Método racional

Pero su latente predisposición por los canes no le permitió tratar al minino como tal. Ataba al animal, al que llamó Garufo, de una cuerda y lo sacaba a pasear, haciendo que el pobre bicho se retorciera frenético e incómodo ante esta actitud absurda, le arrojaba palos para que fuera a buscarlos, le ordenaba que le diera la patita... y cosas así de extrañas.
El felino, ante la insistencia tenaz de su dueño, al fin claudicó; quizá curtido por sus pertinaces enseñanzas o tal vez se acomodó a su destino perruno, el caso fue que aprendió a traerle los palos lanzados y a caminar atado, tan mundano como el más refinado perro. Lamía cariñoso la cara de su dueño, e incluso orinaba en los árboles del parque levantando la pata con garbo canino.
El día en que Garufo aprendió a balbucear su primer ladrido fue el día más feliz en la vida de Emilio. Exceptuando quizá aquella vez que Rufo, en silencio y muy absorto,
leyó un cuentito de Monterroso.
9 comentarios
white -
piedra -
TEQUILA -
Anímate y haz un gran cuento.
Me pareció extraordinaria la idea y cómo la narras.
Felicidades, me gusta tu blog, aunque veo que aún está a medias.
Un beso:
Lola.
Espuma -
:)
Jimul, no lo dejes sin terminar ¿eh?
Goreño -
Jimul -
guanachinerfe -
Saludos guanchiles.
Espuma -
gracias por venir, Jimul...
Jimul -