Blogia

El andurrial de Espuma

Planes endebles

Planes endebles

Siempre la misma monotonía; levantarse, asearse, comer presuroso un bollo y tragar un café quemándose la lengua, llevar los niños a clase, dejarlos y expedito correr al trabajo... a ese trabajo aburrido y cargante.

Los domingos pasear por el parque con los niños, sentarse en el mismo bar y beber un refresco... ¡estaba harto!

¿Y si hoy fuera el día? ¿Y si se decidiera a irse a la Argentina, tal como llevaba soñando hace tiempo?

 

—Ahora vuelvo, voy por cigarros...

 

—Bien cariño... ya que vas por cigarros, acércate al supermercado y trae leche y pañales. No olvides pasar por la farmacia y comprar la pomada para el culete de Niki, que el pobre está muy quejoso... ¡Ah!, y el jarabe para la tos de Paula y las tabletas para mí, que ando fatal, ¡la migraña me mata! Trae unas vendas, que se nos han terminado y Jorgito tiene una herida en la rodilla...

 

Está bien, está bien. Quizá el próximo año o el otro. Cuando los niños fueran mayores, tal vez cuando...

El Entretenimiento: Arenga rimada entre Baldomero y Celestino

El  Entretenimiento: Arenga rimada entre Baldomero y Celestino

B. - ¿Es el sol aquel lucero

      que brilla allá en lontananza?

 

C.-  No. Es el ojo de Constanza

       que mira con desafuero.

 

B.-  ¿Decís el ojo?

      ¿Acaso es tuerta?

 

C.- Sí; se atizó con el cerrojo

      mientras cerraba la puerta.

 

B.- ¡Santo Cielo! ¡Mala suerte!

      en verdad, malaventura.

      Mas, es peor aun la muerte

      que a Esa nadie la cura.

 

C.- Ciertamente; que no venga,

      mas son sus males a pares,

      que la dama quedó renga

      cuando se hallaba en los mares.

 

B.- ¿En los océanos viles?

      ¿acaso estuvo luchando

      con piratas zascandiles?

     

C.- Pues no, que se hallaba solazando

     en el mar de Los Candiles.

     Tenía ella quince abriles

     cuando quedó cojeando.

     Ya sabéis, que hay a miles,

     en esas playas nadando,

     de tiburones, estoy hablando...

    

B.- ¿Decís que los tiburones

      mutilaron la pierna de la mujer?

      ¡Indescriptible llega a ser!

       Mas, decid, ¿hasta los jamones?

 

C.- Hasta la misma bragadura,

      que si no es por un marino

      que la agarró..., un tal Rufino,

       no lo cuenta, la criatura.

 

B.- Pero... ¿se estaba bañando

    en piélago tan bravío y fiero?

    ¿Un baño se estaba dando?

C.- Que no, señor Baldomero,

      que tan sólo estaba holgando,

      metió la pierna primero,

      para irse refrescando,

      pues aún siendo en enero

      el sol estaba abrasando,

      sentada estaba, en lindero,

      y donde el mar iba dando,

      y el talón hundió ligero...

 

B.- Deduzco. Los peces iban pasando...

     y... ¡Es tremendo Celestino!

     ¡Cada cual tiene un destino!

     y aunque vayáis soslayando...

     Pero aún sigo pensando

     que fue propicio su sino.

     La muerte estuvo rozando...

 

C.- Cierto es, pero hay más penas,

      para la pobre Constanza,

      y es que esa dama tan buena...

      ya veis, sufre malandanza.

 

B.- ¿Más desgracias? ¿Más reveses?

      ¿Y qué más cuitas padece?

      ¡La vida es tan vil a veces!

    

C.- De un brazo sufre carencia

     y de la otra mano, tres dedos,

     no inquiráis por la incidencia

     que nada sé de sus ruedos.

 

B.- ¡Cielo Santo! ¡Santo Cielo!

      ¡Tuerta, lisiada y manca!

      ¿Y es calva o posee pelo?

 

C.- ¿La conocéis? Sí que es calva,

       como, del río, el guijarro,

       y es que una vez se echó barro,

       que le afirmó una tal Alba

       que era eficaz para piojos,

       mas todo era un desbarro

       y Constanza, cual despojo,

       con calva monda y lironda,

       la interpeló con enojo

       y la tal Alba, por hacer ronda,

       contestóle sin sonrojo:

-¿Qué no es cabal para piojos?

pues tu mollera redonda

libre está de esos gorgojos.

  Y mientras, reía, oronda.

 

B.- Coja, manca, calva y tuerta...

     no cabe más desventura,

     mejor que estuviera muerta

     y así se arranca su agrura.

 

    C.-  ¿Muerta? ¡Vos os contrariáis!

           ¿no dijisteis que la Muerte

           es temible y sin enmienda?

           Mirad bien lo que opináis

           que vuestro juicio no es fuerte.

           ¡A vos no hay quién entienda!

 

   B.-  Cierto es, mas vos sabéis

          que tiene pocas bonanzas

           la pobrecilla Constanza...

 

 C.-    Ninguna tiene, la desdichada,

          mas, como no existe...

          pues que si no esta charada

          sería azarosa y triste.

          ¿Quedó bien la parrafada?

          

  

  B.-   Regular: y de refinarnos hemos,

          Mas, mejor esto que nada,

          que estos juegos tan jocosos

          que vos y, yo junto, hacemos,

          me agradan más que los cosos, 

          y que las justas o las gradas;

          ¡Me embeleso cuando gloso!

 

C.-   ¿Mañana a la misma hora?

        traeré nuevas andanzas

        ¿Serán de la triste Constanza?

        ¿O acaso de la gentil mora?

 

B.-  Mañana, mi buen Celestino,

       yo discurro el personaje,

       que es mi turno y yo imagino.

       Encarnaremos a un paje,

       e hilvanaremos su sino,

       sus peripecias y gajes.

        

C.-  Convenido está, en tal caso,

       que es instancia razonada,

       ¡Hasta más ver, Baldomero!

       me voy dando el primer paso

    que la ruta es dilatada.

 

B.- Con Dios vayáis, Celestino,

     y bien tomad estas viandas

     para abreviar el camino,

     que todo varón que anda

     la panza le forja trino

     y se agita con demanda.

     Os dispuse hogaza y vino.

   

C.- Agradecido me hallo,

     os devolveré el halago

     que obligado es Celestino.

     Mañana mismo lo hago.

     y más no hablo, ya callo,

     y me alejo. Adiós, vecino.

 

B.- ¡Ah, ya está cantando el gallo!

      Con Dios, mi buen Celestino.

 

    

La decadencia

La decadencia

Las diosas se miraron coléricas; sus armaduras fulguraban al sol. Los yelmos, ajustados, conferían a sus rostros una semejanza asombrosa.

—Yo soy Atenea —gritó la una—, hija de Zeus, dios de dioses. De su cabeza nací, ya guerrera, virgen y casta. Tú, suplantadora, ¿quién eres?¿Por qué te pareces a mí?

—Mi nombre es Minerva —aulló la otra—, hija de Júpiter, dios supremo. De su cabeza surgí ya aguerrida, incorrupta y virtuosa... ¿ Y tú impostora, por qué posees un rostro igual al mío?

Ambas bramaban, al tiempo que se disponían para la lucha; bravías, enfurecidas...

Y comenzó ésta, fraguándose ardua, feroz y cruenta. Al término, Atenea yacía en el suelo, con una lanzada profunda y mortal en el pecho. Minerva, en idéntica postura y con pareja herida, se desangraba agonizando.

Más tarde se enfrentarían Zeus contra Júpiter, Venus y Afrodita, Poseidón y Neptuno... para terminar derrotados ante el Gólgota.


Retazo inédito de un cuento

Retazo inédito de un cuento

—No gracias, no la necesito —me contestó Blanca Nieves cuando le ofrecí una cuchara.

Y cogiendo por un asa la sopera, que contenía el almuerzo de todos, se la bebió de un sorbo.

Una invitada muy descortés. Eso creo yo.

 Gruñón.

 

Parangones

Parangones

Todos sabemos que Tomás es un gallina. Pedro, que es tan bravo como un león, no soporta su cortedad, lo mismo que  Lorenzo, excelente imitador, talmente como un mono, se burla de Tomás haciendo ademanes jocosos.

Incluso Jacinto, cegato como un topo, percibe la pusilanimidad del cobarde y le increpa, no de la manera que lo hace Roberto, que llega a insultarle por su mengua; siempre estamos temiendo que Rob, que tiene menos seso que un mosquito y es tan fuerte como un toro, lo golpee. Si eso ocurriera sería terrible; Tomás es endeble  además de asustadizo.

Carlos, rastrero como una serpiente, está siempre adulando a Pedro, que es el jefe de la pandilla, en cambio Eusebio siempre al acecho para atrapar cualquier despojo; si no fuera por su risa de hiena lo cotejaría con un buitre carroñero.

Me agrada examinar a mis amigos para conocer cómo son, sus flaquezas y sus valores, porque es así como después puedo describirles, no en vano me apodan El Loro. 

  

Cólera femenina

Cólera femenina

Cristina nota que alguien entra en la cocina y se da la vuelta expedita, no ve a nadie y, algo confusa, continúa con lo que estaba haciendo; remover sus sabrosas natillas.

No obstante, sigue advirtiendo que alguien la vigila por detrás; tiene la impresión de sentirse observada y bruscamente vuelve a mirar. No hay nadie.

El vello se le pone de punta al instante; la mirada sigue clavada en su espalda, lo percibe.

Aparta el postre del fuego y se gira. Todo está en calma.

 

Se limpia las manos en el paño, sin dejar de observar todo el perímetro de la cocina, camina lenta, vigilante, hacia la salida; necesita salir, huir de allí. No soporta esa presencia invisible que la examina; indudable que es un fantasma.

Casi toca el pomo de la puerta. Ya está a punto de abrir...

De pronto, el zumbido de una mosca la hace girarse; el maldito bicho está posado en el borde del cazo, restregándose las patas y dispuesto para arremeter con sus natillas.

—¡Zus! ¡Zus! ¡Fuera de ahí! ¡Fuera bicharraco inmundo! —grita entonces, olvidando completamente el pánico que sentía y corriendo a espantar a la intrusa zampona.

 

Una materia traslúcida se escabulle, rauda,  por la ventana; ante aquellos espeluznantes chillidos, el ente se siente aterrorizado. Ella es más fuerte.

 

Feliz Navidad

Feliz Navidad

♥ Que la luz de la fortuna alumbre vuestra vida ♥

Sin rastro del ente sin rostro

Sin rastro del ente sin rostro

El engendro cubría su cuerpo con un largo manto negro con capuz y, a pesar de que jamás vi su rostro, sabía que era horrendo. Su alargada sombra hostigaba a mi persona sin descanso, en perpetúo acoso, con sus ojos ardientes y sus garras de afiladas uñas.

Siempre lograba su propósito; aterrorizarme, tratando de asirme para, quién sabe si llevarme a las profundidades del averno, y yo, contrita ante su presencia, sólo ansiaba escapar, escapar o morir para terminar con esta agonía.

Ocurrió que una vez, el ente, logró aproximarse demasiado a mí y el hueco negro que era su rostro quedó pegado al mío y sus ojos de fuego inflamaban mi cara. Esta vez, —pensé, — no habrá escapatoria. Pero, acaso por el afán de supervivencia o quizá por lo contrario; concluir de una vez con el martirio, agarré su capuz y tiré de él con todas mis fuerzas, quedando su rostro al descubierto.

— ¡Ahhhhhh! —grité aterrada, aun sin haber visto la faz maldita. Pero cuando, ahíta de terror, levanté la vista para mirar lo que acaso sería mi última visión, resultó increíble, pues, el monstruo, muy enojado, me gritó.

 

— ¡Nunca te han dicho que no se debe descubrir a un carnavalero!

Y huyó enrabietado.

Jamás volví a verle en mis pesadillas.

Por cierto, su cara era...  ¿qué más da? Seguro que algún día también vosotros tendréis el coraje de quitarle el capuz, porque seguro que ya lo habréis visto en vuestros propios sueños ¿no?

    

Genio e ingenio

Genio e ingenio

Mi abuela inventaba palabras, sí, como lo leen. Lo curioso del caso es que la entendíamos casi siempre.

— ¡Deja eso, muergana! ¿No ves que tú no puedes con la tinaja? —me decía, y así yo sacaba que “muergana” aludía a endeble.

— Mañana comeremos estarifón al horno —nos dijo una vez.

— ¿Y qué es estarifón? —preguntó mi hermano confuso—, abuela te aviso que si es cordero no lo probaré, sabes que no me gusta.  

— No, no es cordero, es gallo; voy a matarlo por alborotador —contestó ella inmutable— y de postre piñuelos con padel.

— ¡Ah! —dijo David, mi hermano, dando por zanjado el asunto. Ya estaba  curado de espanto ante las invenciones de la nana.

—Abu —comenté yo tratando de razonar la causa de sus tinglados— ¿por qué te inventas palabras?

— ¡Vaya, qué niña más chismitiscosa! —contestó siguiendo con una retahíla de palabras que me dejó turulata—, ¿no sabes que las nenas no deben jestesar cosas de mayores? ¿O acaso no te he enseñado que con la treca en mutis estás mejor? Bueno, dime ¿entiendes lo qué digo?

— Creo que sí —razoné después de pensarlo un rato.

— Entonces ¿para qué tanto escándalo? —corroboró—, me gusta inventar palabras, me hace sentirme importante… como Ceravantes, ¿entiendes?

—Claro, —afirmé— me siento súpermegaorgullosa de ti, abu. 

— ¿Súper qué…? ¡Qué palabras más raras decís los niños de hoy! —me lanzó enojada.

  

Idénticos

Idénticos

A veces buscamos a las mascotas tan iguales a nosotros... 

La adoración de los ídolos

La adoración de los ídolos

Siempre que iba a poner flores a su difunto marido, Doris observaba al cúmulo de personas que flanqueaban la otra tumba.

Un día decide sumarse a la multitud y poner una de las petunias del ramillete que traía en el reputado sepulcro. La semana siguiente trae un ramo de gradiolos y la próxima, hortensias; siempre variando el tipo de flor para sentirse la predilecta, la que más lo idolatra.

Hoy trae gardenias blancas, olorosas y llamativas y, después de, rápidamente, haber colocado los sencillos claveles al esposo, deposita las flores sobre el famoso panteón sintiéndose radiante. Desde la fotografía, el galán parecía sonreírle sólo a ella y a nadie más que a ella.  

James Dean estaba guapísimo.

Monstruos rellenos de miel

Monstruos rellenos de miel

Anteriormente a los fantasmas, brujas, duendes y otros espantos que aterrorizaban al mundo, existían los Gûakos que eran gigantes de aspecto feroz, greñas largas y ojos negros como la noche.

Se aparecían a la gente que andaba a deshoras por esos caminos de Dios, o del diablo, según se mire. Antes de mostrarse, una inmensa niebla llenaba el lugar para después, como caídos del cielo, o del infierno, según se vea, emerger a un palmo de la nariz del infortunado.

La cosa hasta aquí era normal o paranormal, según se considere, pero resultó que luego, los Gûakos, eran tan dulces como un confite y tan mansos como un borrico.

Lo descubrió un tal Orencio Pavia, que era hombre de pelo en pecho y no temía a nada de este mundo ni del otro y tuvo la desdicha o dicha, según se opine, de toparse con un Gûako.

Orencio miró sus fulgentes ojos pero no vio en ellos la maldad sino una inmensa codicia de mimos y ternura, así que sin pensarlo y mientras el gigante se quedaba empantanado delante de él, principió a acariciarle la pantorrilla, que era la zona que podía alcanzar. Eso bastó para que el jayán se deshiciera en lágrimas y, sentándose, dejó que el hombre lo cubriera de arrumacos. 

El Señor de los Entes decidió entonces eliminarlos por considerar que eran seres terroríficos discordes al terror.

Se rumorea que quedan algunos Gûakos, ocultos y protegidos, por hallarse en peligro de extinción.

  

El gato de Nofret

El gato de Nofret

Pero... ¿qué pasó con las bolitas que yo tenía aquí?

 

 

Cazadorus Implacablis

Cazadorus Implacablis

En la vieja casona que aún posee mi familia en la campiña están todos los trofeos de mi abuelo, que fue cazador en vida.

Me llama mucho la atención El Ultrajadominus Repulsivis, un ejemplar muy cuantioso, difícil de erradicar y bastante repugnante. Debajo de su cabeza disecada, mi antepasado describe cómo logró cazarlo mientras trataba de abusar de una muchacha, que pedía auxilio desesperada.

El Patibularius o Sicariense Asalariadus, a la par que el anterior, un espécimen despreciable. Mi antecesor subrayó bajo su testa que lo pilló cuando pretendía hacer un encargo, sin especificar más.

El Corrupteditalus Politiense Abusibus, uno de las peores alimañas de la batida, fue derribado cuando expulsaba a una mísera familia de su barraca, según cuenta mi abuelo, para hurtarle sus pobres posesiones, cuando ya había logrado otras tierras colindantes, con la intención de construir una urbanización de lujo.

Asimismo entre sus capturas están, El Estafadoriantus Urbanus, El Narcotraficantibolus, El Randaminus de manilarga, El Delincuentis Comunis o El Usurerus Lucrativis.

 

Una nota aclaratoria del abuelo expone: Ninguno de estos especimenes está o lo estará a corto plazo en peligro de extinción.

Yo lo creo a pie juntillas.

 

La cabellera

La cabellera

El ofrecimiento de Gregoria  a la Virgen fue dejar que el cabello de su hija creciese libre durante toda su vida. Fue una promesa por la salud de la niña, que débil y lánguida por una extraña enfermedad yacía en su cama día tras día; sólo después del compromiso, la muchacha empezó a restablecerse.

Margarita crecía al unísono con su cabello; la larga melena ya se extendía en pos de ella cuando salía a pasear al jardín, arrastrándose como un tapiz enorme. Los pájaros, confiándose a la vista de tan exuberante mata de pelo, decidieron hacer sus nidos en él; era un lugar caliente y recóndito.

Allí se escondían también las arañas, las lagartijas y salamandras, y toda clase de insectos que buscaban calor y escondrijo.

Mamá procuraba lavar el largo cabello de su hija al menos una vez al año. Era muy difícil asearlo y escarmenarlo y cuando lo hacía debía quitar tanto bicho viviente de él, que resultaba muy fatigoso.

 

Hoy Margarita sigue paseando por el jardín, a sus ochenta y dos años, camina despacio soportando que su cabellera se arrastre extensa y enmarañada, tan saturada de alimañas que casi no puede dar paso.

Desde hace más de cuarenta años espera con ansia la hora suprema, cansada del tormento que es su pelo, pero se le resiste. Quizá —piensa ella con un suspiro—, La Muerte rehuye tener que arrastrar esta gigantesca pelambre.

La leyenda de la bañista fantasma

La leyenda de la bañista fantasma

La ve salir detrás de la ola justo cuando la otra comienza a estallar; su cuerpo de  ébano llama poderosamente su atención, sin embargo lo que más asombro le causa es que no está mojada; su cuerpo y su cabello están secos.

Los demás bañistas ni se percatan de su presencia y eso le extraña pues es la mujer más hermosa que había visto nunca.

Ella trata de salir pero la ola la envuelve y desaparece de su vista, entonces el hombre corre hacia el mar y se interna en el agua, las olas lo enrollan pero él, desesperado, sólo quiere encontrarla, así que bucea con la angustia de no poder localizarla atenazándole el pecho. Sube varias veces a tomar aire y se zambulle de nuevo; al fin vislumbra su figura bajo el agua y nada raudo hacia ella, la agarra de la mano, pero la mujer se suelta, la ase de nuevo y ella vuelve a desprenderse una y otra vez.

La desesperación hace mella en él y los pulmones le estallan; emerge y toma aire y se hunde otra vez pero ya no la ve, aun después de hacer varios intentos.

Sale del mar, acongojado; sabe que ella se ahogó.

—Se ahogó —dice rendido a la primera persona que encuentra, un viejo pescador que le mira indulgente.

—Sí, —le confirma— pero hace ya seis años.

 

El custodio de los sueños

El custodio de los sueños

Si tuviera apéndice nasal podría recordar el aroma de los verdes valles, de las retamas en flor y de la tierra húmeda, cuando Jorgito, subido a su grupa cabalgaba alborozado, sin otra idea en su cabecita que  llegar al imaginario fortín, para estar a  salvo de los apaches.

Si poseyera cerebro, podría rememorar los tiempos en que Lucas, subido encima de él,  avanzaba  por los extensos campos, pensando en llegar al castillo para rescatar a la princesa y matar al dragón de fauces ardientes. O cuando Lupita, encaramada en su lomo, corría por debajo de su hada madrina, que volaba etérea y ligera por encima de ella. Si tuviera corazón, ahora se hallaría triste, evocando como  la pequeña Tina, jovial y traviesa, le fustigaba con una vara, para que trotara más rápido y alcanzar  la casa de la bruja, antes de que los infortunados niños fuesen engullidos por la malvada.

 

Pero  no tenía cerebro, ni corazón, ni olfato; en realidad sólo tenía un cuerpo de encina, fabricado hacia muchos años por un mañoso carpintero. Y no tenía sueños porque éstos pertenecieron a unos chiquillos que ya  habían extraviado la ilusión.

 

En el desván sigue el caballito de madera; viejo, desvencijado y desteñido. Aún permanece ahí, nadie sabe bien por qué, quizá salvaguardando las fantasías infantiles de los adultos que, de vez en cuando, lo contemplan con nostalgia.

 

Memorias de la infancia

Memorias de la  infancia

Doña Brígida andaba despacio, como si nunca tuviera prisa. Su sempiterno atuendo era un pañuelo atado tras la nuca y un delantal desteñido con bolsillos, donde iba metiendo todo aquello que tuviera algún interés para ella; papeles, un clavo, un trozo de cordón...

Doña Brígida, la ventera, estafaba al pueblo entero y lo hacía con una afabilidad embaucadora y una labia pasmosa, aunque nunca nos engatusó su sonrisa pícara. Pero no había ningún otro sitio donde comprar, y lo más importante; ella nos fiaba todos los suministros, para pagarlos cuando recogiésemos la cosecha de las papas,  así que nos dejábamos estafar sin remedio, apretando los dientes y dejando que apuntase en el cuaderno de los fiados las compras diarias  y un poquito más, o viendo cómo su báscula nos robaba 50 gramos de tocino o un puñado de guisantes.

La ventera se volvió rica y envió a sus hijos a estudiar lejos, como los del cacique o los del alcalde. Entretanto, los demás niños nos quedamos en el pueblo jugando a ser pilotos o médicos, devorando con ansia los escamoteados garbanzos con gorgojos de doña Brígida y suspirando por, sólo contemplar, los flamantes juguetes que los hijos privilegiados ostentaban con regodeo todos los veranos.

 

Cuento con rima: Vela sin carabela

Cuento con rima: Vela sin carabela

Don Gregorio, que había sido un tenorio, hecho ahora un vejestorio, no conseguía el olvido.

—Yo, nieto —dijo, sin poder estarse quieto de su tembleque senil— he estado con más de mil.

Gil, el retoño, aburrido de su ñoño parloteo ya manido, descreído del bureo de su abuelo, bostezaba su desvelo.

— Mi consuelo, —añadió el anciano— es que supe meter mano con pericia y el contento y la delicia fue mi invento. Como pez en las aguas despojaba las enaguas; dos a la vez y hasta tres. Nalgas blancas, recias zancas…eran galgas estas mancebas, de tetas tiesas y bravas brevas; aviesas eran, voraces como lavas y capaces de llevarme al cielo.

— Calla abuelo, —dijo el nieto arisco— para el disco machacón —y espetó luego burlón— ¿Está mejor tu muñón? Hoy no pareces tan bizco… ¿Y ese mal del corazón, va mejor? ¿Funciona ya tu riñón? ¿Y tu mollera chambona? ¿Está peor tu ceguera? ¿Qué tal la artrosis? ¿Te has tomado ya tu dosis? ¿Y tu esclerosis se ha calmado?

El viejo, escamado y astuto, refutó en un minuto.

— De no heredar mi natura te sulfuras; cierto que mi cuerpo está lleno de fisuras, maltrecho y hecho una calamidad; gajes de la edad no del oficio, pues el aparejo sigue patricio y lozano. Tirano es mi organismo; no me deja hacer lo mismo que antaño cuando cabales siguen el vigor y tamaño. Y no es treta.

Y abriéndose la bragueta mostró en todo su esplendor fogoso, un falo erguido y fastuoso.

Fuerteventura, esa isla asombrosa

Fuerteventura, esa isla asombrosa

He estado en la isla de Fuerteventura pasando unas minis vacaciones; realmente y a pesar de ya haber estado allí, esta vez la admiré mucho más.

Es Fuerteventura una isla árida, de montañas baldías que inventan un paisaje que parece irreal. En algunos miradores pudimos contemplar sus valles, casi pelados, dónde destacaban las casitas de los pueblos, uno aquí, otro allá, con sus altas y elegantes palmeras canarias; las támaras.

Sin embargo son sus playas, extensas, de arena blanca y mar cristalino, lo que más nos sedujo. Por las mañanas, al bañarnos en las playas de sotavento, casi con bajamar, los miles de peces plateados se arremolinaban en torno a nuestros cuerpos, peces que parecían querer darnos la bienvenida a sus aguas limpias, sin contaminar, juguetones ellos, se arrimaban mucho a nosotros, pero cuando tratábamos de tocarlos desaparecían vertiginosos para volver enseguida a rodearnos centelleando entre las aguas. Una maravilla.

Las carreteras son largas y rectas, serpentean entre llanuras despobladas, aunque no tan despobladas pues las cabras, libres y radiantes, pastan sin descanso; miles de cabras aunque, la mayoría, diseminadas; blancas, negras, berrendas, marrones... las miramos sabiendo a ciencia cierta que son verdaderamente felices allí.

Los restaurantes no es que sean cuantiosos pero hay suficientes y la verdad es que aquellos a los que acudimos fueron muy buenos. El pescado y la carne de cabra, junto con el queso de este animal, son los reyes de la cocina majorera, sin duda.

En fin, fueron siete días maravillosos en una isla tranquila y plena de sosiego, cosa que hoy en día es difícil encontrar. Os recomiendo visitarla, merece la pena.