Blogia

El andurrial de Espuma

Extraviados

Extraviados

Don Felipe de Torremayor se hincó de rodillas frente a la imagen de la Sagrada Cruz y oró, sabiéndose ya vencedor; llevaba puesta su indumentaria para partir raudo con sus justicieros acólitos, a Las Cruzadas; en su peto lucía la cruz roja y en su corazón el sentimiento ardoroso de la Verdad Única.

A mucha distancia, Amad Jamed se hallaba arrodillado asimismo, mirando a la Meca, dispuesto ya para la batalla, de la que juzgaba que él y sus tropas saldrían victoriosos, puesto que ellos luchaban por la Incólume Verdad y Alá, sin duda alguna, estaría con ellos.

Arriba, en las Divinas Alturas, Dios o Alá, comprendió que los hombres seguían siendo ciegos, tercos y feroces y que, ni las misericordiosas enseñanzas de Su Jesús ni las benditas doctrinas de Su Mahoma, habían logrado nada en absoluto.

¿Ves algo anormal en esta imagen?

¿Ves algo anormal en esta imagen?

Mira bien esta imagen de la chica; es una foto perfecta, nítida y clara.

Tú, ¿cómo la ves?

Si por casualidad la distingues irregular, como si todo se duplicara, confusa y desdibujada, ten por seguro que te pasaste con el vino, aunque no lo creas.

Moderación, frugalidad, templanza...

Es que no se hace caso, caray.

Doble laurel para Hera

Doble laurel para Hera

Un día Hera, diosa del Olimpo, se alejó demasiado en su carro de oro tirado por pavos —furiosa a causa de otra de las numerosas infidelidades de Zeus— y llegó hasta la jurisdicción de los dioses egipcios, encontrándose con Isis, que sollozaba entristecida.

La griega frenó su carro con un chirriar de patas y se dispuso a saber algo de aquella desconocida y doliente fémina.

Hablaron y departieron las dos diosas, llegando a sentirse tan acopladas que la amistad no tardó en surgir entre ellas.

Isis, relató a Hera que su desconsuelo se debía a la perdida del falo de su esposo, después de que Set lo hubiera desmembrado y esparcido de tal forma que ella, Isis, aunque localizó y compuso de nuevo a su amado Osiris, nunca halló su pene.

Quedó Hera pensativa y al fin, en su mente se fraguó una idea genial. Prometió ayudar a su nueva y gran amiga y partió.

Zeus dormía con un sueño pesado —como si hubiese bebido alguna droga, que alguien pudiera haber vertido en su licor de frambuesas— Soñaba, agobiado, que alguien le extirpaba el pene.

Ese mismo día volvió Hera a visitar a su amiga; en un primoroso paquete de color añil, le traía un presente.

Isis, alborozada por la llegada de la diosa helena, se tornó radiante de felicidad cuando abrió el fardo y descubrió en su interior un hermoso y enorme falo.

—Es divino, por lo tanto compatible —le aseguró la griega, ufana.

Espumas

Espumas

De olas traviesas que traen murmullos de sirenas y astillas de coral tornasolado.

Espumas

Espumas

De mares bravíos que juegan en las basálticas rocas y en las playas de negra arena.

Espumas

Espumas

Que traen aromas de sal y remembranzas de corsarios aventureros.

Sólo apto para damas.

Sólo apto para damas.

Cuentecillo picaresco medieval, rimado y festivo.

—Este bicho me importuna, —quejóse doña Beatriz— ora se posa en mi cuello, ora vuela a mi nariz, pronta se pone en mis labios y más presta en mi cerviz.
—No os azoréis, señora —contestóle don Tomás— que yo acabo con la bestia en menos de un pestañeo. ¿Y mi espada?, no la veo...
—¿Bestia decís? —señaló ella pasmada— tan sólo es un insecto; impertinente y molesto, pero diminuto. Acaso vuestro ardor os engaña; no es ninguna alimaña.
—Pero punza con gran saña, lo mataré en un minuto —replicóle el varón, chinchoso— ¿Dónde está?
—¿Preguntáis por vuestro acero? —expuso la dama, mordaz.
—Mi espada ya la sostengo; por la mosca os inquiero —dijo él con fingida paz.
—La mosca se halla en mi busto, —indicóle Beatriz— recorre rauda mi escote; parece que le da gusto..., ¡ahora asciende al cogote!
—No la veo, mejor me arrimo... ¡Ah, qué susto! ¡Vaya lote! —bramó el hombre.
—¿Os da, una mosca, cerote? —preguntó ella, insidiosa.
—No es la mosca, no es el bicho... —tartamudeó él, mientras, pegado su rostro al pecho de la dama, babeaba, y refutóle— os he dicho.

Y la mosca, que se hallaba en uno de los senos de la mujer, alzó el vuelo y despareció por el postigo.

—Ya os digo —manifestó Beatriz entonces, guiñando un ojo a la asistencia— mañas y ardides no son solamente del demonio. Este año, amigas mías, yo cataré el matrimonio.

Y se baja el telón, entre risas femeniles. Se terminó la función.

Requerimiento de una doncella

Requerimiento de una doncella

Misiva para el ilustre Don Quijote de la Mancha.

Al Heraldo:
Buscadlo donde exista gente
afín a lances, apremios o rigores intensos
Menesterosos, oprimidos e indefensos,
Allí lo hallareis, ciertamente.


¿Dónde estáis mi caballero?
¿en qué comarca distante?
¿en qué andurrial azaroso
que mi corazón ansioso
no os relega un instante?
¡Tanto, mi señor, os quiero!

He de informaros, primero,
que mi inquietud es ya gigante
que mi miedo es horroroso,
temible, atroz y espantoso.
¡Vuestra ausencia ya es bastante!
y mi pesadumbre empero,
crece con más desafuero,
siendo plena y no menguante,
ya que evento pavoroso
sucede aquí, y es forzoso,
que aparezcáis fulminante.

Os explico: en el chiquero
diez diablos chillan con fuero
en un estruendo constante;
fueron gorrinos, de porte airoso,
orondos y aspecto garboso,
—pues de cerdos fue su talante—
mas, ahora y desde enero,
se han transmutado, y reitero,
¡hoy son diablos!,y algo injuriante,
¡van desnudos! ¡es deshonroso!

Os imploro señor, no os acoso,
mas, es cosa intemperante
y juzgando que vos, mi caballero,
sois probo de juicio recto y sincero,
y notoriedad magna y galante
es menester, que animoso,
acudáis a exterminar, valeroso,
a estos demonios; no obstante,
traed a vuestro escudero
que no es cabal acudir señero
y azaroso es y es degradante
pues Satanás es malicioso
y sus demonios, y es peligroso
tratar a índole tan infamante.

Mi hidalgo; anhelante os espero
que mi calvario es madero
hasta advertiros, en mí, delante.

Con el ánimo, por veros, deseoso,

Quedad con Dios. Dulcinea del Toboso.

Espuma.

Incesante

Incesante

¡Ay, corazón, qué difícil calmarte
cuando en ti se agolpan tantos sentimientos!,
no hay entonces lógicas ni discernimientos
que logren siquiera un poco aquietarte.

Quisiera tener el poder de instigarte
que son primordiales los conocimientos,
que es la razón dueña de los vientos,
y tan sólo eso debiera bastarte.

No es el afecto quien ha de ablandarte,
no es la ternura, ni los miramientos,
no es causa propicia sentir nobles tientos,
si no se domina qué pueden causarte.

Por sentir, ahora, sientes asfixiarte,
¡No ves, corazón, cuántos sufrimientos!
ahora tú penas tus negros tormentos
porque aquél que amas ya no quiere amarte.

Y si ahora supieses cómo comportarte...
y si esos martirios fuesen escarmientos...
mas, no son tus dotes para entendimientos,
y forzosamente... vuelves a extasiarte.

COMO UN CAMPO DESOLADO

COMO UN CAMPO DESOLADO

Siento rumor de campo desolado,
donde el viento retumba al azotar
el tronco seco de un árbol quemado
y la vida aguarda para brotar.
Espero que un día el campo de flores
se cubra, digno de poder mostrar
que en el aire navegan mil olores,
pero hay que vivir para respirar.
¿De verdad soy un erial yermo y frío?
¿De verdad la vida no vive en mí?
¿De verdad no tengo ya primavera?
¿No será que el sol de mi seco estío
seca las flores antes de salir
porque me devora una cruenta hoguera?

LOS OJOS DEL CORAZÓN

LOS OJOS DEL CORAZÓN

Caminando por el campo
mientras contemplo las flores,
insectos y mariposas
de variopintos colores,
voy pensando en mi destino
salpicado de temores,
de abrojales y de espino.
¿Qué misterioso sentido
hará que apesten las rosas,
que todo esté corrompido
y muerdan las mariposas,
cuando el sufrimiento invierte
el sentido de las cosas?
Si en cambio vives feliz,
suena el llanto a carcajada
y la penumbra, un matiz,
haciendo que la mirada
arranque luz y color,
aunque sea noche cerrada.
Goreño

Arrebatos

Arrebatos

Observaba a la muchacha, que ajena a él, recogía moras de un arbusto. Es muy bella—pensó— y sus ojos rebosaron placidez. ¿Por qué decían de ellos que eran perversos y ultrajadores?, él sólo notaba que profesaba por la delicada joven, ternura y agrado...
Escondido tras una roca, miraba a la chica; no pensaba para nada en mancillarla, no sentía lujuria, sólo deseaba mirar su hermosura virginal.
Algunos insectos impertinentes, no cesaban de picarle en las posas, pero él los espantaba lo más sigiloso que podía, moviendo la cola de un lado a otro incesante. No quería espantar a la bella.
De pronto, alguien tocó su hombro y el centauro casi da un grito del susto, mas vio que era Dionisio, dios del vino, que le saludó e invitó a beber.
Comenzó catando sólo unos tragos, mas el otro insistió y acabó tragándose seis odres, no tardando en embriagarse de tal manera que ya no sabía ni donde se hallaba.
Dionisio, entretanto, había marchado sonriendo irónico, en su carro.

El centauro, recordó a la muchacha y a pesar de hallarse tirado en el suelo, se levantó con gran esfuerzo y se asomó para verla. Y fue algo extraño lo que sintió con sólo ver sus nalgas orondas; un apetito carnal e incontrolable le llevó a arrojársele encima y ultrajarla brutalmente.
Más tarde, dormida ya la resaca, el centauro recordó lo sucedido y se consoló pensando que no había sido su naturaleza la causante del atropello; fue el vino, que trastoca los dulces talantes.

Dentro de mí

Dentro de mí

— Iztaccihuatl era una hermosa doncella, hija de un emperador azteca, que se enamoró del humilde joven Popocatepetl. No siendo dicho romance del agrado del rey, éste envía al muchacho lejos e intenta desposar a su hija con un noble.
Iztaccihuatl, se niega y el padre miente, diciéndole que el muchacho ha fallecido. Ella, desolada ante la fatal noticia, muere de pena y en su ceremonia fúnebre aparece Popocatepelt, que desgarrado de dolor la acoge en sus brazos, llevándosela a las montañas.
Allí, el enamorado llora con tanta aflicción sobre el cuerpo de la muchacha que los dioses, compadecidos, cubrieron a los jóvenes con un manto de nieve.

Hace dos meses estuve contemplando dos montañas que se hallan muy juntas; realmente una de ellas parecía una mujer que yace tumbada. La otra no cesaba de echar humo por la cúspide; según la leyenda que acabo de narrar, se trata de Popocatepelt que suspira afligido, percibiendo a Iztaccihualt muerta a su lado.
Juraría que ayer, entre el humazo de su pico, vislumbré unas enormes plumas carmesíes y doradas, como si el guerrero alzara la cabeza penígera para gritar al mundo su dolor. Pero no me hagan mucho caso; sólo soy una vieja con muchas fantasías en la cabeza; posiblemente fue únicamente fuego lo que vi.

Mas... en ese caso, ¿qué es este quejido, penetrante, oculto y lastimero, que hurga en mi corazón desde entonces?

Espuma ya tiene blog

Espuma ya tiene blog

Bienvenidos a todos los que deseen visitarme, leer y escribir.
este es el blog de Espuma.

Seis jácaras burlonas y refraneras.

Seis jácaras burlonas y refraneras.

Hábito de esposa

—Madre: ¿qué cosa es casar?
—Hija: hilar, parir y llorar.

Hija, ilusionada, se quiere casar; se prueba el traje, se mira al espejo, ríe con malicia, sueña con su efebo.

Y llegan las nupcias y acaba la boda, pasa la luna de miel y comparecen las noches de celos y soledad; el marido se olvida de regresar a su lado.
Hija se siente abandonada y entristecida, mientras acaricia su abultado vientre, en espera de su quinto hijo.

Hila, y entre tanto llora.

Clama mientras pare.

Madre viene a verla y besa su frente, se sienta, saca su costura y teje silenciosa al tiempo que, tenue, solloza.

—Madre, ¿por qué lloras mientras hilas?

—Es que ya... parir no puedo, hija.

Entre pábulos y sahumerios

Flota entre olores de fritadas; cebolla doradita, crujientes rosquillas, croquetitas de pescado, rubias empanadas de carne, buñuelos de batata y aromas de canela y vainilla.

Extasiada con el olor de la leche frita, no se percata de que entra él en la cocina. Ella revuelve la cuajada con embeleso, oye el burbujeo de la leche y aspira su aroma meloso. La sartén borbotea, no permitiendo que la crema se aglutine y obsequia a su ama con esa apariencia color caramelo, mientras el tufo dulzón asciende, grácil, delicioso...
El hombre, taciturno, la mira; se siente excluido, arrinconado. La esposa y su sartén se elevaban gloriosas al paraíso y él ni siquiera existe en esos lapsos de embeleso.
—¡La mujer y la sartén en la cocina están bien! —le había dicho infinidad de veces; ella siempre estuvo de acuerdo.

Randas, truhanes y lucrados

—Sí, ya sé, quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón, y don Froilán, según dicen es un manilargo, que si no ¿cómo ha llegado a ser tan rico?, que ya sabrá usted, don Pablo, que cuando el río suena, agua lleva pero, claro, la conciencia me punzaba y vine a contárselo porque lo mismo soy yo el que está errado; ya sabe, se cree el ladrón que todos son de su condición, no obstante, yo antes no sisaba ni una cerilla pero me junté con mala gente y ya sabe, dime con quién andas y te diré quién eres, en fin, que como digo fui yo quién robó a don Froilan las ovejas y los dos potrillos, pero ya es que la miseria me tiene atosigado, mis hijos no comen..., la gente nada sabe de mis desgracias, ya ve, cada altar tiene su cruz...

—Bueno hijo, no puede uno estar a Dios rogando y con el mazo dando, aunque don Froilán tenía que haber tenido más cuidado, el que quita la ocasión, evita al ladrón. Tu penitencia será: donar a la iglesia la mitad de lo que robaste, como escarmiento. Si quisiste al perro acepta las pulgas, y no sigas por el mal camino hijo mío, siembra buenas obras y recogerás frutos de sobras. Cuando salgas de la iglesia has una obra caritativa, una buena acción es la mejor oración.

Dudas razonables

—Caballo que con tres años ve a una yegua y no relincha, o no le gusta la yegua o tiene prieta la cincha.
—¿Y si la cincha está aflojada?
—En tal caso ha de ser porque la jaca es malcarada.
—¿Y si la yegua es muy bella?
—Entonces, el alazán es capón; no le conmueven pasiones ni gusta de los deleites que emocionan al varón.
—¿Y si el caballo es vigoroso y no carece de ardor?
—Puede que sea impúber o cegato. Acaso no puede ventear y no advierte el celo que tan tentador para otros rocinantes ha de ser.
—No es ciego el palafrén, que vista tiene muy clara.
—Entonces, y como última conclusión, prefiera el rocín otro de sus mismas dotes; que disfrute de testes y de bigotes.
—Pues andáis desacertado, ni atinasteis al principio ni a la postrera vez; el animal no relincha porque sufre de mudez.

Conjeturas puras

Mujer que al andar culea y al mirar los ojos mece yo no digo que lo sea, pero al menos lo parece.

Parece que sufre de sarna en la entrepierna, que aunque sarna con gusto no pica, irrita; natural es que se contonee para atenuar la comezón. Y si sus ojos parpadean con demasiada asiduidad, por espasmo alterado será, que la roña brota en la bragadura pero se evidencia en los ojos; ¿no son los ojos el espejo del tormento, se halle éste por fuera o por dentro?

Mujer que al andar culea, preferible que lejos se quede, que desde acullá y a la zaga, mejor se la contempla y así no distingues su mirada, guiñándote inquieta y desesperada.

Conclusión: Convulsa la dama es y de algún mal picoso padece y si no, al menos lo parece.

Ardides parejos

La avaricia rompe el saco: La primera A, aún señera, es liviana pero cuando se agrega la V, su gemela, la siguiente A, y la R, el saco se dobla soliviantado; al introducir la I, apenas se nota, pues es espigada y flacucha. La C, es hueca y parco influye en la tara; la sucesiva I, sigue siendo tan delgada como la primera pero la carga está ya muy acrecentada; el saco jadea, quebrantado, y cuando por fin irrumpe la A postrera, alborozada de encontrase con sus hermanas, el costal se repliega amenazador y, atiborrado, revienta.

Supongamos: La AVARICIA, se desparrama. Las trillizas Aes, desintegradas, la V, deshecha, la R partida en dos, las enjutas hermanas Ies, magulladas, y la C, hecha añicos.

Mejor meter el afán, el ansia o la avidez que pesan menos y no se altera el producto.

Reconocimiento

Reconocimiento

El box nº 5 de Urgencias estaba ocupado con un nuevo caso, un hombre totalmente desnudo e inconsciente estaba tendido en una camilla; había sido encontrado en la calle, sin signos aparentes de violencia. Entran un médico y una enfermera. El médico se llama Marta, morena de unos 40 años y con un cuerpo magnífico; debido al calor llevan una bata que dejaba entrever claramente un tanga, los pechos se sujetaban mágicamente sin la coraza que los presionaba y estrujaba, aún más, esas preciosas glándulas.
La enfermera, Ainhoa es su nombre, una joven de unos 30 años, pelirroja y pecosa, llevaba también una bata, y su ropa era, si cabe, aún más limitada que la de Marta, un mini tanga era toda su ropa interior.
Las dos rodeaban al paciente, pretendían saber qué le ocurría, enseguida descubren, tras efectuarle un análisis de sangre, que su intoxicación etílica es intensa, aunque su cuerpo no sufría mayores consecuencias. Era un hombre joven y estaba de muy buen ver.
-Estoy un poco harta de curar a borrachos todos los fines de semana-dijo con cierto fastidio Marta.
-Tienes razón, y encima hoy es el primer aniversario de las dos en este hospital, quienes deberíamos estar borrachas y tiradas por ahí celebrándolo, somos nosotras. -¡Por cierto…!- Una mirada de lujuria corrió por los ojos de Ainhoa y fue captada al momento por Marta.
-¿No lo estarás pensando en serio, verdad?.
Sus miradas lo decían todo entre ellas. Trabajaban en urgencias, reían allí a raíz de las cosas que les ocurrían, y lloraban también por otras tantas desagradables. Pero la mente en un sitio así, se hace a todo, y en este caso había que ver el lado bueno.
Un desfallecimiento por abuso de alcohol era lo que ahora tenían delante.
El paciente era un tipo alto y bien proporcionado, en virtud de lo que se veía en la camilla. No sabíamos ni nombre ni dato alguno, pues venía indocumentado, pero la pinta que tenía dejaba vislumbrar un aire con clase y distinción, que no era lo habitual en los pacientes que nos venían a menudo con estos cuadros.
Ainhoa se mordía los labios al ver el cuerpo desnudo de este espécimen macho. Hacía volar su imaginación. Mientras le ponía el gotero con la medicación, y le cogía la vía, rozaba sus manos sobre su brazo, notando esa suavidad de su piel, experimentando tras ello, una sensación de calidez y bienestar.
Marta, mientras tanto, por otro lado, estaba viviendo esa misma sensación placentera, mientras le auscultaba en silencio. Tenía una piel tersa, joven, limpia, pelo en el pecho; el suficiente para ser varonil y no parecer grotesco y vulgar. Era un tipo bastante bien parecido y las dos estábamos a punto de hacer lo que en principio no debería hacerse con un paciente medio inconsciente.
No había abierto los ojos aún, pero entretanto ya se veía algún movimiento en él, aparte de quejidos y gemidos. No sabemos si por notar lo que nosotras estábamos notando, o porque le estábamos haciendo daño.
-¡Marta!- exclamó Ainhoa de repente.
-¡Ha abierto los ojos!- dijo Marta.
-Deja que le explore las pupilas-.
-Están bien, parece que la medicación surte efecto, temía que estuvieran dilatadas.
-Por cierto, ¿qué ojos tenemos, no amigo?-dijo Marta dirigiéndose a él con una sonrisa y acariciándole el pelo a su vez.
El no hablaba. Sus ojos claros miraban a las dos alternativamente, con aire de agradecimiento y de incredulidad.
-Creo que no sabe dónde está, ni quienes somos.
-Creo que deberíamos llevarlo a la cama del box 7…
- Ainhoa, mira a ver si hay alguien- Dijo Marta guiñándole un ojo.
En segundos se presentó Ainhoa con su rostro pecoso y pícaro, y dijo:
-No hay nadie, todo para nosotras - Y así procedieron con la camilla y el gotero al cambio de box. Se disponían, entonces, a realizar un examen más exhaustivo… y en privado.
Cerraron el box con una mampara, se quitaron las pinzas que recogían el pelo, y poco a poco se desabotonaron las batas. El espectáculo maravilloso que estaba recibiendo aquel paciente, sólo era comparado con la lascivia que emanaba de las mujeres por el deseo de degustar la anatomía de aquel Adonis.
Poco a poco se iban contrayendo los músculos. La piel se erizaba. Escalofríos recorrían los cuerpos de aquellos seres humanos. Ainhoa pasó poco a poco por la piel del paciente el guante de látex, saltando todos los resortes de la pasión. Su pene se inyectó en sangre, era como si quisiera escaparse de la piel y tomar vida propia ante ese maravilloso panorama. El paciente no sabía hacia qué lugar prestar atención y sus brazos se desplegaban hacia ambos laterales de la camilla. Del cuello de Marta sobresalía un instrumento llamado fonendo; se lo quitó para que no le molestase demasiado.
El hombre que allí yacía medio adormilado, sólo entreabría los ojos y creía verse rodeado por dos ninfas esculturales que lo manoseaban por todas partes. Él, definitivamente, no sabía a qué se debía esta pasión irrefrenable, pero desde luego no iba a renunciar a ella, aunque de un sueño se tratase.
Los efectos del alcohol producen una serie de alucinaciones de varios tipos: visuales, táctiles y auditivas. En ese momento de placidez, ese hombre creía estar poseído por las tres y, en cierto modo, le gustaba la sensación.
Marta se acercaba a sus labios, dejando caer hilos de saliva en su boca, correspondiéndole él con mordiscos en el cuello. El gozo era infinito, pues no sólo era Marta la que jugueteaba con él, sino Ainhoa que se había acercado silenciosamente a sus piernas, acariciándolas de arriba abajo, y finalmente parándose allí donde el tesoro es más preciado si cabe. Tocaba su miembro con ambas manos, poniendo atención a los gemidos que seguían en cada roce. Lamía las ingles del cuerpo inmóvil de la camilla, hasta meter en la boca el pene erguido de ese espécimen masculino.

En ese momento, él tuvo una convulsión estrepitosa debido a no controlar la situación, y sentir tanto en poco tiempo. Estar dentro de la boca de esa diosa le hacía volar sin remedio. El placer era totalmente irremediable.
Como es lógico, la aguja del gotero se había salido, pero había sido suficiente tiempo en vena, como para que la medicación administrada hubiera cumplido su objetivo. El paciente estaba más consciente, y ya podía mover el brazo a su antojo. De esa manera, podía acariciar, tocar y manosear aquello que se le pusiera por delante, y sin dilación. Marta estaba apoyada en la camilla ofreciéndole lujuriosamente sus pechos, que él no dudó en aceptar. La lengua los recorría poro a poro, sin dejar ningún lugar seco.
Entretanto, Ainhoa jugaba con el pene de este hombre sin nombre, y él experimentaba sensaciones jamás sentidas.
-¡Esto es un sueño!,¡no puede ser tanto placer sólo para mí!-pensaba nuestro amigo.
Pero no era un sueño, era una realidad y muy palpable. Marta le ofrecía los pechos como si se tratara de un niño perdido y que necesitara ayuda, al tiempo que Ainhoa se había anclado su caliente vagina en el pletórico puntal que sobresalía de la entrepierna del enfermo, comenzando a cabalgar.
Marta decidió despatarrarse en el pecho de aquel cuerpo que comenzaba a resurgir con pasión de su crisis alcohólica. Marta acercó su volcán amoroso a la boca aún pastosa por los efectos de los brebajes que pasan por “elixires excitantes”. La lengua enseguida comenzó a funcionar, buscando enjuagarse la boca con la sustancia desintoxicante que le ofrecía el líquido húmedo y pasional de aquella médico de urgencias.
La escena que se estaba produciendo en aquel box era como sacada del manual del Kamasutra. La enfermera agarró por los pechos a su amiga Marta que en esos momentos había entrado en tal éxtasis que ya no era capaz de controlar sus deseos.
Aunque los gemidos se silenciaban, la Pasión gritaba de placer y la Excitación proclamaba a los cuatro vientos su verdadera cara, sin temor a posibles repercusiones.
Poco a poco los cuerpos van adquiriendo forma de sándwich, la espalda de Marta se fue acercando al cuerpo del paciente al tiempo que el de Ainhoa se iba restregando por el de Marta. No se podía tener más deleite, ni respirar más pasión en aquel lugar. Por una vez en la vida la desgracia había huido y se había instalado la felicidad en toda su máxima extensión.
Las cámaras fotográficas no dejaban de cotillear la imagen de aquella recepción llena de rostros conocidos y famosos. Al tiempo que sus primas, las cámaras de televisión, miraban indiscretamente cualquier movimiento que los ocupantes de aquellas mesas pudiesen hacer, para luego lanzarlo a los cuatro aires.
Era un 8 de diciembre, y aunque hacía mucho frío en la calle, en aquel salón el ambiente era muy cálido. El público asistente abarrotaba el lugar. Los focos, las alfombras, los atuendos de fiesta y el glamour que se respiraba, impregnaban de sutileza el momento. El 4º Certamen del Premio Internacional de Relato Erótico, organizado por la Editorial CRB, daba comienzo.
Tras un breve discurso de varios de los asistentes que componían el jurado, y de un repaso por los títulos que se presentaban al concurso, la portavoz y moderadora dio la noticia del ganador:
-¡Señoras y señores, la obra seleccionada de este año es…! ¡URGENCIA!.
- Concede el premio el presidente de la Editorial D. Esteban Bohórquez García.
- Lo recoge su autora, Ainhoa Hernán Gutiérrez.
Se levantó, entonces, una pelirroja pecosa de su asiento, entre los lógicos aplausos del público asistente. Todas las miradas, las luces, el momento, eran para ella. Su discreto atuendo, un traje negro de viscosa, con hilos de colores se ceñía finamente, marcando sus curvas a los ojos de todos. Dejaba translucir una sensualidad fuera de toda duda. Aquella silueta se paseaba por aquel salón provocando fuertes envidias entre las mujeres y ardientes pasiones entre ellos.
Cuando estuvo en la mesa, el presidente no dio crédito a lo que estaba sucediendo. ¡Era ella!, una de las dos mujeres que le había atendido ese aciago fin de semana unos meses atrás. Su rostro debió ofrecer una expresión muy evidente, porque desde la mesa le indicaron, con un leve gesto, que entregara el premio. Y así lo hizo, no sin cierta torpeza. Al entregar la placa a la ganadora, notó el tacto, por segunda vez, de aquellas manos sedosas. Ainhoa, para no descubrir lo que estaba sucediendo allí, le dio dos besos de agradecimiento y, mientras la gente apagaba el silencio con sus vítores y aplausos, se acercó a su cara y le susurró un breve mensaje al oído.
-Tal vez en otro momento…Esteban-


Jimul; el Calavera.

Letras revoltosas

Letras revoltosas

Cuentecito.

Un día todas las letras idearon elegir reina y pensaron en la A, porque era la primera del alfabeto y poseía linajudo porte.
Pero la I se reveló arguyendo que ella, desde su nacimiento, había llevado corona; como designio habría de ser.
—Eso no es una corona es un tupé —dijo la S, retorciéndose de risa.
La Ñ indicó que ella también llevaba diadema y mucho más vistosa, corona que, aun siendo minúscula jamás extraviaba, no como la fatua I que se crecía y la dejaba caer.

Cuando todas discutían acaloradas, oyeron que la Z dormía a pierna suelta, zzzzzzz—¡Por algo siempre va a la zaga!— comentó enfurruñada la G.
La B votó por la A, pensando que ella era la sucesiva en el trono, asimismo hicieron la C, D, E y F, que razonaron que no hay dos sin seis.
La G, nominó en blanco y la H, como es muda, gritó y vociferó sin resultado; nadie la oyó.
La J, dicharachera, bailaba sin parar y no votó. La K, L, M, N y Ñ, revelaron que eran antimonárquicas y la O, jugando al aro, se fue rodando, acompañada de la I, que le servía de impulso.
La P, Q, R y S eligieron el régimen republicano; —Todas para una y una para todas —expresaron solemnes.
La T sólo decía que ella, además de letra, era una refinada infusión y que se sentía cual dama británica.— El té a las cinco, siempre a las cinco —repetía pomposa.
La U, V, W, X e Y, insurrectas, clamaban en una pancarta “LAS ÚLTIMAS SERÁN LAS PRIMERAS”, causando auténtica ira a la A, que fue hipnotizada por la magnetizadora S para lograr instalarla en el letrero.

Al final no hubo mayoría de votos para ninguna, como tendría que haber sido. Así que se decidió por unanimidad seguir siendo independientes, idealistas y soñadoras.

—Sólo la mano del escribiente puede hacernos reinas —opinaron todas con buen criterio.

Y poniéndose en orden alfabético, inmóviles y conformes, dejaron que la mano de los escritores las eligieran a ellas, creando así las palabras necesarias para sus escritos.

3 cuentos breves: Bestiario 2

3 cuentos breves: Bestiario 2

ALTERACIÓN INTELIGENTE.

Estoy aterrada; me estoy volviendo extraña, anómala... estoy cambiando. Sufro unas raras transformaciones que perturban mi cuerpo y la esencia innata en mí.

Empieza con convulsiones y asfixias para, de súbito, comenzar a caérseme el pelo en grandes guedejas hasta que mi piel queda lisa y desnuda; cerínea y grotesca... Mi metamorfosis continúa cuando experimento unas sacudidas espantosas, mis huesos crujen y mi pellejo se dilata. De inmediato, se prolongan mis extremidades y mis dedos, sobre todo los de mis patas delanteras, que adquieren un aspecto oblongo.
Espontáneamente, de mi pecho comienzan a brotar dos protuberancias insólitas. En ese momento me yergo sobre mis patas de atrás y puedo andar sobre ellas sin tener que usar las delanteras, mi hocico se achata, mis ojos se tornan distintos, mi nariz se aplasta y ya no puedo olfatear tan sutilmente cómo antes.

Para entonces ya la manada se ha alejado de mí, todos me temen; ventean el aire percibiendo que voy a cambiar y huyen.

Así transmutada, experimento un sentimiento extraño del que sólo puedo recordar que me siento afectiva y perspicaz, desparecen mis ansias de cazar animales para comer y arrancó frutos de los árboles que saboreo con deleite; nunca una loba había hecho eso antes.

En este insólito estado, soy igual a esos seres que aparecen de vez en cuando por el monte...

ARRULLOS REGIOS.

—El monstruo tenía tres cabezas con sus respectivas narices por donde surgían llamas de fuego de gran largura y cuando yo trataba de acercarme, la bestia arremetía frenética ansiando chamuscarme, pero cómo bien sabéis, soy valeroso y no me desalenté sino que cuanto más arremetía ella más me lanzaba yo y, a Dios gracias, en una de esas acometidas pude con mi acero cercenarle una de sus cabezas que cayó al suelo atestada de un líquido viscoso de color amarillento. El monstruo rugía de dolor armando un estruendo tan espantoso que hasta la tierra temblaba.
Sí mi señor, fue atroz, pero logré cortarle la cabeza solazándome de ello hasta que advertí que, por donde antes tenía la cabeza y que sólo era un muñón mucoso, principiaba a salir otro apéndice que era otra cabeza aún más gigantesca y quedé paralizado de estupor, no ya de miedo, que como vos sabéis soy caballero animoso, pero esto era inaudito mi señor.
Y eso fue sólo el principio pues mientras más yo cercenaba, más ella se multiplicaba y ora le cortaba la cabeza ora emergía otra y si le amputaba una pata al instante salía otra... hasta que se convirtió en un engendro de veinte cabezas, treinta y dos patas, siete colas y...
—Teobaldo, mañana continuáis narrándome el cuento... tengo sueño, tapadme bien. ¡Y aprendeos otra fábula más emocionante y donde vos no seáis el héroe que me aburro soberanamente!
—Sí mi rey, que descanséis.

DUFNI, EL GNOMO.

Le vi por vez primera aquel día sereno del mes de abril en mi jardín.

Me hallaba agasajando a mis hermosos rosales cuando súbitamente, sobre una hoja de hortensia le descubrí. Era tan diminuto que pensé que se trataba de algún animalillo pero le oí perfectamente.

—Hola, me llamo Dufni — enunció con voz picuda.

Me sorprendió y asustada estuve a punto de caerme, él se echo a reír— ji,ji,ji,ji...— su risa resultaba estridente para un ser tan pequeño.

—¿Qué eres? —pregunté estupefacta.

—Un gnomo, ¿es que no lo ves?

—Pero... ¿existen los gnomos?

—¡Qué preguntita más tonta! —exclamó él— te está hablando uno. Mírame, soy verde, enano, orejas puntiagudas, rabo largo...

—Eres un gnomo—expuse convencida.

Desde entonces, hace ya algún tiempo, Dufni y yo somos inseparables; él me obsequia con piedras y gemas preciosas que recoge de las profundidades de la tierra y a cambio sólo exige mi compañía, yo, agradecida, le deleito con mis magníficos encantos. Dice que me quiere y me siento halagada por ello. Sólo espero que su amor no sea el de un enamorado porque, ¡qué extraña pareja haría un gnomo y un hada!

4 cuentos breves: bestiario

4 cuentos breves: bestiario

EL SEÑUELO

Lo mismo que Orfeo le amansó con su música y Hércules le sometió con su fuerza, yo, Demetrio, hijo en vida del pecado y condenado al fuego eterno después de muerto, también le vencí.

A Cancerbero engañé; a la terrible bestia guardián del averno, de tres cabezas con fauces de dientes infectos, lomo repleto de serpientes y cola de dragón.

Así fue y así lo cuento: Después de mi muerte continué por un tiempo en la tierra de los vivos, oportunidad que me dieron de enmendar mis culpas cometidas en vida, y mientras mi carne se corrompía y sólo mi osamenta pelada quedaba, pude cavilar sobre mi futuro. Sabiendo que el infierno me esperaba sin remedio —pues no supe reparar mi pecaminoso espíritu—, y recordando que su guardián era Cancerbero, usurpé mi peroné. Sí, mi peroné mondo y lirondo me llevé a las tinieblas, oculto bajo mi capa.
Crucé en la barca de Caronte la laguna de Estigia y llegué al averno guardado por la bestia.
Y allí me hallé, penando, hasta que en un descuido del demonio custodio escapé hasta la salida y llamando con un silbido al Perro le arrojé el peroné.
El monstruo me miró furibundo y comenzó abriendo sus fauces amenazadoras..., mas el hueso era gran tentación y relegándome se abalanzó sobre él pudiendo yo escapar del abismo.
Comprobé que, tal cómo planeé, los genes se habían impuesto.

BESTIA AMADA

La lluvia caía a raudales; por los cristales de mi ventana el agua descendía abundante y de improviso se manifestó.
Era el Hombre de Agua; se formaba y deformaba a voluntad y ora aparecía cómo una bestia gigantesca con forma humana toda de agua y al instante se disolvía y era tan sólo catarata en los cristales.
Después de eso ha permanecido conmigo y cada día puedo percibirle. Cuándo me baño, él recorre mi cuerpo con miles de dedos invisibles y líquidos.
En mi bañera paso las horas sumida en un profundo éxtasis mientras él me envuelve con su cuerpo amorfo y fluido. Sus caricias son tenues y delicadas, como las del amante perfecto.

LA TIERNA BESTIA.

Le colocó la cabeza de cocodrilo, acopló la mitad del cuerpo de una pantera y la parte posterior de anaconda; las extremidades, de buitre, fueron encajadas magistralmente en la inaudita morfología. Le concedió las alas de un cóndor y aplicó escamas en toda su piel. Los ojos fueron propiedad de un chacal y por su boca dispuso que brotase fuego.

Pero la bestia no andaba, no respiraba, no existía, le faltaba un corazón.

Después de mucho buscar concluyó que sólo un corazón podría conseguir, el de la mascota de su hijita, un buen perro de nombre “Agrado” y a quien la niña adoraba.

Implantado el órgano vital, la bestia de aspecto sanguinario y repelente, empezó a respirar y a caminar mientras agitaba sus alas con gran ruido. Su creador quedó satisfecho y orgulloso de su atroz belleza, idónea para sus terribles planes.

Pero a una llamada de su hija el monstruo salió corriendo y sin obedecer a su creador que le ordenaba permanecer con él, se reunió con la niña. Ella le acarició el hocico y la bestia, toda corazón, lamió su mano con afecto.

EN EL DESIERTO.


“Cuentan los nativos que hay un monstruo en el desierto.
Tiene el cuerpo cilíndrico y anillado y se mueve por las dunas dejando huellas curvilíneas gigantescas. Habita en las profundidades y exclusivamente se alimenta de arena; vive desde hace siglos y seguirá existiendo por mucho tiempo.
Los tuaregs explican que cuando sale al exterior es para avisar de algún peligro inminente y virulento. Tal es así que la última vez que salió a la superficie se levantó una tormenta de arena tan descomunal que muchos nómadas sucumbieron sepultados bajo ella.
Cuentan que posee una cara translúcida constituida de arenisca y unos ojos de fuego que relucen cómo ascuas.
Hace una semana, dicen, hubo indicios de que la bestia aparecerá pronto y por eso estoy aquí, en mitad del desierto bajo una endeble tienda, abrasado de día y helado de frío por las noches. La verdad, sería irracional pensar que existe tal engendro, pero mi trabajo me obliga a... ¿qué ha sido eso?”

—Esta grabación la encontramos en la destrozada tienda del profesor Don Félix Carmona. Nada sabemos de él y sus colaboradores. Únicamente constar que descubrimos unas espirales profundas y extensas en los arenales y... fragmentos de carne humana, por lo que deducimos que Don Félix estaba equivocado: Existe la bestia, que no solamente emerge para advertir de cataclismos y lo peor... no sólo se alimenta de arena.

3 cuentos breves: Bestiario

3 cuentos breves: Bestiario

DE ALGAS Y FRENESÍES

Miles de corales, medusas y estrellas de mar sacuden pertinaces mi mente, pero juro que no estoy loco. Mi nombre es Mauricio y fui pescador.

Fue en un día claro y sereno; la mar azul me convocaba, como cada jornada, para ofrecerme sus criaturas. Subido a mi barca, con el soplo fresco de la mañana, salí mar adentro.

Comencé a escuchar la melodía apenas unas millas de la costa; era un canto seductor, atrayente que me llevó hacía su posición veloz y febril.
Y allí estaba ella, flotando sobre las aguas; pelo largo de color verdemar, ojos glaucos y tez cerúlea. Ella, con su cola de pez deslumbrante y verdusca, del mismo tono que el de las algas.

Su hechizo de sirena me cautivó y me tiré a la mar para seguirla. Me llevó a un arrecife de corales multicolores; yo me sentía pez, no necesitaba aire, respiraba perfectamente y la sensación era magnífica.

Ella sonreía, mientras, en una concavidad de arena rubia se quedó fluctuando. Yo, cómo un pez, esperaba ansioso a que desovase y ella, conocedora de mis ímpetus, puso numerosos huevos que quedaron posados en el lecho marino. Cuando terminó se alejó un poco y yo, frenético, me situé encima y esparcí mi semen sobre la puesta; experimenté el placer más sublime jamás imaginado siquiera.

Quizá sea un delirio de viejo pero... no dejo de pensar en cómo serán mis hijos marinos.

SOMBRAS Y HECHIZOS


Cuenta la leyenda que se convertía en lechuza por las noches.
Inés de Moncada; bella hija del conde de Moncada, hidalgo caballero del señorío de Castilla.

Acaso víctima de algún embrujo o quizá por ser hija de hechicera, Inés, transformada en lechuza albina, recorría volando los bosques del feudo.

Se decía que todo viajero que se encontraba con el ave rapaz era atraído por sus ojos redondos y ambarinos y quedando exangües y abatidos se convertían en víctimas de la lechuza, que les devoraba las entrañas.

Pero, enamorándose del hijo del marqués, quiso Inés que su maleficio acabase. Se encerró en un convento y cuando sus manos intentaban tornarse en garras ella se flagelaba, atajando la tremenda metamorfosis. Y cuando sus hermosos labios principiaban a convertirse en corvo pico, se laceraba consiguiendo que la mutación parase. Y si unos plumones blancos empezaban a brotar en su fina piel, se torturaba logrando que no se alterara su cuerpo humano.

Largo tiempo después logró su propósito de ser una mujer normal y casó con su amado.

En la noche de bodas el esposo despertó al alba. Otra vez la terrible mutación se producía.
Transmutado en chacal no pudo reprimir sus impulsos sanguinarios; a dentelladas despedazó a la novia.

LA LLAMADA DE LA ARPÍA

Aconteció hace dos años, un mes y un día.

Mi adepto y aliado en batallas y correrías y al que, desde hacía tiempo apreciaba esquivo y triste, me refirió su infortunio una tarde que vino a verme abatido y astroso.

Me participó, entre lamentos y sollozos, que estaba hechizado por una arpía.

Una arpía es un ser con cabeza y torso de mujer, posee alas, enmarañadas greñas y dientes mugrientos. La parte inferior de su cuerpo es de buitre. Habita antros inmundos en los que, ni el humilde ratoncillo de campo osa entrar a causa del hedor y la putrefacción que reinan en ellos y su risa es escalofriante.

—Pero su canción es mágica e irresistible —expuso mi amigo—, por las noches me llama con su canto y yo acudo sin dilación a su guarida; allí, sumiso, acato todas sus órdenes pues no puedo escapar de su maleficio a pesar de que se refocila humillándome y lastimándome. Al alba me deja ir y regreso a mi morada ultrajado; ansiando ser difunto antes que el despojo en que me percibo.

Después de escuchar su desgracia, discurrí —Bestia tan inmunda jamás podrá embrujarme— y fui aquella misma noche a su cueva provisto de ballesta y espada y dispuesto a libertar al infortunado.

Al presente —y desde hace dos años, un mes y un día—, al llegar el albor, mi amigo y yo retornamos a nuestras casas, doloridos y atormentados.