Es el milagro de la Navidad
¡Qué tengáis todo lo mejor!
os desea, Espuma.
¡Qué tengáis todo lo mejor!
os desea, Espuma.
¿No oís cantar a la vela?
¿No oís sonar el tambor?
La odalisca se agitaba voluptuosa y sensual al ritmo de la música exhibiendo sus torneados muslos y su cimbreante vientre ante los numerosos ojos masculinos que la seguían ansiosos.
Pedro, entre los espectadores, la escudriñaba pensando que aquel cuerpo ondulante y perfecto irradiaba erotismo por todos los poros de su piel.
Dedujo que toda ella era pasión, ardor, lujuria... y que mientras bailaba estaría poseída por la lascivia y el deseo carnal más intenso y vehemente.
Entretanto, la bailarina medía con impaciencia el tiempo, desfallecida y asqueada solo deseaba terminar su jornada de trabajo para volver a casa.
Nos lo pasamos pipa.
vean, vean, una foto del evento.
(Aquí fue cuando bailabamos "Allá en el rancho grande") ¡genial!
El que está en primer plano es Jimul, claro, era el rey de la fiesta, su fiesta y baila con... ¿Comella? ¿o es Octavia? ¿quizá Gladys? ¿o Pitufina?, no, creo que era Merche, ¿o era Perseida? ¿ángel? ¿Bohe? ¿o era Dulcinea? ¡Muy posible que fuera Enfero! ¿o El Macaco? ¿quizá Pokita?... bueno no sé bien, que las calaveras somos todas igualitas, lo mismo era yo mismamente... ¡no me acuerdo! el licor corría por nuestros gaznates a chorros... y se salía por las costillas, claro, pero no sin antes dejarnos con una juma temerosa, oígan, pero ¿a que tiene los labios bien pintaditos ella, sea quien sea, ella? ¿eh?
La del lazo en la cocorota pelada es Nofret ¡qué horrible le queda el lazo! ¿no? (No se lo digan que es muy rencorosa, pero le queda fatal) bueno, al menos se quitó las vendas apestosas por un día ¡era un día tan especial! ;)
El que está con un vaso tragando a mandíbula batiente (nunca mejor dicho, que hay que ver cómo le bate la mandíbula) es Sereno, que bebe como un cosaco (creo que se estaba bebiendo a grandes sorbos, como puede apreciarse, a nuestra Tequila, ¡pobre!) Tocando un instrumento rarísimo vemos a Pablo,(que cuando es menester deja de ser tomate y se convierte en calavera), detrás vemos a Joseme,(el del sombrero andaluz y la sonrisa dentuda, que no quiso ponerse el sombrero mejicano) Goreño (bastante borrachuzo ya, al lado de Joseme) Sirio (con la cara de pocos amigos, pero es debido a la tremenda trompa) y Pokito (a éste último no se le ve porque es tan chiquitín, el pobre, pero está justo detrás del barril). Y los demás andabamos por ahí, haciendo calaveradas, claro.
bueno, todo fue precioso.
:)
¡Felicidades Calavera!
Todos los días iba a visitar a doña Teresa y nos pasábamos las apacibles tardes bajo el gran castaño, hablando de Roberto y tomando limonada. Ella era una buena conversadora y yo la escuchaba, abstraída, platicar de su hijo y las virtudes que éste poseía: era formal, cariñoso, ordenado... yo soñaba con él, sin importarme la opulencia de mi familia ni sus penurias, y envidiaba a las muchachas que, según doña Teresa, asediaban a su hijo.
Yo era por entonces un alma cándida que creía a pie juntillas las palabras de aquella mujer, que parecía tan honorable pese a las privaciones, y no supe ver la realidad hasta después del matrimonio: Roberto fue un esposo tarambana, borracho, huraño e irresponsable.
Ambos descansen en paz.
Hoy, yo sigo bajo el gran castaño donde espero, tomando mi refresco, por Margarita, una muchacha ingenua y hacendosa que deseo para mi Demetrio, este hijo mío cincuentón que tan fielmente ha heredado las “cualidades” de su padre.
¡Qué no haría una madre por su hijo!
—Sois guapo y sois rico, ¿qué más queréis Federico?—dijome él.
—Sois joven, sois guapo y tenéis dinero, ¿qué más anheláis Baldomero? —dijele yo envidioso de sus dotes.
—Sois apuesto, sois rico y curtido ¿qué más ambicionáis amigo?—contestóme él al punto.
—Sois efebo, sois galano y acaudalado, y disfrutáis de la femenil pasión ¿qué más deseáis sinvergonzón? —exhortéle con insistencia.
—Sois guapo, sois rico, versado y además me dais de lado ¿por qué lo hacéis renegado? ¿No veis que ardo de amor y por vos ando extasiado? —declaróme entonces él con vehemencia.
—Estáis de chanza, conjeturo—dije yo zanjando la antología y asaz amilanado.
—¡Os amo Federico!—fue la ardorosa respuesta.
Y aterrado me alejé de allí deprisa, sin atender las réplicas de Baldomero que me emplazaba a permanecer a su lado.
—Sois galán, sois instruido, sois rico ¿qué más queréis Federico?—me iba yo recriminando a mí mismo con rabia, mientras huía como alma que lleva el diablo.
Ciertamente; nunca estamos satisfechos.— La cabra de María da más leche que la mía— me reprobé con sorna.
Ramón escucha atento a Juan; éste le comenta que su mujer le ha abandonado, entre hipos y sollozos, mientras apura, una tras otra, copas y copas de coñac. Al atardecer, el hombre se retira, zangoloteándose de un lado a otro. Al poco aparece Roberto, se sienta en el taburete y pide dos güisquis dobles. No tarda mucho en desahogarse y le cuenta a Ramón que Elena decidió dejarle, por un miserable vendedor de bombillas. Llora con desesperación y el otro le consuela como puede. Al fin, con una borrachera impresionante, Roberto se va pero, al mismo tiempo que él atraviesa la puerta, entra Vicente.
Vicente es un buen vecino, soltero, maduro y tranquilo. Por eso Ramón queda atónito, cuando le dice que se ha enamorado y que, Ángela, su amor, no le hace ni caso. Lloriquea, el hombretón, mientras consume tequila sin parar. Mocos y babas se esparcen por toda la barra y el cantinero limpia una y otra vez, con calma, al tiempo que reconforta a Vicente.
Cuando, a la madrugada el hombre se marcha, Ramón cierra la puerta de su negocio.
Nunca debí ponerle el nombre de mi ex novia al bar —piensa, y con un suspiro de cansancio se dispone a asear su cantina.
Arácnido
Sus patas velludas parecían deslizarse sin esfuerzo; yo, echado sobre la cama, no fui capaz de moverme. Sus pinzas no paraban de fluctuar; sus ojos centelleaban en cientos de fracciones mientras, sin dejar de observarme, seguía descendiendo.
El pánico era tan grande en mi interior que creí reventar. El sudor empapaba todo mi cuerpo y mi corazón latía a un ritmo desorbitado, pero estaba inmovilizado, paralizado por su hechizo maldito. Ciertamente, las arañas son capaces de sugestionar a sus víctimas; yo estaba hipnotizado, prisionero, subyugado por aquel pavoroso bicho.
Llegó hasta mí y subió pausadamente por mis piernas, mi pecho..., parándose de vez en vez y vigilándome para averiguar si su sugestión seguía causándome efecto —eso me pareció a mí— cuando, finalmente, alcanzó mi cara me pareció oírla reír maléfica, insidiosa...
Principió por mi cabeza; tejía rápidamente su tela y me envolvía en ella con la destreza y maestría de la más habilidosa modista.
Me fue liando, ciñendo y embalando en la tela hasta que fui sólo un paquete.
Mi mente horrorizada podía aún vislumbrar una solución; ella no podría arrastrarme a su guarida, yo era un peso excesivo para una araña aunque fuese tan grande en similitud a su condición.
Pero... empezó a revisarme minuciosamente moviendo impaciente sus pilosas tenazas por todo mi cuerpo y luego ávida, comenzó a chupar mi sangre succionando despacio, sorbiendo pausadamente cada gota, como una mariposa que liba el dulce néctar de una flor.
No me dolía, más bien tuve la sensación de que se me iba la vida mansamente, pero el horror de saber que estaba sucumbiendo, de que iba a morir, causaba en mí una aterradora conmoción, una angustia espantosa y una resistencia inútil y enloquecedora por la supervivencia.
Mi mente se fue nublando lánguidamente según ella iba extrayendo mi sangre y mi cuerpo, cada vez más débil e inutilizado, se dejaba arrastrar inerme e impotente hasta sentir como un entumecimiento soporífero me aletargaba por completo; ella continuó su labor engullidora mientras mis ojos se apagaban y ya sin brillo se cerraban a la vida.
Mi cuerpo momificado, plena y perfectamente desecado, fue encontrado a la mañana siguiente. Nadie se explicó que había pasado.
Ha pasado el tiempo y ahora mi espíritu pudo al fin, gracias a los progresos, teclear en este aparato lo que realmente me pasó en el año 1.916 en la C/ Delirio Nº 686 de la ciudad de Malaventura.
Avisen a un fumigador, ahora que aún pueden... nunca se sabe.
Vino llorando a mí y me ofreció la pulsera de su bisabuela; era un brazalete que tenía más de cien años, de oro macizo, que llevaba esmeraldas engarzadas y rubíes.
Mi bienquista vecina me dijo que estaba apurada, que debía pagar una deuda y por esa razón se deshacía de la alhaja que tenía en tan alta estima, y yo se la compré enseguida, compensando sus desconsoladas lágrimas con un cheque más cuantioso de lo que me pedía y dándole el lenitivo que necesitaba.
Estará en las mejores manos le aseguré mientras me apresuraba a guardar la reliquia.
Hoy, un día después, he sabido que mi ajorca no vale nada: no es de oro, las que supuse piedras preciosas son simples vidrios y de antigua, claro, no tiene ni el broche.
Mi amiga ya no vive aquí, se fue la misma tarde de la venta, alegando que debía subsanar sus débitos. Ella me dio una quincalla, estafándome, y eso me punza el orgullo. Pero me consuelo imaginando su cara de hurón encrespado, cuando el funcionario del banco le informó de la total ausencia de caudal en mi cancelada cuenta bancaria.
Cada vez hacen los plátanos más pequeños...
Bueno, pues hoy 22 de septiembre, cumplo años otra vez. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando cumplí un año menos de los que cumplo hoy, es más, me parece increíble que haya recorrido todo este camino ya.
Si aún me acuerdo de cuando celebraba mis cumples infantiles y juveniles.. Desde luego el tiempo vuela.
En fin amigos, gracias a todos por leerme y aguantarme.
Lo mismo me tenéis por aquí el año que viene dándoos la tabarra otra vez. Pobres...
Después de perder a su querido Rufo bajo las ruedas de un enloquecido camión, Emilio juró no poseer un perro nunca más. Y se compró un gato.
Pero su latente predisposición por los canes no le permitió tratar al minino como tal. Ataba al animal, al que llamó Garufo, de una cuerda y lo sacaba a pasear, haciendo que el pobre bicho se retorciera frenético e incómodo ante esta actitud absurda, le arrojaba palos para que fuera a buscarlos, le ordenaba que le diera la patita... y cosas así de extrañas.
El felino, ante la insistencia tenaz de su dueño, al fin claudicó; quizá curtido por sus pertinaces enseñanzas o tal vez se acomodó a su destino perruno, el caso fue que aprendió a traerle los palos lanzados y a caminar atado, tan mundano como el más refinado perro. Lamía cariñoso la cara de su dueño, e incluso orinaba en los árboles del parque levantando la pata con garbo canino.
El día en que Garufo aprendió a balbucear su primer ladrido fue el día más feliz en la vida de Emilio. Exceptuando quizá aquella vez que Rufo, en silencio y muy absorto,
leyó un cuentito de Monterroso.
La llamaban Glauca porque poseía unos ojos verdes y profundos. Al mirarlos fijamente, uno podía distinguir el fondo del mar en ellos; seres marinos como peces, corales, medusas y estrellas de mar fluctuaban en sus pupilas, pausados y radiantes, arrullados por la plácida marea del mar de sus ojos.
A veces, cuando se fraguaba una tempestad en su alma, se percibía en su mirada la violencia de las olas rompiendo contra los negros y cortantes farallones de la orilla y entonces las medusas, trémulas, buscaban refugio en su iris, las estrellas se anublaban y los corales se agitaban estremecidos.
Todo depende del cristal con que se mire... ¿o es del cristal en dónde uno se mire?
Bueno... a veces nos crecemos demasiado.
La primera vez que se enamoró creyó que sería para siempre. La siguiente, no había perdido la fe de que esta vez sería sincero. A la tercera, ya desconfiaba del amor y en el cuarto fracaso amoroso, se dijo a sí misma que no volvería a enamorarse.
Cuando conoció a Ricardo, la certeza de que éste era su media naranja, le hizo olvidar su promesa y cuando Ricardo la abandonó, Manuel la consoló con satisfacción durante seis años. Después... de nuevo sola.
Al mes de su soledad, intimó con Gerardo y llegó a ser feliz con él durante tres años. Pero él se fue y el nuevo desengaño le hizo resolver no sucumbir, bajo ningún concepto, a las lisonjas de otro varón.
Hoy tiene setenta y dos y acaba de conocer a Rafael, de setenta y seis. Él es distinto, se dice, mientras dispone con ilusión su octava boda.
Fue en aquel hotel de Roma tan lujoso; con sus escalinatas tapizadas de rojo, sus muebles labrados, unos cuadros impresionantes... y los espejos, profusos espejos por doquier; en recepción, en las salas, en las habitaciones, en las escaleras...
Bajé yo, modesto hombre de pueblo, a la cafetería, para llevar a mi decaída esposa un café que la reanimara. Todo fue bien, no me perdí, como temía, en aquel hotel fastuoso de pasillos interminables y recovecos imposibles de maravilla iba todo, hasta que subí de nuevo por las escaleras, aquella escalinata revestida de terciopelo bermellón y ataviada con espejos por todas las paredes ya que nuestra habitación se hallaba en el primer piso.
Al subir, con la jícara zarandeándose en mis manos, casi tropiezo con un señor que bajaba; un hombre mayor, como yo, que renqueaba un poco, con una ladeo similar al mío. Me aparté enseguida, para darle paso al caballero, pero él, afable, se apartó asimismo.
Entonces decidí continuar yo mi subida, mas él, quizá creyendo que yo esperaría, trató de bajar, ¡casi topamos! Raudo, me aparté de nuevo y va él y hace lo mismo.
No había manera de entendernos.
Si no es porque me ajusto mejor las gafas y distingo que aquel señor, tan torpe, llevaba una taza de café en las manos y un atuendo idéntico al mío...
En fin, hubiera pasado mucho tiempo haciendo el mentecato y mi esposa odia el café frío.
¡Los espejos son unos minuciosos plagiadores!