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El andurrial de Espuma

Por los cielos

Por los cielos

Humberto tenía verdadera fobia a volar. Su terror era tal que sólo con oír el ruido de una aeronave en la noche se ponía nervioso.

Cuando, por una causa mayor, tuvo que viajar en avión, se tomó seis calmantes y cinco güisquis. Nada más sentarse en el sillón del aparato quedó embotado sumiéndose en un sueño profundo en el cual, el reactor se iba a pique sin remedio y la gente chillaba con un pánico ensordecedor mientras él, horrorizado, se veía a sí mismo dando tumbos dentro de la nave que descendía vertiginosa.

 

—Señor, oiga... despierte por favor —le repetía una voz suave y tranquilizadora.

 

Antes de abrir los ojos dedujo que todo había sido una pesadilla y suspiró con alivio, pensando darle un enorme abrazo a la auxiliar por haberle rescatado de aquel infierno.

 

La azafata, con su vestido blanquísimo y resplandeciente, le sonreía —¿no era azul el uniforme?— recapacitó, antes de distinguir las alas inmaculadas que le asomaban por la espalda.

 

Argucia de una dama en apuros

Argucia de una dama en apuros

Entró por mi ventana, yo no dormía, pero él lo creyó. Se acercó hasta mi lecho despacio, sin hacer ruido.
El corazón me latía alocado; el pánico casi me hizo gritar pero aguanté, tenía que resistir.
De pronto, con un rápido movimiento, abrió mi cobertor, y al destaparme, advertí sus colmillos que refulgían en la oscuridad. Prevenida, me levanté de un salto y corrí hacía el enorme y robusto armario de dos hojas que había encargado fabricar, me introduje dentro y cerré. Mi corazón, cada vez más desbocado, parecía querer salir del pecho y huir por sí solo.
Él corrió, detrás de mí; como yo había supuesto. Abrió la puerta del ropero en el mismo instante en que yo salía por la otra puerta. Rápida como una gacela atranqué todas las puertas. Perfecto.

Me acosté de nuevo y esperé el día mientras los bramidos del chupador se hacían cada vez más horripilantes.

El sol estaba en pleno apogeo, alumbraba toda la alcoba y daba de lleno en el ropero.
Desatranqué todas las puertas y esperé pero el vampiro no quiso salir. Hube de abrir yo.

Este montoncito de ceniza que estoy barriendo les vendrá estupendo a mis petunias.

Evoluciones

Evoluciones

Primero era tan pequeña como una lenteja, después llegó a ser como un guisante y pronto igual que un garbanzo, no tardó mucho en desarrollarse hasta llegar a parecer un haba. Creció luego hasta tener la apariencia de una avellana y enseguida se hizo como una castaña.
Ahora semeja un higo chumbo pero, aunque siento curiosidad por saber que legumbre o fruta más imitará mi verruga, he de extirparla sin remedio; ha comenzado a echar pinchos y tengo el sobaco en carne viva.

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

Extasiados por la pasión inexperta y juvenil no dejaron resquicio a la cordura y sólo sus corazones fueron dueños y señores de sus almas y cuerpos.
Así, empezaron a edificar su nido de amor comenzando por el tejado; tejas de chocolate, paredes de nata azucarada y puertas de turrón.
A los primeros soplos de viento tormentoso, la casa de los enamorados se vino abajo.
Después de la terrible tempestad, cada cual regresó al sólido hogar de sus respectivos padres, desencantados y mohínos, sin volver la vista atrás y maldiciéndose uno al otro.

Algún día lo intentarán de nuevo, cada cual, tal vez, por su lado, pero entonces ya habrán aprendido algo fundamental; una casa siempre se ha de comenzar por los cimientos y construirse con férreos materiales, después, en su interior, es donde hay que acomodar la dulzura.

El pájaro del miedo

El pájaro del miedo

El caballero vibraba; sus largos cabellos enmarañados y sucios de polvo destilaban líquido a raudales, sus ojos observaban al contrario, perspicaces, sin titubeos, la espada palpitaba ávida en su fuerte mano, dispuesta a hundirse en el pecho del rival a la menor vacilación.
En el suelo permanecía, inmóvil y rutilante bajo los rayos del sol, su yelmo y su protección pectoral, de los cuales se había despojado como muestra de valor ante su adverso.
El otro observaba sus gestos con desasosiego; alarmado ante tal alarde de valentía, receloso ante su atrevido temple, aprensivo ante lo que podría ser su derrota y acaso su muerte. Tras el yelmo, su rostro reflejaba el pavor, el sudor empañaba su mirada y un espasmo sacudía su mandíbula.
Pensó en rendirse pero no se lo permitía su orgullo. Caviló que, acaso en un despiste de su rival, él podría hundirle la espada en pleno corazón pero le aparentaba ilusorio, irrealizable...
Súbitamente, un cuervo surgió ante sus ojos y se posó en su hombro.
No había duda alguna; iba a morir, el pájaro negro, su pesadilla, se lo confirmaba. Cayó su espada al suelo y quedó exánime, asequible a la estocada enemiga mientras su esfínter, sin control alguno, evacuaba a chorros su pánico.

Poema nº 13

Poema nº 13

Este es el poema trece
peligroso y macanudo,
el lápiz se torna un nudo
y mi pesadumbre crece;
intento pensar agudo
pero yo misma ya dudo.
¿A ustedes que le parece?,
es que es arduo y peliagudo
hacer un verso carnudo
si es el número trece.
No saldrá por el embudo
algo decente y sesudo
que ni ojear se merece,
y es que desato y anudo,
ato, trabo y desanudo
lío, aflojo... ¿y qué aparece?
un caos obvio y desnudo,
espinoso y puntiagudo
con perfil número trece;
del doce al catorce sudo
causante, el trece que aludo,
que avasalla y prevalece
furioso, hosco y ceñudo
como déspota membrudo
que atosiga y enloquece;
parece templado y mudo
pero es fullero y picudo
y por eso me apetece
dejar aquí al testarudo
maléfico, vil, sañudo
y... digno número trece.


Sombras y hechizos

Sombras y hechizos

Cuenta la leyenda que se convertía en lechuza por las noches.
Inés de Moncada; bella hija del conde de Moncada, hidalgo caballero del señorío de Castilla.

Acaso víctima de algún embrujo o quizá, por ser hija de hechicera, Inés, transformada en lechuza albina, recorría volando los bosques del feudo.

Se decía que todo viajero que se encontraba con el ave rapaz era atraído por sus ojos redondos y ambarinos y, quedando exangües y abatidos, se convertían en víctimas de la lechuza que les devoraba las entrañas.

Pero, enamorándose del hijo del marqués, quiso Inés que su maleficio acabase. Se encerró en un convento y cuando sus manos intentaban tornarse en garras ella se flagelaba, atajando la tremenda metamorfosis. Y cuando sus hermosos labios principiaban a convertirse en corvo pico, se laceraba consiguiendo que la mutación parase. Y si unos plumones blancos empezaban a brotar en su fina piel, se torturaba logrando que no se alterara su cuerpo humano.

Largo tiempo después logró su propósito de ser una mujer normal y casó con su amado.

En la noche de bodas el esposo despertó al alba. Otra vez la terrible mutación se producía.
Transmutado en chacal no pudo reprimir sus impulsos sanguinarios y a dentelladas despedazó a la novia.

Sisebuta

Sisebuta

La Búha echándome una reprimenda.


Enojada sí que estaba ese día. :(


pero ¡qué guapa es! ¿no? :)

Sin humos

Sin humos

Nicolás Cachimbú, —así apodado por su pertinaz vicio de llevar siempre cachimba— decidió un día dejar la cazoleta para siempre.
Recordaba que este mal hábito lo había sometido desde la temprana edad de catorce años, y el motivo había sido su desmedida timidez.
Llevar una cachimba en la boca le proporcionaba audacia, ya que siendo tartamudo la gente discurría que su lenguaje apabullado era por causa de la pipa.
Nicolás abandonó la cachimba cuando iba a cumplir setenta y ocho años, después de que el doctor le exhortara a dejar de fumar.
Sólo después de mucho sufrimiento para adaptarse a estar sin su compañera de tantos años, Cachimbú recordó que jamás había fumado; que sólo había chupado, durante toda una vida, su cachimba de madera de cerezo.

¡¡Sisebutaaa!!

¡¡Sisebutaaa!!

Sisebuta, Sisebuta
dame un beso en el cachete
y no pierdas el carrete
que eres Búha con birrete
y de ralea impoluta.

¿Habrasé visto qué bruta?
Sisebuta me da un beso
Y yo, con tanto embeleso,
no apunté a darle regreso
después de engullir mi fruta.


***


¿Es que no hay búhas mujeres?
¿O éstas son las lechuzas?
¡Qué embrollo de pareceres!
no hay merluzos, hay merluzas,
lo digo “pa” que te enteres,
que bien están caperuzas
mas caperuzos no vieres;
verás buzos, mas no buzas,
que bien fueres o vinieres,
las buzas están marfuzas,
¡Cielo Santo, más enseres!
Espuma la vista azuza
que quiero ver cómo eres,
¿Eres Búhita sin chuza?
¡Carulaaaa! ¡qué me liberes!
que Espumilla el tino aguza
pero no encuentro alfileres
para trabar la gamuza.
¡Sisebutaaaaa, qué te esmeres!
ni atino a escoba ni bruza
para ordenar tantos seres;
macho con hembra se cruza
y yo quiero que cooperes,
¡Sisebutaaaaa, desmenuza!




Réplica al ripio de Enfero

Réplica al ripio de Enfero

Si te llamo Sisebuto,
Enfero de mis entrañas,
engaño y digo patrañas,
pues te trueco y te permuto
por varoniles calañas,
y dime tú ¿esas pestañas
grandes, tupidas, confuto,
como patitas de arañas,
son de las mujeres mañas
o son del macho atributo?


Y dime Enfero, ¿esas posas
como sandías, orondas,
de bamboleos y rondas,
con sus meneos de diosas,
de curvas bellas, redondas,
no son de femíneas frondas?


¿Y esos molletes de rosas
y esos labios encarnados?
¿Y esos guiños camelados
y esas mejillas pecosas?
¿Y esos andares osados
y parpadeos mimados?
¿no son de mujeres cosas?

¿Y esos senos empinados
y ese talle cimbreante
y esa cadera ondulante
y esos ojos maquillados?
¿no son de fémina plante
por detrás y por delante
y visto de todos lados?

Pues después de este cotejo,
amiga de aneja ruta,
yo enarbolo mi batuta
y como buen aparejo
te llamaré Sisebuta,
que siendo tú dama astuta
y no un machote con rejo,
sería yo artera y bruta,
e infame como cicuta,
si a una mujer asemejo
cambiándole su viruta,
con este apunte y minuta,
por la de un viril hollejo.



Ripios de Enfero

Ripios de Enfero

Yo búho quisiera ser
para encajarme en lo alto
de una rapsoda de ayer,
de una rapsoda mujer,
en su pelo de cobalto.
Lanzaríamos quimeras
viajando de cueto en cueto
y allá en las horas postreras
haríamos amuleto
de cualquier flor en aprieto,
de corolas lastimeras
que ponernos en el peto.
Retaríamos al cielo
recitando las canciones
inspiradas en hurones
o emanadas desde el hielo,
seríamos campeones
en embargar a un abuelo
con la voz de terciopelo
volcada en bellas pasiones.
Como el viento nos llevara
de vueltas por el planeta,
a mi rapsoda la esteta,
buscaría que inspirara
desde la A hasta la Z,
no una mosca o una cuchara
sino la extraña veleta
de un castillo con menara
que a los dragones parara
y a Medina y a Pizcueta
por la noble Catalina,
que por ser dama tan fina
tiene seno en vez de teta.


Pero qué digo, qué apuesto,
soy anónimo y disfruto
de este estado si me acuesto,
o cuando tengo impoluto
de carne fresca o de fruto
mi casa, el carro o el cesto.
Y vamos... que ni me inmuto,
o me pongo un nombre presto:
veamos, soy... ¿Sisebuto?
¿Es este un buen atributo
para un búho señorito?
Decid algo sobre esto...
que he pedido ayuda a grito
para no llamarme Ernesto,
que es este un nombre funesto,
venga, juglar, yo lo admito,
soy un búho y no discuto,
pero dime si permito
que me llamen Sisebuto...


Sapiencias del monje

Sapiencias del monje

Sapiencias del monje


Del tomo yerbero: curaciones y alivios del alma y del cuerpo.
El hinojo.

El hinojo es una yerba que cura todos los males del bandullo: elimina las flatulencias y calma los retortijones causados por opulentas y opíparas pitanzas —mal del que adolecen muchos prójimos, ávidos glotones de manjares pringosos y orondos tocinos—, el hinojo es el amigo del vientre, dando bonanza y bienestar a la tripa.
Forja, el hinojo, que las ventosidades se obren más espaciadas, menos ruidosas y no desprendan desmedido tufo.
Hay personas que padecen la indisposición de expulsar vientos en abundancia, lo cual repercute desfavorablemente en su existencia causándole, esta fea lacra, ansiedad y congoja; este quebranto desparece si toma cada día tres tazas de hinojo, repartidas según su antojo. Aunque la primera de las jícaras ha de ser tomada en ayunas, pues es sabido que las tripas se hallan, entonces, libres de alimentos y por lo tanto más propicias a absorber los benéficos efectos de la yerba.

Las dolencias del mondongo, ocasionadas por no mascar bien las viandas, se alivian tomando una tisana de hinojo mezclada con menta. Los males de la mujer se aplacan tragando una pócima hecha con hinojo y dándose restregones en el bajo vientre con dicha poción.
Asimismo, esta beatífica planta, es provechosa para la vista y aquellos prójimos que padezcan por tener los ojos enardecidos e hinchados debe enjuagárselos con un cocimiento obrado con hinojo y mezclado con manzanilla.

El hinojo es un arbusto que se yergue, egregio y glorioso, desplegando sus umbelas de florecillas doradas para que todos los insectos, atraídos por su grandiosidad, se arrimen a ella y la fecunden.

Existe una yerba semejante al hinojo en su apariencia pero, en lugar de curar los males los acrecientan y forja otros aún peores, entre ellos el incremento de las ventosidades con pestilencia insoportable, las cuales llegan a ser desenfrenadas, fraguando incluso que cuando el prójimo conjeture que sólo va a expulsar gases, llegue a evacuar diarreas incontinentes, liquidas y apestosas. Enfermedad llamaba “flojera de vientre”, que es muy dolorosa y bastante violenta, por lo que el enfermo no puede siquiera salir de su morada, so pena de aflojarse en cualquier momento.

Este ponzoñoso arbusto se muestra parejo al hinojo, por lo que debemos ir con comedimiento al recolectar, pues tal diabólica planta se enmascara, cual si fuera matojo del mismísimo Luzbel, para forjarnos deterioro en el cuerpo y con ello terciar al detrimento del alma.

· Fray Jacinto.


*Año 1.532 de Nuestro Señor Jesucristo.

Ripio a Joseme y al Teide

Ripio a Joseme y al Teide

Andaba yo de recreo
allá en el Teide nevado
y no era dando de paseo,
que vi de pronto, embalado,
al Joseme ¡ay!, ¿qué veo?
¡El Joseme, que lanzado,
lo trepaba... y sin arreo!
-¡Joseme!, -grité- ¡tás pirado!
y él contestóme a boleo
-¡Subo al Teide inmaculado
para apagarle el cabreo!

Y es que el Teide está bufado,
lanza humo con jadeo,
creo que anda enojado
por tanto ultraje en rodeo.
José sube acalorado
con esquís hace ladeo
cual atleta ejercitado,
hace flexión y hace arqueo.

¡¡¡Joseme!!!
-¡¡¿Qué llevas para el fogueo
de mi Teide idolatrado?!!
¡¡¿Agua, sifón o manteo?!!
pregunto a grito pelado
que ya casi no lo veo,
¡Joseme trepa lanzado!
Mas, sí que oye mi voceo
y contesta ilusionado.
-¡¡Llevo mi alma a pareo
con mi ensueño más preciado,
llevo tomillo y poleo
y un poema esperanzado,
llevo el valor de Perseo
y el albor vivificado,
y en mi mochila acarreo
un lazo verde azulado
hecho con el burbujeo
de un piélago sosegado,
con los sueños de Morfeo
y del cielo despejado!!

Y Joseme, cual Romeo
de armonía cautivado,
se evapora, en un meneo,
en la cumbre de mi amado,
guanche pico con albeo
de encaje blanco bordado.

Yo esto no me lo creo
¿será que lo habré soñado?


¡Suerte, poeta! :o)


Necesito un lugar para ripiar

Necesito un lugar para ripiar

¡Buaaaaaa!

¡Buaaaaaaa!

Carulo ¡qué guapa!

Carulo ¡qué guapa!

Enfero que me regañas
con ripios enmendadores
ten piedad con mis marañas
pues refutan con rencores
y arguyen con feas mañas
del alma los sinsabores;
sabes bien que son hurañas
las emociones de amores
que surgen igual que arañas
bramando como tambores
mostrando aciagas calañas
para exponer sus dolores.
Carula ¿tú no te dañas
cuando penas desamores
y escribes cual si legañas
tuvieras en los censores?
¿no te aúnas con pirañas
para morder sin pudores
teniendo al corriente sañas
desdeñando los valores
y al mundo entero le gañas
sin convenirte las flores?
Contéstame, y sin patrañas,
repruébame mis clamores
que sé bien que las castañas,
aunque produzcan picores,
ricas son ...si las apañas.




Un ripio ¿por qué no?

Un ripio ¿por qué no?

Yo quisiera ser juglar
de los tiempos medievales
e ir con mi mandolina
entonando mi trinar
por territorios feudales;
trovadora cantarina,
rapsoda del avatar
vate de ufanos modales
que lleva alegre bolina
y fábulas que, al rimar,
agradan a los mortales;
yo quiero ser andarina
ir de lugar en lugar
encendiendo los fanales,
destapando la cortina
de la ilusión secular,
contando endechas navales
de corsarios y marina,
describiendo el batallar
de los hidalgos cabales,
narrando cómo culmina
el cortejo del seglar
de los pobres arrabales
con la noble Catalina,
y cómo al dragón retar
fue matado con puñales
por Don Alonso Medina.
Yo quisiera ser juglar
y loar borrando males,
abriendo la bambalina
del ensueño y el cantar.

Carulaaaaa
¿quieres ir conmigo a dúo?
yo cantaré cual jilguero,
tú chillarás como un búho,
¡seremos ricas, Enferooo!


Gotas de almíbar

Gotas de almíbar

Mi abuela Coralia adoraba fumar en cachimba. Oculta en el sótano, expulsaba volutas de humo azul que se disipaban en el aire.
Desde la habitación de arriba, mi hermana gemela y yo, con ocho años, la espiábamos por un agujero que las tablas del piso, ya desgastadas, nos habían dispensado.
Abuela fumaba con entregado placer y su pipa, de color azabache con adornos plateados, se mecía en su mano con delicia.
Sólo cuando fumaba su rostro resplandecía y, aquel halo de felicidad, la hacia parecer una chiquilla.

Si oía algún ruido, presurosa, apagaba la cachimba y la escondía en un orificio de la pared. Entonces nosotras, desilusionadas, abandonábamos nuestro mirador.

Cuando crecimos nos enteramos de que aquella cachimba había pertenecido a mi abuelo, muerto cuando nosotras teníamos apenas seis años. Fue mi abuela la que nos informó.

—Cuando fumaba era como si estuviera besando a mi amor otra vez... —nos dijo, nostálgica de las sensaciones que antaño la complacieron tanto.

El tiempo borró de la boquilla de la pipa, la esencia de mi abuelo. Con ello desvaneció también el deseo de fumar de mi abuela.


Decepción

Decepción

Yo te amé sin precaución,
sin reproches y sin llanto.
Una vez te quise tanto
que arrinconé mi ambición
cubrí mi cara con manto
convertí dolor en canto
y me cegué a tu traición.


Te quise sin una queja
sabiendo bien de tu engaño
ocultando hondo el daño
escondí tras una reja
toda censura y regaño,
un día, un mes, un año...
hasta mi pena hacer vieja.


Y olvidé a mi corazón
guardando resentimiento,
cebando aborrecimiento
y apilando humillación;
desdeñé su sentimiento
rechacé su sufrimiento
menosprecié su razón.


Mi odio hoy es grandioso,
fuerte, enorme, desmedido,
inflexible, hostil, perdido,
violento, fiero, rabioso...
tan intenso te he querido
como ahora aborrecido
y si mi amor fue precioso
más triunfal será mi olvido.







Rabo de lagartija

Rabo de lagartija

Desde que nació ya fue un bebé colérico; puños cerrados, lloros agudos y cara amoratada por la furia.
Su niñez y adolescencia las pasó entre colegios e internados y fue expulsada en varias ocasiones por practicas abominables con sus preceptores, además de villanas acciones con sus compañeras de clase.

Nunca se casó; si lo hubiera hecho, a ciencia cierta, su esposo sería hoy ungido como mártir, sin embargo tuvo candidatos, que salían huyendo a poco de tratarla. Sólo uno de ellos pudo soportarla durante dos meses.
Su madurez nunca existió, ya que siempre se comportó como adolescente díscola y en su vejez fue acogida en un asilo, donde las religiosas encargadas de atenderla estuvieron a punto de perder su admirable fe.

Y feneció, después de una longevidad casi milagrosa y bastante atroz para sus custodias. Entonces su rostro, prodigiosamente, se dulcificó; aparentaba una señora amable y amorosa allí tendida en su ataúd.

Creo que, ciertamente, es la muerte la única que la acogió con agrado y ella parecía sentirse, por fin, cómoda.

Yo jamás me sentí mal por dejar que pasara su vida sola; nunca pude sobrellevarla. Excepto ahora; cada semana voy a su tumba y le cuento mis problemas y alegrías. Como haría cualquier hija con su madre.