación la encontramos en la destrozada tienda del profesor Don Félix Carmona. Nada sabemos de él y sus colaboradores. Únicamente constar que descubrimos unas espirales profundas y extensas en los arenales y... fragmentos de carne humana, por lo que deducimos que Don Félix estaba equivocado: Existe la bestia, que no solamente emerge para advertir de cataclismos y lo peor... no sólo se alimenta de arena.

3 cuentos breves: Bestiario

3 cuentos breves: Bestiario DE ALGAS Y FRENESÍES

Miles de corales, medusas y estrellas de mar sacuden pertinaces mi mente, pero juro que no estoy loco. Mi nombre es Mauricio y fui pescador.

Fue en un día claro y sereno; la mar azul me convocaba, como cada jornada, para ofrecerme sus criaturas. Subido a mi barca, con el soplo fresco de la mañana, salí mar adentro.

Comencé a escuchar la melodía apenas unas millas de la costa; era un canto seductor, atrayente que me llevó hacía su posición veloz y febril.
Y allí estaba ella, flotando sobre las aguas; pelo largo de color verdemar, ojos glaucos y tez cerúlea. Ella, con su cola de pez deslumbrante y verdusca, del mismo tono que el de las algas.

Su hechizo de sirena me cautivó y me tiré a la mar para seguirla. Me llevó a un arrecife de corales multicolores; yo me sentía pez, no necesitaba aire, respiraba perfectamente y la sensación era magnífica.

Ella sonreía, mientras, en una concavidad de arena rubia se quedó fluctuando. Yo, cómo un pez, esperaba ansioso a que desovase y ella, conocedora de mis ímpetus, puso numerosos huevos que quedaron posados en el lecho marino. Cuando terminó se alejó un poco y yo, frenético, me situé encima y esparcí mi semen sobre la puesta; experimenté el placer más sublime jamás imaginado siquiera.

Quizá sea un delirio de viejo pero... no dejo de pensar en cómo serán mis hijos marinos.

SOMBRAS Y HECHIZOS


Cuenta la leyenda que se convertía en lechuza por las noches.
Inés de Moncada; bella hija del conde de Moncada, hidalgo caballero del señorío de Castilla.

Acaso víctima de algún embrujo o quizá por ser hija de hechicera, Inés, transformada en lechuza albina, recorría volando los bosques del feudo.

Se decía que todo viajero que se encontraba con el ave rapaz era atraído por sus ojos redondos y ambarinos y quedando exangües y abatidos se convertían en víctimas de la lechuza, que les devoraba las entrañas.

Pero, enamorándose del hijo del marqués, quiso Inés que su maleficio acabase. Se encerró en un convento y cuando sus manos intentaban tornarse en garras ella se flagelaba, atajando la tremenda metamorfosis. Y cuando sus hermosos labios principiaban a convertirse en corvo pico, se laceraba consiguiendo que la mutación parase. Y si unos plumones blancos empezaban a brotar en su fina piel, se torturaba logrando que no se alterara su cuerpo humano.

Largo tiempo después logró su propósito de ser una mujer normal y casó con su amado.

En la noche de bodas el esposo despertó al alba. Otra vez la terrible mutación se producía.
Transmutado en chacal no pudo reprimir sus impulsos sanguinarios; a dentelladas despedazó a la novia.

LA LLAMADA DE LA ARPÍA

Aconteció hace dos años, un mes y un día.

Mi adepto y aliado en batallas y correrías y al que, desde hacía tiempo apreciaba esquivo y triste, me refirió su infortunio una tarde que vino a verme abatido y astroso.

Me participó, entre lamentos y sollozos, que estaba hechizado por una arpía.

Una arpía es un ser con cabeza y torso de mujer, posee alas, enmarañadas greñas y dientes mugrientos. La parte inferior de su cuerpo es de buitre. Habita antros inmundos en los que, ni el humilde ratoncillo de campo osa entrar a causa del hedor y la putrefacción que reinan en ellos y su risa es escalofriante.

—Pero su canción es mágica e irresistible —expuso mi amigo—, por las noches me llama con su canto y yo acudo sin dilación a su guarida; allí, sumiso, acato todas sus órdenes pues no puedo escapar de su maleficio a pesar de que se refocila humillándome y lastimándome. Al alba me deja ir y regreso a mi morada ultrajado; ansiando ser difunto antes que el despojo en que me percibo.

Después de escuchar su desgracia, discurrí —Bestia tan inmunda jamás podrá embrujarme— y fui aquella misma noche a su cueva provisto de ballesta y espada y dispuesto a libertar al infortunado.

Al presente —y desde hace dos años, un mes y un día—, al llegar el albor, mi amigo y yo retornamos a nuestras casas, doloridos y atormentados.