Feliz Navidad 2011

Otra navidad, pero los mismos deseos de siempre: salud, paz y armonía, para todos, aunque este año deberíamos agregar el trabajo, que el trabajo no nos falte a nadie.
Felicidades a todos.
El volcán del Hierro juega al escondite

Y ora aparece el burbujeo, y ora se esfuma. No sabemos en qué terminará todo esto, ese constante movimiento de la tierra, ese a veces ruido o crujido, ese volcán que no acaba de asomar, o quizá nunca lo haga. Lo que sí sé es que los herreños lo están viviendo con bastante nerviosismo, evacuados y vueltos a evacuar, esperando a ver qué pasará. Ojalá que sea un hermosísimo volcán, puede incluso que emerga un islote, eso depende de cuánto tarde y a qué profundidad está o llegue. Un volcán que haga regresar a los turistas y que El Hierro se recupere de todas estas pérdidas económicas de hoy. Pescadores sin faenas, restaurantes sin clientes, comercios cerrados... Esperemos que todo acabe bien y que tengamos otra islita para mirar y disfrutar. Le cuesta al volcán salir, es como un parto difícil y percibir esos dolores continúos que sufre la tierra de El Hierro es algo terrible: Que sea un alumbramiento feliz.
Portada de hoy de: Diario El Hierro

Portada de hoy: diario El Hierro
El Hierro tirita

Nuestra isla de El Hierro está temblando, tiembla débil, lánguidamente, pero eso sí, tirita mucho, llevamos más de 7.000 seísmos de pequeña intensidad desde julio hasta ahora. Unos dicen que quizá haya la posibilidad de la erupción de un volcán, otros dicen que no, que estos temblores son lógicos en islas volcánicas como son Las Canarias. El caso es que estalle o no un volcán, este enjambre sísmico no es normal, aunque tampoco alarmante, según los vulcanólogos.
El Hierro es una isla pequeña y preciosa, para ir a ella sólo a descansar y soñar, para respirar sin agobios y pescar o bucear en sus mares pródigos y limpios. Yo he estado en ella varias veces y me encantó. Tiene un pueblo marinero con restaurantes de pescado, encantadores, en ellos se hace la sopa de lapas sabrosísima. Tiene esta isla unos miradores contemplativos, es decir, que en ellos la paz es inmensa, sólo se oyen los pájaros y los insectos, todo lo demás es calma, entonces desde el mirador, cualquiera de ellos, contemplas los paisajes que parecen irreales por lo hermosamente serenos. Pareciera que estás mirando un cuadro, es algo que me emocionó mucho cuando lo disfruté. En El Hierro hay un árbol que se llama Garoé, era el árbol sagrado de los bimbaches, que son los antiguos aborígenes de El Hierro. Es un árbol “mágico”, destila agua a raudales y debajo de él, los bimbaches hacían una especie de poza para luego recoger el líquido que volcaban sus hojas. Los vientos alisios traían la bruma que producía lloviznas o incluso sólo rocíos débiles, las hojas del Garoé almacenaban esta agua, tanta agua, y luego la derramaban dadivosos a los nativos. Todavía queda al menos un Garoé en El Hierro.
El Hierro es el paraíso de la paz, es la isla del sosiego y la armonía. Allí los turistas van a holgar, a meditar, a respirar.
Como anécdota personal decir que una vez que fui a esta isla de vacaciones y encontrándome cerca del mar, al lado de unas hélices de lava hermosísimas , un turista alemán se acercó a mí y me dijo con palabras mal traducidas al español y bastante alborotado: “Tú tener isla muy, muy bonita, tu isla me hechizó, tú ser orgullosa de tener tanta belleza, tú debes dar gracias por vivir aquí” Bueno, yo le agradecí estas emocionadas palabras, sin aclararle que yo también estaba allí de vacaciones, que no era mi isla oriunda aunque sí una de mis islas. Pero tenía razón el germánico, realmente me sentía orgullosa de ella.
Y ahora palpita, El Hierro palpita sin parar, su corazón no cesa de latir y su tierra vibra, acaso ansiosa por mostrar al mundo su ardor. Si llega a ser así, que sea un magnífico volcán para que el mundo lo contemple, sin perjuicios a la población. Ojalá.
Doblessss

— ¡Mire, dos mujeres igualitas! ; las dos con sus vestidos azules y su pelo negro, ambas con sus tacones altos y unos enormes pendientes en las orejas. Gemelas —comenté fascinado por el gran parecido.
El camarero me contempló flemático mientras limpiaba un vaso con una servilleta.
—Creo que ya ha bebido bastante; váyase a casa, ande.
—¿Es que ya estoy viendo duplicado? ¡Si sólo me he tomado cuatro güisquis!
—Sí pero dobles, lo que hacen ocho –murmuró él– y tenga cuidado al salir no tropiece con la dama vestida de azul.
Considerando que tenía razón el barman, descendí del taburete y con sumo cuidado me deslicé entre las dos mujeres para lograr salir a la calle.
Garufo

Después de perder a su querido Rufo bajo las ruedas de un enloquecido camión, Emilio juró no poseer un perro nunca más. Y se compró un gato.
Pero su latente predisposición por los canes no le permitió tratar al minino como tal. Ataba al animal, al que llamó Garufo, de una cuerda y lo sacaba a pasear, obrando que el pobre bicho se retorciera frenético e incómodo ante esta actitud absurda, le arrojaba palos para que fuera a buscarlos, le ordenaba que le diera la patita... y cosas así de extrañas.
El felino, ante la insistencia tenaz de su dueño, al fin claudicó; quizá curtido por sus pertinaces enseñanzas o tal vez se acomodó a su destino perruno, el caso fue que aprendió a traerle los palos lanzados y a caminar atado, tan mundano como el más refinado perro. Lamía cariñoso la cara de su dueño, e incluso orinaba en los árboles del parque levantando la pata con garbo canino.
El día en que Garufo aprendió a balbucear su primer ladrido fue el día más feliz en la vida de Emilio. Exceptuando quizá aquella vez que Rufo, en silencio y muy absorto, leyó un cuentito del magnífico escritor Monterroso.
Sólo apto para damas (lo vuelvo a poner en especial para mi hermana)
Sólo apto para damas.
Cuentecillo picaresco medieval, rimado y festivo.—Este bicho me importuna, —quejóse doña Beatriz— ora se posa en mi cuello, ora vuela a mi nariz, pronta se pone en mis labios y más presta en mi cerviz.
—No os azoréis, señora —contestóle don Tomás— que yo acabo con la bestia en menos de un pestañeo. ¿Y mi espada?, no la veo...
—¿Bestia decís? —señaló ella pasmada— tan sólo es un insecto; impertinente y molesto, pero diminuto. Acaso vuestro ardor os engaña; no es ninguna alimaña.
—Pero punza con gran saña, lo mataré en un minuto —replicóle el varón, chinchoso— ¿Dónde está?
—¿Preguntáis por vuestro acero? —expuso la dama, mordaz.
—Mi espada ya la sostengo; por la mosca os inquiero —dijo él con fingida paz.
—La mosca se halla en mi busto, —indicóle Beatriz— recorre rauda mi escote; parece que le da gusto..., ¡ahora asciende al cogote!
—No la veo, mejor me arrimo... ¡Ah, qué susto! ¡Vaya lote! —bramó el hombre.
—¿Os da, una mosca, cerote? —preguntó ella, insidiosa.
—No es la mosca, no es el bicho... —tartamudeó él, mientras, pegado su rostro al pecho de la dama, babeaba, y refutóle— os he dicho.
Y la mosca, que se hallaba en uno de los senos de la mujer, alzó el vuelo y despareció por el postigo.
—Ya os digo —manifestó Beatriz entonces, guiñando un ojo a la asistencia— mañas y ardides no son solamente del demonio. Este año, amigas mías, yo cataré el matrimonio.
Y se baja el telón, entre risas femeniles. Se terminó la función.
Arrullando a los sentidos

Ayer estuvimos viendo, como tantas otras veces, una puesta de sol en el Lomo del Retamal, pero esta vez fue especial. Las Cañadas está colmada de flores, todo el aire es perfume. Las retamas, que florecen desde últimos de mayo hasta junio, aromatizan el aire de todo el perímetro, es increíble. Los tajinastes se yerguen hacia el cielo arrogantes y orgullosos, como sabiéndose magníficos, fastuosos.
En el Lomo del Retamal, la puesta de sol es como un canto a la naturaleza. El sol se va escondiendo detrás de La Gomera. El cielo se va tornando de colores, son tantos los colores, que pareciera que un ángel estuviese coloreando el horizonte sólo para que los humanos veamos la grandeza de Dios o de la Naturaleza. Rojo, naranja, amarillo, violeta, rosa… rayas y trazos como una tela enorme y listada.
Sentados, miramos extasiados el panorama, mientras nuestro olfato se embriagaba de aromas y nuestro oído se maravillaba con el sonido de la suave brisa, de los pájaros trasnochadores y de los insectos afanosos, que con tanta flor, tenían mucha tarea.
Nos acariciamos los brazos, como confabulándonos con el entorno, involucrándonos en la maravilla del ambiente. Y en ese momento me percaté: — Fíjate, hemos hecho complacerse a casi todos nuestros sentidos: vista, oído, olfato y tacto. El gusto, aunque no sea del paladar, es estar aquí contigo y lo que es más extraño, estar aquí conmigo misma.
El sol terminó su jornada. Pero aún quedaron en el cielo colorines que se tornaban cada vez más suaves, hasta que la noche se adueñó de todo. Entonces nos fuimos, callados, ebrios de hermosura, embaucados de naturaleza.
Hoy comienza otro día de trabajo y de estrés, de inquietud y desasosiego. Quizá la economía mejore o tal vez sigamos así tiempo. Esta es la vida real, aunque la otra sea la auténtica.
Cómo me gustaría quedarme atrapada para siempre en el espectáculo de ayer y encajarme en esa perspectiva como una pieza más del entorno, sin alterarlo, plácida y serenamente.
Así te imagino, Nofret

Así, tal cual veo esta imagen, tú y César, allá en un lugar maravilloso, no hay dolor, no hay tristeza, la felicidad y la alegría lo es todo. Tú, dichosa, jugando con tu palomo, todo luz y armonía. Así quiero imaginarte amiga mía.
Besos.
Monstruos rellenos de miel

Anteriormente a los fantasmas, brujas, duendes y otros espantos que aterrorizaban al mundo, existían los Gûakos que eran gigantes de aspecto feroz, greñas largas y ojos negros como la noche.
Se aparecían a la gente que andaba a deshoras por esos caminos de Dios, o del diablo, según se mire. Antes de mostrarse, una inmensa niebla llenaba el lugar para después, como caídos del cielo, o del infierno, según se vea, emerger a un palmo de la nariz del infortunado.
La cosa hasta aquí era normal o paranormal, según se considere, pero resultó que luego, los Gûakos, eran tan dulces como un confite y tan mansos como un borrico.
Lo descubrió un tal Orencio Pavia, que era hombre de pelo en pecho y no temía a nada de este mundo ni del otro y tuvo la desdicha o dicha, según se opine, de toparse con un Gûako.
Orencio miró sus fulgentes ojos pero no vio en ellos la maldad sino una inmensa codicia de mimos y ternura, así que sin pensarlo y mientras el gigante se quedaba empantanado delante de él, principió a acariciarle la pantorrilla, que era la zona que podía alcanzar. Eso bastó para que el jayán se deshiciera en lágrimas y, sentándose, dejó que el hombre lo cubriera de arrumacos.
El Señor de los Entes decidió entonces eliminarlos por considerar que eran seres terroríficos discordes al terror.
Se rumorea que quedan algunos Gûakos, ocultos y protegidos, por hallarse en peligro de extinción.























