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El andurrial de Espuma

Bienvenidos a todos los que quieran darse un baño de burbujas literarias.

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¿Quieren saber el desenlace?

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Si alguien, de los pocos que vienen a visitarme, quieren saber cómo acaba la historia rimada de los amoríos de Don Juan y Gabino, pues nada más tienen que dejarme un comentario abajo, si no me dejan comentarios, imagino que a nadie interesará el desenlace de la historia rimada de estos pimpollos medievales.

¿Dejo las peripecias de estos dos semejantes sin terminar, ya que no interesa ni al gato,  o la acabo? 

Dudas... Indeciso 

 

 

 

 

Los ardores de don Juan (2ª parte)

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Gabino promulga airoso

que Don Juan será su amante,

candidato y demandante

de su cuerpo donairoso;

bucles de oro brillante,

boca grana, insinuante,

ojos de un verde precioso

como el mar perseverante,

talle de ánade elegante

como el cisne primoroso,

piel fina como el diamante,

nívea, clara y deslumbrante;

—¡Don Juan será venturoso!

Gabi enuncia rimbombante,

ideando que el lindante

notará que es hacendoso.

Se emperifolla tunante

con atuendo de volante,

de tul y encaje precioso,

gasas de grácil talante,

y plumaje extravagante

de algún pájaro curioso,

y se perfuma abundante,

con una esencia incitante

de flor de loto oloroso.

Luego lozano y flamante,

pródigo y exuberante,

con meneo lujurioso,

se dirige al colindante

anhelando estar delante

de su Don Juan valeroso.

 

Sigue...

28/04/2015 12:21 e1s2p3 Enlace permanente. Espuma medieval No hay comentarios. Comentar.


Los ardores de don Juan (1ª parte)

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Allá en la ciudad de Trento

don Juan clamaba sin tino

quejando que su vecino,

aunque con barba y talento,

no era nada masculino.

Ll amábase éste, Gabino,

y su rostro era un evento

suave, nacarado y fino

como la flor del camino

o el pimpollo del sarmiento;

decía Don Juan, felino,

ora crespo, ora mohíno,

que su cercano y atento,

tenía, del ave, el trino,

melodioso y paulatino;

mas, su ira y descontento,

era porque el tal Gabino,

cual extasiado pollino,

le hacía lisonja lento

con talante femenino,

cual dama de alto tocino;

y le lanzaba con tiento

besos de miel, y el ladino,

le hablaba con desatino

de amor y enardecimiento

y de albures del destino,

enunciando que su sino,

su energía y su sustento,

era él , don Juan Merino,

gentil ,valiente y ...¡divino!

¡El gran hidalgo de Trento!

 

 

Sigue... 

28/04/2015 12:15 e1s2p3 Enlace permanente. Espuma medieval No hay comentarios. Comentar.

Última carta a Clotilde

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Querida  amiga Clotilde:

Como cada mes, te escribo una carta y esta misiva, amiga mía, será la última que te redacto.

Ya sabes, apreciada compañera, que mi vida no ha sido lo que se dice un mar de alegrías, — ¡quién lo sabrá mejor que tú!—, y que escribirte me reconforta el ánimo; es por ello que lo he hecho muchos años.

Pero ahora todo ha cambiado y ya no necesito exponerte, nunca más, mis congojas. Te cuento.

Hace apenas dos semanas ha llegado al pueblo un hombre; su nombre es Luis.

Luis es amable, cariñoso y simpático. Ha venido a casa para pedir trabajo, —sabes que aquí, en la granja, el trabajo es mucho—, así que Jorge, mi esposo, le dio faena y no una labor cualquiera sino todas las más bajas, las peores. Limpiar los cobertizos y las pocilgas de los cerdos, asear a los caballos, arar el campo, traer leña, sembrar el grano..., no puede pararse un minuto pues es tanto el ajetreo que tiene que, únicamente por la noche, puede acomodarse en el porche a tomar un poco el fresco.

Sin embargo, Luis no se queja, al contrario, nunca se le ve fastidiado o irritable. Es pura gentileza, todo amabilidad.

El martes pasado Luis y yo nos encontramos en el soportal, —Jorge no estaba pues había ido a la ciudad a comprar cebada para la siembra y a vender dos mulas; no vendría en dos días—, Luis me invitó a sentarme con él y yo, deseándolo, hice caso a su requerimiento.

Hablamos. Hablamos tanto y de tantas cosas sensibles al alma que me enamoré como una loca de él. Dirás, ¿cómo es posible que una señora casada desde hace treinta años y con la elevada edad de cincuenta y seis años pueda enamorarse, así, a modo de una párvula, y además en una noche?


Tengo que contestarte que sí. Estoy cuerdamente enamorada, como jamás pensé estarlo. Nunca creí que existiera el amor, ese amor que todas soñamos en que la ilusión y la excitación por ver al ser amado es primordial, esencial, en que te sientes la reina del mundo y todo fluye alrededor de ese amor.

Queridísima Clotilde, me siento tan feliz, tan radiante, que no me importa nada de lo demás; no me importa Jorge, ni mi madre, ni mis suegros... no me interesa lo que dirá la gente. Por una vez en mi vida sólo importo yo. Porque soy yo la elegida, yo la amada y sobre todo YO, la que amo ¿Tienes idea de lo que eso significa?

No, casi nadie entendería la grandeza que tiene lo que te estoy contando, lo sé. Tanto yo como la mayoría de las mujeres que hemos amado —¿amado?— a nuestros hombres porque con ellos nos casamos, porque casarse era lo natural en aquellos tiempos y si un hombre, —que nos gustara un poco—, nos distinguía como esposa, nos sentíamos contentas. Ya era una satisfacción ¡Qué ilusas!

El amor es otra cosa; es como si alcanzaras el cielo con los labios. Como si no existiera la edad, ni la gente que te rodea, como si el tiempo no importara; sólo el hombre que quieres y una misma.

El tiempo. Ahora transpone ligero; me parece que no lo aprovecho todo, que se me va de las manos como el agua. Pero no importa; preferiría vivir un solo segundo de este tiempo que cien años del anterior. Así amo.

Así amo, querida Clotilde.

Me iré con Luis, lejos, muy lejos; los dos nos amamos inmensamente. Creo que es como si su alma y la mía hubiesen estado buscándose durante años, durante siglos quizá, encontrándose por fin, uniéndose, como se unen el cielo y el mar en el horizonte o... más intensamente aún, como cuando el óvulo y el espermatozoide se encuentran e, incapaces de resistir la magnificencia que significa originar una vida, se fusionan el uno en el otro; así se han fundido nuestras almas, para comenzar a existir, a descubrir la intensidad del amor.

Voy a vivir este amor al máximo. No me importa morir después, lo juro, no me importa.


Te manifiesto que ésta será mi última carta porque no quiero desperdiciar ni un minuto sin estar amando. Porque ya no te necesito. Mi pensamiento te evocará alguna vez amiga, tal como el consuelo que fuiste, de un lejano y marchito tiempo, pero mi corazón ahora tiene alas y corre en pos del amor. No puedo, ni quiero —por nada del mundo— sujetarlo.

Adiós compañera. Ahora puedo irme y olvidarte.

No siento pena por abandonarte.

Al fin y al cabo sólo eres una bruma de mi imaginación; la amiga cómplice e inventada que alivió el alma de una mujer triste y sola.

 

Pondré esta carta junto a las otras, ¡tantos años, tantas cartas!, y esta vez... esta vez, amiga mía, las quemaré por fin.

Adiós, para siempre, Clotilde.

 

Candelaria.

De insólitas reencarnaciones

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-“Avanzaba, bastante exhausto, por el desierto, el sol apretaba con saña y el calor era insufrible.

Mi propietario, un tuareg de mediana edad, estaba aún peor que yo, abatido y extenuado iba arrellanado sobre mí casi sin fuerza ni para mirar.

Sabía que debía alcanzar el oasis pero mi paso era cansino y mi mente torpe y sin el amo que dispusiera yo era incapaz de discernir.

De pronto y sin siquiera darme cuenta caí de rodillas sobre la arena ardiente y supe que nunca más me levantaría.

Mi amo cayó rodando por las dunas y cuando llegó al fondo ya no se movió.

Todo había terminado; ya no podría alzarme y correr por el desierto, ni podría bramar llamando a mi pareja. Ya mis iguales no volverían a retozar y corretear detrás de mí.

El calor era cada vez más opresivo, no puedo decir los grados porque yo entonces no tenía pensamiento inteligente.

Cerré los ojos, un instante después caí sobre la incandescente arena y mi vida concluyó.

Eso fue creo, hace unos mil años, siglo más, siglo menos, y era mi segunda reencarnación. En la primera fui un pingüino.

En la vida que te he descrito, como ya habrás averiguado, yo era un hermoso camello.

Creo que lo que me perjudicó es haber nacido en la reencarnación anterior en un país glacial y pasar luego a uno abrasador ¿no crees?”

Muuuuu!

-Me complace charlar con seres entendidos en la materia...

De labias y embelecos

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—¡Tengo filtros para enamorar y vasijas henchidas de céfiros de lejanas tierras que quitan las aflicciones del alma!  ¡Recipientes repletos de suspiros de sirenas que inflaman los corazones y  pedúnculos de duendes dorados que fortalecen los testes de los varones y complacen el entusiasmo de las féminas!
¡Elixires de juventud que devuelven el vigor a los ancianos y ungüentos de belleza, elaborados por las hadas del bosque prodigioso, que conceden la hermosura más sublime!
  Mientras el mercader vociferaba atrayendo a numerosa gente, una primorosa dama acompañada de dos sirvientes se acercó.

  — Mi mayor gratitud, mercader —dijo— porque gracias a vuestros brebajes yo he enamorado a mis cinco esposos y más  tarde, extintos ellos, he aplacado el dolor de la pérdida con los céfiros que vendéis, puesto que mi pena fue enorme. ¡Ellos  supieron hacerme tan feliz, gracias a vuestros pedúnculos de duendes!

 La dama suspiró con delicadeza y siguió.

 —Sabréis que mis casi sesenta años son livianos como los nublos, gracias a vuestro elixir y mi piel lozana, lo cual sé bien que es debido a esos ungüentos de hadas...

Sin dejarla concluir la arenga, la muchedumbre se arrojó al tendal y los caudales pasaron raudos de las bolsas de los parroquianos a la faltriquera del mercader, mientras sus mercancías desaparecían como por ensalmo.

Al oscurecer, en el bosque, un carromato con proclama de ventas, recogía a una bellaca disfrazada de dama que lanzaba improperios. 

Embrujo de luz

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A Mari Luz le encantaba ir al claro del bosque cuando había plenilunio. Allí se ocultaba tras la floresta  para observar a las ninfas que danzaban. Ellas, ajenas a su mirada, reían jubilosas mientras de las alturas caían serpentinas de plata y sus cuerpos, albos como la espuma, centelleaban hermosísimos.

La realidad es que no eran ninfas sino gacelas de pelo claro, no danzaban sino que hacían cabriolas y sus risas eran sólo balidos. Pero Mari Luz, con su extraordinaria imaginación, podía ver lo que deseaba y transformar en su ensueño la luz del  astro que serpenteaba entre las hojas de los árboles, por argentinas cintas que caían del cielo.  Únicamente necesitaba la magia de la luna llena.

Amanecer o esperanza

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Yo, que vivo entre realidades

de tiempos fieros y cruentos,

¿Cómo creer en querubes

de manos acogedoras,

de albinas alas y faz de sol?

Yo, que existo viendo maldades,

niños enfermos, famélicos, tristes...

¿Cómo creer en un cielo

henchido de rosas y risas,

cuajado de miel y de aurora?

Yo, que he contemplado barbaries,

guerras feroces de hombres locos,

sangre, injusticias y dolor,

¿Cómo creer en nirvanas 

plenas de paz, amor y hermandad?

Yo, que he consentido en silencio,

abusos, atropellos, atentados...

¿Cómo creer en otra vida

donde sólo hay felicidad,

calor, color y  complacencia?

 

Yo, no creo en nada,

incrédula soy, pagana, impía...

Mas ¿cómo no tener esperanza

si cada día sale el sol,

pían los pájaros y brotan las flores?

 

 

El caballero

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 Repudié a mi difunto marido que fue déspota e infiel, dejé su tumba a los mohos y las hierbas y elegí el panteón de don Leocadio Peláez de la Torre; adorado por su esposa, reverenciado por sus hijos, querido por sus cientos de amigos, bienquisto por sus escasos contrarios, y enaltecido por todos.

Pero su sepulcro estaba descuidado y casi destruido y yo no podía quedarme impasible ante tal atrocidad. Reparé la sepultura y la invadí de flores, recé por su alma aun suponiendo que Leocadio habría de estar en el Paraíso y conversé con él de mi triste existencia en vida de mi esposo.

En las tardes de estío llevo el libro de su biografía hasta el cementerio, me siento sobre la lápida y, emocionada ante su portentosa vida, leo en voz alta para que, si pudiera oírme, sepa que todavía se recuerda su extraordinaria humanidad.

No importa que hayan pasado cuatrocientos setenta y cuatro años.

Inspiración

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Eleuterio es feo. Tiene una nariz larga y torcida, le faltan algunos dientes y posee orejas grandes y despegadas. La joroba que carga en su espalda, lo hace además grotesco, aunque quizá sea su mirada bizca lo peor de su anatomía, ya que parece que no te mira cuando le hablas, sino que sus ojos bamboleados van más allá de ti. Eleuterio camina torcido porque sus pequeñas y arqueadas piernas…”

— ¡Bueno, vale ya! ¿Cómo es que soy tan espantoso? ¡Ya estoy harto!

—Calla Eleuterio. Yo soy la escritora y te invento como me da la gana.

— ¡Pues no voy a permitirlo!   

— ¿Ah, no?

— ¡No!

 

Hum… “Eleuterio, además, de tener un físico terriblemente feo, es impertinente, difícil en el trato y…”

— ¿Impertinente? ¡Te aprovechas porque no puedo defenderme, si no ya verías!

“Sin embargo, lo peor de este engendro es que es un psicópata sin corazón; si pudiera sería capaz de matar… ”

— ¿De matar? No soy malo, no lo soy. Tú no podrás hacerme malo. ¡Traidora!

“Y no es sólo su fealdad, su impertinencia y su barbarie la que hace de Eleuterio un hombre terrible, es también díscolo y sedicioso…”

—Está bien, no me quejaré más… al menos, ¿tendré una mujer, una compañera?

“A Eleuterio le rehuyen las mujeres y esto acrecienta su odio, llegando a ser un violador en serie que…”

— Quiero morir, ¡mátame ya!

“Quizá a Eleuterio le habría gustado concluir su vida rápido, dado la aversión que causaba en este mundo cruel, pero no, el destino le tenía asegurada un larga existencia repleta de mortificaciones y tormentos”

 

Fin del capítulo número 852 de la cuarta novela  “La familia Melián” 

 

 

 

 





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