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El andurrial de Espuma

Bienvenidos a todos los que quieran darse un baño de burbujas literarias.

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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Espuma de cuentos.

El caballero

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 Repudié a mi difunto marido que fue déspota e infiel, dejé su tumba a los mohos y las hierbas y elegí el panteón de don Leocadio Peláez de la Torre; adorado por su esposa, reverenciado por sus hijos, querido por sus cientos de amigos, bienquisto por sus escasos contrarios, y enaltecido por todos.

Pero su sepulcro estaba descuidado y casi destruido y yo no podía quedarme impasible ante tal atrocidad. Reparé la sepultura y la invadí de flores, recé por su alma aun suponiendo que Leocadio habría de estar en el Paraíso y conversé con él de mi triste existencia en vida de mi esposo.

En las tardes de estío llevo el libro de su biografía hasta el cementerio, me siento sobre la lápida y, emocionada ante su portentosa vida, leo en voz alta para que, si pudiera oírme, sepa que todavía se recuerda su extraordinaria humanidad.

No importa que hayan pasado cuatrocientos setenta y cuatro años.

Inspiración

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Eleuterio es feo. Tiene una nariz larga y torcida, le faltan algunos dientes y posee orejas grandes y despegadas. La joroba que carga en su espalda, lo hace además grotesco, aunque quizá sea su mirada bizca lo peor de su anatomía, ya que parece que no te mira cuando le hablas, sino que sus ojos bamboleados van más allá de ti. Eleuterio camina torcido porque sus pequeñas y arqueadas piernas…”

— ¡Bueno, vale ya! ¿Cómo es que soy tan espantoso? ¡Ya estoy harto!

—Calla Eleuterio. Yo soy la escritora y te invento como me da la gana.

— ¡Pues no voy a permitirlo!   

— ¿Ah, no?

— ¡No!

 

Hum… “Eleuterio, además, de tener un físico terriblemente feo, es impertinente, difícil en el trato y…”

— ¿Impertinente? ¡Te aprovechas porque no puedo defenderme, si no ya verías!

“Sin embargo, lo peor de este engendro es que es un psicópata sin corazón; si pudiera sería capaz de matar… ”

— ¿De matar? No soy malo, no lo soy. Tú no podrás hacerme malo. ¡Traidora!

“Y no es sólo su fealdad, su impertinencia y su barbarie la que hace de Eleuterio un hombre terrible, es también díscolo y sedicioso…”

—Está bien, no me quejaré más… al menos, ¿tendré una mujer, una compañera?

“A Eleuterio le rehuyen las mujeres y esto acrecienta su odio, llegando a ser un violador en serie que…”

— Quiero morir, ¡mátame ya!

“Quizá a Eleuterio le habría gustado concluir su vida rápido, dado la aversión que causaba en este mundo cruel, pero no, el destino le tenía asegurada un larga existencia repleta de mortificaciones y tormentos”

 

Fin del capítulo número 852 de la cuarta novela  “La familia Melián” 

 

 

 

 



Flora, la perrita

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      No me queda más remedio que revelárselo, él no lo sabe, ni siquiera lo imagina, pero tiene que saberlo y es mi obligación hacérselo saber, aunque... ¿qué pasará luego?, tal vez decida echarme y le perderé, quizá me perdone y se quede conmigo, a lo mejor me echará una bronca morrocotuda luego me de un beso y todos contentos...no sé, ¿qué hago? ¿Se lo cuento?...mejor no, he decidido que “ojos que no ven corazón que no siente”. Así no sufrirá... ni yo tampoco.

Pero cuando él llegó a casa supo enseguida que había pasado, el mal olor inundaba toda la vivienda y no le cupo duda, así que se dirigió a ella y le gritó.

 —¡¡¿Has vuelto a hacerlo? ¿Dónde? ¿Te has creído que esto es un retrete?!!

Y siguió gritando y vociferando mucho tiempo, ella había corrido rápidamente a refugiarse debajo de la cama. Cuando al fin a él se le pasó el enfado limpió la inmundicia y fue a buscarla, ella temblaba de miedo pero él la acarició y le dijo suavemente.

—Que no vuelva a suceder, ¿eh?, que no vuelva a suceder Flora.

Y la perrita desde entonces supo que aunque los ojos no vean, la nariz sí husmea y el corazón siente, ¡no veas como siente! ¡guau! Los refranes son muy discutibles— se dijo abriendo la boca con fastidio mientras se echaba a los pies de su clemente dueño.

La dávida

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Pedí a Orixá, la diosa del mar, que me concediera el don de la gnosis capaz de abrir mi clarividencia  para percibir si Rubén me amaba, porque yo maliciaba en sus palabras embustes y falsedad. 

A cambio le hice una ofrenda: en noche de plenilunio, a la tercera hora, atrapé en el Gran Lago Salobre, dos pequeñas sílfides  de cuerpos rosáceos y verdes que se agitaban sin parar, y se las llevé dentro de una vasija con agua hasta el mar. Allí se las devolví a Orixá, su verdadera dueña, como dueña es de todos los seres que habitan el lago usurpador.

La deidad entonces, me proporcionó una caracola tornasolada: la encontré al amanecer de ese mismo día, a la salida del sol, en la negra arena, irradiando visos y reflejos de luz. Cuando la pongo en mi oído no escucho el ruido del mar pero tampoco las mentiras de mi amor, sólo un profundo silencio que me alegra el corazón: mi amado me es fiel.

El sueño de una tarde de verano

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El bicho restriega sus patas delanteras, luego las traseras, da una vuelta sobre sí misma y observa la suculenta carne blanca que atesora el néctar alimenticio.

La mujer dormita en traje de baño, bajo el sol esplendoroso, sin percatarse de la mirada de  aquellos ojos múltiples.

El insecto está inmóvil, vigilando que la exquisita chicha no se mueva. Frota de nuevo sus patas delanteras, así como un comensal hambriento se fricciona las manos ante una apetitosa pitanza.  El estatismo de la mujer la induce a atacar y con un suave revoloteo alcanza el muslo, blanco y rechoncho. 

La mosca, sutil, se posa y hunde la trompa en las carnes buscando, ansiosa, la sangre caliente.

La mujer sueña; Manuel, su marido, le está diciendo que la deja, que se ha enamorado de otra y ella siente un punzante dolor en el corazón que, súbitamente, le baja hasta el muslo. Mira a Manuel y éste, sarcástico, le guiña un ojo, mientras le susurra que está gorda y manosea uno de sus muslos.

Ella siente desesperación por el  inminente abandono de su marido, y también percibe el dolor de las uñas de Manuel en su muslo. De rebato, su mano sale disparada a la zarpa infame que le hace daño y le lanza un monumental guantazo.

La mujer sigue durmiendo. Ahora sus visiones son más benignas; se agita y suspira con placidez.

La mosca, espachurrada, resalta como un lunar en la blancuzca piel.

Espíritus confusos (dedicado a mis queridas hermanas)

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— ¡Don Pedro! ¡Ay, que desgracia tan grande, don Pedro! Pasó otra vez, pasó de nuevo... luego dicen que no pero nosotros, mi marido y yo, lo vimos con nuestros propios ojos.

 

— Corina... perdona pero ya te dije que yo no creo en almas en pena.

— ¡Ah, no! Eso sí que no, que no me diga usted que no. Anoche lo vimos otra vez, mi Fermín y yo, lo vimos, don Pedro, y le juro por las cenizas de mi padre, que era un ánima del purgatorio.

— ¿Qué visteis exactamente?

— La luz. Esa luz otra vez en el techo. Aparece a las doce de la noche y dura un rato. Mi Fermín y yo no paramos de rezar, porque esa ánima seguro que anda en pena y quiere que le recen. Ya fui a casa del señor cura, para encargarle una misa y...

—Tranquilízate mujer, vamos a hacer una cosa; esta noche duermo yo en tu casa. Quiero ver de una vez un ánima y si tú aseguras que...

— ¡Ay, por Dios y la Virgen! ¡Qué cosas tiene usted don Pedro! No me vacile usted que esto es cosa seria, cosa del otro mundo.

—Si yo no me burlo, que ya te digo que a mis cincuenta y cuatro años, aún no he visto ningún espíritu, y mira que los he buscado, pero nada...

—Pues esta noche, le aseguro que va ver uno, ¡se lo juro! Si viene usted a mi casa y se acuesta en mi cama, porque mi Fermín y yo nos vamos a quedar en casa de mi madre. Que estas cosas del Más Allá son cosas oscuras y yo no quiero saber nada, ¡ay, qué desgracia tan grande!

 

 

 

 

 

La noche cae y don Pedro, entre excitado y jubiloso, se dirige a casa de Corina. ¡Acaso esta noche vea por fin un ánima!  ¡Anda que no había él buscado contemplar un fantasma o algo del otro mundo y nunca lo había logrado!

 

Sí, como aquella vez que iba caminando, una noche enlutada y fría cerca del cementerio, que por allí pasaba el camino que llevaba al pueblo. Caminando y silbando iba él, cuando de pronto un ruido — ¡ssshhh!—, le hizo parar en seco. El corazón le comenzó a latir con fuerza, no lo negaba, tan cerca del camposanto y en mitad de la noche...—¡ssshhhh!— ¡ Otra vez! ¿Alguien me está silbando? Había pensado inmediatamente que algún gracioso quería darle un susto, pero sin dejar de cavilar que un muerto le hacía señales.

¡Ssshhhh!

¿Otra vez? ¿Quién anda ahí?—había preguntado, algo nervioso...

¡Sssshhh!, —le habían contestado.

Observó el cementerio, oscuro, apenas visibles las sombras de los cipreses, y su vello se erizó espontáneamente. ¡Coño!— se dijo— es un espíritu que me está silbando. Tantas ganas le entraron de correr y alejarse de allí, por el pánico, como tantas ansias, su curiosidad morbosa, le insistía en averiguar que eran aquellos sonidos.

Y se acercó al camposanto, —¡Sssssshhh!—, parecía que el sonido era cada vez más nítido, más cercando —¡Sssssshhhh!—, sí, habría de ser un alma, atormentada por sus pecados... —¡Sssssshhhh!— Estaba cerca, muy cerca... ¡ Puñeta!, ¡Le había caído agua a la cara!, ¡Lo estaban mojando!

Y entonces supo que era aquel sssshhh...

¡ Sssshhhhh!—sonó otra vez— ¡ Jesús! ¡Era sólo una tubería de agua; el acople de una tubería que estaba un poco desencajada!

 

 

 

Don Pedro, estaba ya llegando a casa de Corina, mientras sonreía recordando el incidente de la dichosa tubería y su terror... en verdad, que nunca había podido comprobar que existían los espíritus, por ello, no creía en los espíritus.

 

— Entre, don Pedro, entre —le dijo doña Corina, semioculta detrás de la puerta. Mejor que nadie se enterara de todo aquel trastorno, preferible que la gente no andara metiendo sus narices.

 

— ¿Dónde está tu cuarto?

 

— ¡Ay, Don Pedro, es aquel del fondo! Yo no entro, mi Fermín está cenando, ahora viene.

 

— Bueno... pero me habéis de decir dónde sale esa luz. Ya van a ser las doce.

 

— ¡Fermín! ¡Ven acá que ya llegó don Pedro!

 

Ahí aparece Fermín, la cara pálida, el caminar vacilante.

 

— Pero, hombre, ¿cómo tienes tanto miedo?

 

— Don Pedro, le aseguro que ahí dentro hay un ánima.

 

—Bien... ya abro la puerta.

 

— ¡Cuidado!

 

— ¡Coño, me estáis asustando! ¿Dónde es que aparece la luz?

 

—Allí en el techo... espere un poco, ya la verá.

 

 

Minutos pasan que parecen siglos.

 

—Pues yo no veo nada.

 

—Espere, espere... ¡Mírela! ¡Mírela en el techo! ¡Ay, san Policarpo bendito, ampáranos! —aúlla Corina santiguándose.

 

¡Coño! Pues es verdad que hay una luz, mortecina y permanente... ¿qué...?

 

— ¡Ay, qué ánima atormentada será esa luz! ¿Qué quieres ánima bendita?, ¿Misas? ¿Rezos?

 

— Cállate Corina, que me estás poniendo nervioso...

 

 

El piso, la luz sale del piso... el piso es de tablas, que están ya muy viejas y con agujeros por aquí y por allá.

 

Don Pedro, tapa con su pie el agujero por donde sale la luz.

 

— ¿Veis ahora la luz? —comenta burlón.

 

— Ahora no... —balbucea Corina.

 

Don Pedro quita el pie y la luz se refleja de nuevo en el techo.

 

— ¿Y ahora?—pregunta.

 

— ¡Ahora sí! —grita la mujer mientras el marido, desencajado, no dice palabra.

 

— ¿Quién duerme abajo, Corina?

 

— ¿En el sótano?, mis chicos.

 

—Diles que apaguen el quinqué y ya no veréis al ánima esa... ¡coño!

 

Y don Pedro sale del cuarto; rabioso, defraudado ¡Otra vez fue sólo una ilusión! ¿Cuándo diantre iba él a ver un espíritu?

— ¡Si no existen los espíritus, carajo! —se recriminó enseguida, indignado ante su obstinación de aspirar a conocer algo imposible.

 

 Fin

 

Nota: esta historia es real, se han cambiado algunos nombres para no molestar a ninguno de los protagonistas. 

Este relato va dedicado a mis hermanas, que seguro recordarán cuando nuestro padre nos lo contaba, hace ya tantos años, y sin embargo parece tan cercano al mismo tiempo. Con esta historia quiero hacerlas sonreír, por aquellos tiempos de la infancia y juventud, que ahora nos parecen tan felices como inalcanzables, tan nostálgicos como placentero es recordarlo.

Un beso. 

 

 

 

Dori 

Doblessss

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— ¡Mire, dos mujeres igualitas! ; las dos con sus vestidos azules y su pelo negro, ambas con sus tacones altos y unos enormes pendientes en las orejas. Gemelas —comenté fascinado por el gran parecido.

El camarero me contempló flemático mientras limpiaba un vaso con una servilleta.

—Creo que ya ha bebido bastante; váyase a casa, ande.
—¿Es que ya estoy viendo duplicado? ¡Si sólo me he tomado cuatro güisquis!

—Sí pero dobles, lo que hacen ocho –murmuró él– y tenga cuidado al salir no tropiece con la dama vestida de azul.

Considerando que tenía razón el barman, descendí del taburete y con sumo cuidado me deslicé entre las dos mujeres para lograr salir a la calle.

Garufo

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Después de perder a su querido Rufo bajo las ruedas de un enloquecido camión, Emilio juró no poseer un perro nunca más. Y se compró un gato.

Pero su latente predisposición por los canes no le permitió tratar al minino como tal. Ataba al animal, al que llamó Garufo, de una cuerda y lo sacaba a pasear, obrando que el pobre bicho se retorciera frenético e incómodo ante esta actitud absurda, le arrojaba palos para que fuera a buscarlos, le ordenaba que le diera la patita... y cosas así de extrañas.

El felino, ante la insistencia tenaz de su dueño, al fin claudicó; quizá curtido por sus pertinaces enseñanzas o tal vez se acomodó a su destino perruno, el caso fue que aprendió a traerle los palos lanzados y a caminar atado, tan mundano como el más refinado perro. Lamía cariñoso la cara de su dueño, e incluso orinaba en los árboles del parque levantando la pata con garbo canino.

El día en que Garufo aprendió a balbucear su primer ladrido fue el día más feliz en la vida de Emilio. Exceptuando quizá aquella vez que Rufo, en silencio y muy absorto, leyó un cuentito del magnífico escritor Monterroso.

Monstruos rellenos de miel

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Anteriormente a los fantasmas, brujas, duendes y otros espantos que aterrorizaban al mundo, existían los Gûakos que eran gigantes de aspecto feroz, greñas largas y ojos negros como la noche.

Se aparecían a la gente que andaba a deshoras por esos caminos de Dios, o del diablo, según se mire. Antes de mostrarse, una inmensa niebla llenaba el lugar para después, como caídos del cielo, o del infierno, según se vea, emerger a un palmo de la nariz del infortunado.

La cosa hasta aquí era normal o paranormal, según se considere, pero resultó que luego, los Gûakos, eran tan dulces como un confite y tan mansos como un borrico.

Lo descubrió un tal Orencio Pavia, que era hombre de pelo en pecho y no temía a nada de este mundo ni del otro y tuvo la desdicha o dicha, según se opine, de toparse con un Gûako.

Orencio miró sus fulgentes ojos pero no vio en ellos la maldad sino una inmensa codicia de mimos y ternura, así que sin pensarlo y mientras el gigante se quedaba empantanado delante de él, principió a acariciarle la pantorrilla, que era la zona que podía alcanzar. Eso bastó para que el jayán se deshiciera en lágrimas y, sentándose, dejó que el hombre lo cubriera de arrumacos. 

El Señor de los Entes decidió entonces eliminarlos por considerar que eran seres terroríficos discordes al terror.

Se rumorea que quedan algunos Gûakos, ocultos y protegidos, por hallarse en peligro de extinción.

 

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Desilusión

Se deshace el sentimiento

como en el agua el papel ;

Pena, déjala un momento

que no piense en el infiel

y que tenga de escarmiento

no confiar jamás ya en él.

Ensueño

Ven aquí, cuéntame un cuento

que no tenga olor a hiel:

Con peine fino de argento

la niña del coronel,

peina las crines al viento

de su arisnegro corcel.

Hay luz en el firmamento

y  por la mar va un bajel

míralo niña, con tiento,

y verás al timonel.

La ilusión, no me lo invento,

sabe a ambrosía de miel,

huele a  viña y a sarmiento

y aparenta un carrusel.

A veces, si hay contento,

suena como un cascabel .  

Coincidencias

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Cuando terminó la función y ya dispuestas a irnos, mi hermana y yo, reconocimos con estupefacción al actor Andy García entre los espectadores. Cleo agarró mi mano y nos miramos sin decir palabra, fascinadas. Mi pequeña, palpitando de emoción, me dijo. 


—Pídele un autógrafo.
—No, me da vergüenza —le repliqué.

—Por favor, por favor, Elena —me rogó.

—No, lo siento… me da vergüenza —dije yo
Cleo comenzó a gemir, se estremecía e hipaba; temí que le diera otra vez un ataque de asma. Entonces fui hasta el hombre y regresé con el autógrafo: A. García. Ella besó el papel y lo guardó en su pecho, dichosa con el tesoro.

¿Cómo decirle que aquel señor, que ya se había marchado escudriñado por la vehemente mirada de la niña, tenía un increíble perecido con su actor favorito pero era un simple frutero? Mejor no.
Me reanimé pensando que al menos la firma sí era auténtica; Anselmo García ya había hecho algunas más.

El preñado

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Verle allí, echado en el sofá, con una camisola holgada de blonda, indolente, con aquel mohín apacible en la cara de dulce espera, mimoso y haciendo melindres a todas sus comidas, a todos sus olores, mientras se acariciaba el abultado vientre, la ponía de los nervios. Era ella la que tenía que estar embarazada y no su marido, pero el ginecólogo le había dicho. —Es más fácil que se quede encinta su esposo que usted, señora, porque usted carece de matriz, está usted yerma, castrada, y su cuerpo rechazará siempre un embrión; este trastorno que usted padece es único, que se sepa: implantaremos un óvulo a su cónyuge y esperemos que resulte; él está de acuerdo ¿y usted?

Pues no, ella no estaba de acuerdo, pero nunca creyó que esa fecundación funcionara, sin embargo, allí estaba él luciendo su preñez; apenas le quedaban tres semanas  para parir a su retoño mientras ella, estéril y repleta de envidia, cumplía todos sus antojos, hasta el más mínimo, por el bien del bebé.

—Al menos aféitate esa barba de una semana—le señaló áspera. Por mucho que le doliera, aquello era lo único que discrepaba en su figura de futura mamá.

Estreno

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Primero fue un cosquilleo en la nariz, enseguida un espasmo recorrió todo su cuerpo, después, los músculos del abdomen y pecho se tensaron y subió su diafragma mientras los ojos se le cerraban inevitablemente. Pronto el hormigueo de las fosas nasales se acrecentó, alumbrando el rumoroso estornudo.

Su carita reflejó el pasmo que le causaba la novedosa experiencia; abrió los ojos y  vio el rostro de mamá mirándole por encima de la cuna; parecía preocupada, ¿se habrá resfriado?

Sonrió y mami, más tranquila, hizo lo mismo mientras tiraba de la mantita y lo tapaba amorosamente.

El gran chupador

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Nicolás no fue siempre un vampiro. Yo recuerdo cuando nació, era un niño regordete y carirredondo que chupaba con violencia de la teta de Rosario, su madre, un glotón morrocotudo que dejaba a su progenitora extenuada cada vez que mamaba. Nicolasín  sonreía siempre y sólo lloraba cuando quería mamar, enorme suplicio para Rosario.

Cuando creció se fue a tierras lejanas a buscarse un porvenir. Su madre moría de pena sin su hijo, pero entendió que tenía que irse; la comida escaseaba y Nicolás comía por tres y bebía por ocho; ella, con su potaje de coles y su leche de cabra, tenía de sobra.

Cuando al tiempo Nicolás regresó al pueblo parecía un conde; bien trajeado, con la piel blanca como la nieve, se ve que no había trabajado al sol, y subido en un vehículo de esos que valen mucho. Todos le miraban envidiosos cuando compró el castillo de los duques.

Pero al poco empezaron a aparecer mozas muertas, todas ellas con esos dos agujeros en el cuello que nos hicieron sospechar que un vampiro nos rondaba.

Supimos que era Nicolás por varias razones, pero el hecho que no daba lugar a dudas era que seguía chupando de forma desmedida; todas las muchachas aparecían más secas que el cuerpo de doña Gertrudis, la maestra, que cuando fue exhumada para enterrar al marido estaba entera pero reseca, igualita que el maniquí de madera de Juana, la modista.

 

Tatuaje lunar

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En noche de luna llena te tiendes en un lugar despejado, desnudo de atuendos que pudieran esconder cualquier rincón de tu organismo, y dejas que los rayos del satélite recorran tu cuerpo, que besen tu piel y acaricien tu alma.

Dicen que, en muchos, la luna ha querido dejar su imagen señalada para siempre, como una dádiva que hace al hombre; son esos lunares perfectos y esféricos, que la mayoría de la gente posee. A veces, esos lunares no son plenamente redondos, sino que tienen formas desiguales; eso es debido a que, cuando el astro está perfilando su elíptica figura en la piel, la persona se agita.

Lo mejor es estar inmóvil, sereno y confiado, y dejar que la luna dibuje su efigie en nuestra epidermis, lo mismo que un maestro de grabados lo haría.

Por supuesto, no duele.

 

Con la letra E

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Expertos en la espesura

El estornino estiró el escote estornudando estridentemente. Ester, estupefacta, escribió expedita. “El Estornino estornudó, es evidente. Entonces, eso expresa el experto exhalado en los estorninos. Espasmo excelente, enorme en empuje, exento en excreciones, extraordinario” — ¡Eh, Esteban! —exclamó— ¡esto es estupendo! ¡El estornino estornuda!

— ¡Espera, estoy excretando!— explicó éste.

Embustero.

Esteban estaba escondido, estrujado entre enredaderas, esnifando estupefacientes. Estornudó, escandalizando el entorno. El estornino, espantado, escapó. Ester escupió, enfurruñada. —Escandaloso enredador entremetido —especuló enojada. Enseguida escribió.

— El empleado Esteban está expulsado; expele estornudos estrepitosos, estremeciendo el escenario experimental. El estornino “estornudador” escabullido.

Equilibrios

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Sueña que es un ermitaño y que se halla solo, meditando en la infinita serenidad del Sahara; se nota dichoso. Tal vez porque el eremita es feliz soñándose un águila que vuela pausado y venturoso sobre la inmensa quietud del desierto.

Tango

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Se entrelazan mis piernas en las tuyas y nuestros cuerpos se fusionan, excitados, vehementes; la cadencia voluptuosa de la música nos embruja. Danzamos apretados, siguiendo el ritmo sensual que nos maneja como a marionetas sin voluntad propia.

 

Tus manos son lazos de rojo satén que sujetan mi cintura; siento que estoy ardiendo... Mis senos, tórridos oteros, se aplastan en tu pecho y sé que te están quemando. La pasión incontrolable nos aprisiona y nada más en el mundo importa.

 

¡Pero si tú no me gustas, pero si yo no te agrado!

 

Suspiro y en un atisbo de juiciosa lucidez percibo qué está ocurriendo

—No te preocupes, cuando concluya este tango todo terminará –murmuro, trémula, en tu oído.

 

 

Prisas de hoy en día

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Me lancé dentro del autobús al salir del trabajo; tenía que pasar por el súper y comprar  algunas cosas, me dije.

En la caja, al ir a pagar, no encontré mi tarjeta y eso que vertí todo mi bolso, en el cual había cachivaches inverosímiles que no recordaba haber visto antes. La gente se impacientaba mientras yo recogía todo de nuevo casi al borde del paroxismo. Al fin hallé dinero y pude pagar la deuda a la cajera que ya me miraba fastidiada.

Agarré mi compra y corrí a la parada de autobús de nuevo; debía llegar a casa a tiempo de pasar unos apuntes, hacer la cena, planchar la ropa y, por supuesto, como hoy era un día de los menos ajetreados, darme un baño con esencia de lavanda.

El bus se me escapó, así que hube de esperar al siguiente. Cuando me vi sentada en su interior me relajé con un suspiro. Al llegar a mi estación, el conductor, despistado como un cangrejo, casi me derriba pues no esperó a que terminara de  bajar.

Con el susto en el cuerpo, me lancé calle abajo aferrando las bolsas. La prisa me llevaba casi a volar, pero como yo no tengo alas aunque nunca lo recuerde,  lo que hice fue dar un traspié y caerme de culo; el porrazo fue tremendo, pero no solté las bolsas. Mi marido, que salió de casa premioso como siempre, al verme me soltó.

— ¿Qué haces? ¿Por qué te has sentado en mitad de la calle?

—Pues ya ves, —le contesté impávida— es que estaba cansada.

 

 

Dedicado a Pitufina

La verdad está ahí fuera

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Casi todos los días, una cinta blanca atraviesa por el cielo azul y se va extendiendo lenta e inexorable hasta desaparecer en el horizonte.

Tata Makit dice que es  el gran Parkú, el dios de la tormenta, que se entretiene desplegando los rayos que tiene guardados en el edén. No entendía yo entonces, por qué siempre que Parkú arroja sus relámpagos a la selva, a los ríos y a las montañas, éstos aparecen en zigzag y no rectos..

Tata explica que el dios sólo lo hace por entretenimiento y que más tarde, cuando se cansa, vuelve a doblar los rayos y los guarda en las nubes. 

 

Hoy he vuelto a ver la cinta expandiéndose por todo el firmamento; he aguardado paciente, porque quería ver a Parkú recogiéndola de nuevo.  

Esperé y esperé pero no vi al dios enrollando la centella; la tira se fue deshaciendo sola hasta desaparecer, como siempre. Lo que yo ya suponía.

 

No le he dicho a abuela que, en realidad, la cinta no es un rayo, sino un pájaro enorme y brillante que vuela, dejando la estela de su paso, a otros pueblos lejanos; posiblemente más avanzados que nosotros, los kimunis.

¿Para qué iba a revelárselo? No me creería.

Melancolía

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Se quejaba el instrumento gimiendo las penas de su amo. Lloraba, y su lamento se ampliaba por las calles vacías y mojadas y por las ventanas se filtraba como fino polvo de aserrín. La gente, inquieta, percibía su sollozo y un estremecimiento, apenas perceptible, inundaba sus espíritus como presagiando algo, mas, no sabían qué.

Hasta que un día le encontraron en su casa, la guitarra callada y él exánime.

Nadie supo que funesto pájaro pudo anidar en el corazón de aquel hombre de mirada triste y pelo níveo.

Al paso del tiempo, alguien volvió a la casa y encontró la guitarra; yacía sobre una silla y estaba vieja y repleta de polvo. Cuando trató de asirla se deshizo, desintegrada por la carcoma, y el aserrín que de ella fluyó se fue esfumando raudamente por cada resquicio de la casa hasta no quedar nada.

Después, ya en las calles vacías y mojadas, surcó el aire como movido por un suspiro, - acaso el de su amo muerto-, y se introdujo por las ventanas de los hogares del barrio.

Llantos lastimeros y sollozos tristes se oyeron en todas las viviendas aquella noche y todos supieron que lloraban porque la soledad les había invadido el alma. Pero no entendieron por qué.

 

Ello

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Escenario.

El lago estaba sereno, de los árboles, arrullados por Céfiro, colgaban frutos de oro bruñidos por Helios, rodeados de mariposas, los corzos y gacelas de Artemisa pacían y saltaban alborozados entre las flores irisadas de Perséfona.

Acción.

El apuesto muchacho se aproximó a las aguas y desnudándose se lanzó a ellas para aliviar el calor del largo viaje. No podía el joven imaginar que Salmácide, la ninfa del lago, prendada de su hermosura, lo arrastrara al fondo mientras pedía a los dioses que sus cuerpos de fusionaran para siempre. Como tampoco podía suponer, que siendo sus progenitores Hermes y Afrodita, hicieran caso a una simple ninfa y no a su hijo.

Leyenda.

Aún hoy, recorriendo el bosque de Halicarnaso, si uno pone atención, se puede oír el sollozo afligido de Hermafrodito por la pérdida de su virilidad así como el lamento pesaroso de Salmácide, por aquel estúpido arrebato que le vedó para siempre solazarse con el placer del sexo.

 

El ahogado

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Emergió al fin, después de  muchos días.

Apareció detrás de la ola pero sólo para ser de nuevo encubierto por la siguiente, no obstante volvió a surgir en el remanso y giró su cuerpo gracias a la sacudida de otra ola.

Extendido cuan largo era,  boca arriba, figuraba, atónito, observar el cielo. Los verduscos ojos, del color de las algas, desmesuradamente abiertos, la piel cetrina y arrugada y el cabello enredado.

 Alguien gritó algo refiriéndose a él; parecía la voz de un niño que chillaba, así que  aguardó esperanzado pero nada ocurrió. Las voces de los bañistas se fueron apagando, el inclemente sol dejó de quemar su piel y la noche cubrió el mar de oscuridad y el cielo de estrellas. Él seguía allí, flotando, surgiendo y hundiéndose a cada impulso del oleaje.

El nuevo día trajo la luz ardiente de nuevo pero no se sintió la algarabía de la gente en la playa; se hallaba en alta mar, lejos de la costa.

Hubiera gritado si hubiera podido pero su voz estaba apagada, igual que su cuerpo. Sólo podía dejarse llevar por las ondas procurando no ser de nuevo tragado por aquellas aguas que lo habían mantenido en las profundidades tanto tiempo. En la superficie, al menos, sería visible y la agradable sensación del aire le hacía bien, aunque ya no lo necesitase.  

Los días pasaron y nada diferente ocurrió, excepto los mordiscos de un algún pez que otro, la tempestad que casi lo lleva de nuevo a los abismos  y la refrescante lluvia que empapó su rostro.

 

Un día, casi como un milagro, unas voces primero y unos ganchos después, izaron su cuerpo del agua y, por fin, pudo descansar en seco, en la arena de otra playa.

—¡Cielo Santo! —oyó decir a alguien— sólo queda de él un brazo y la cabeza.

 

 

 

Retorno a la patria

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Tío Ovidio llegó de Australia después de treinta y dos años de ausencia y mi madre, excitada, preparó un banquete para recibirle.

—Garbanzos con oreja, mi especialidad —dijo gozosa.

—No, no puedo comer legumbres, me dan flatulencia —señaló el tío, apartando el plato.

—Vale, —expuso mamá algo decepcionada— no te preocupes. Te serviré chuletas de cerdo con papas.

—Lo siento; colesterol. La carne de cochino ni verla —objetó él.

—Vaya…—dijo mi madre contrariada— tenemos ternera.

—Qué va, el acido úrico lo tengo por las nubes; nada de chicha —negó tío Ovidio.

—Bueno, algo encontraremos que te vaya bien, entretanto toma, prueba el vino, es de tío Marcos; el mejor del país.

— No puedo tomar alcohol, es fatal para mi hígado; he padecido cirrosis. 

— ¿Pero qué te ha pasado en Australia, hermano? —preguntó mamá inquieta mientras mi hermana y yo reíamos por lo bajo— No puedes comer nada. Vale, no te agobies, traeré un trozo de pastel de fresas; lo hice yo misma.

—Pareciera que estoy haciéndolo adrede —apuntó el tío afligido— pero nada de azúcar; ya sabes, glucosa en sangre, elevadísima. Lo siento.

—Estoy muy abatida, Ovidio; vuelves a casa después de tanto tiempo y ni siquiera puedes comer como es debido.

—Regresé a casa para morir, hermana. Quizá es que ya comí demasiado —dijo él mostrando una sonrisa triste y cogiendo una fruta de la bandeja— fíjate, no voy a decir que no a esta manzana.

 

¿Y la barca de la Parca?

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Doña Angelines, cruel y desconsiderada, era el calvario de su familia. Testaruda mujer insufrible que prometió  que ni la mismísima muerte se la llevaría de este mundo.

La Casa de la Hiedra, así llamada por la frondosidad que cubre sus paredes, es lóbrega y hoy en día ningún ser viviente osa morar en ella, pero fue en sus tiempos un hermoso caserón dónde la familia subsistió con buen acomodo, —aunque desdichados por la iniquidad de la pérfida— y allí seguiría el clan si la Parca no se hubiera limitado a pararle el corazón a la arpía, sino que tendría que haber acabado su trabajo llevándola al Más Allá aunque fuera aferrándola por el cuello con la guadaña.

Doña Angelines sigue ahí, a pesar de que hoy hace cincuenta y tres años, seis meses y dos días que fue enterrada en el cementerio del pueblo, esperando que descansara en paz por fin y dejara descansar, que era lo primordial.  Su ya pelada osamenta se halla sepulta en el rincón derecho del camposanto pero ella sigue en La Casa de la Hiedra. No hay más que oír el estruendo que forma cada noche y sus baladros inconfundibles.

 

El grito

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Después de la gloria y la popularidad en la que se sintió, no el rey de la selva sino el rey del mundo, Tarzán de los monos se vio relegado por la llegada de otros héroes más modernos.

Se percató de que era sólo un personaje cuando se quedó solo. Hasta Chita dejó de ser la mona  avispada y afectuosa y se volvió como él, triste y apática.

Fue entonces que discurrió que al menos se sentiría más vivo si pudiese lanzar su glorioso alarido, aquel grito salvaje que tenía el poder de quitarle el estrés que a veces, en los buenos y prolíficos tiempos, lo asfixiaba.

Con un esfuerzo sobrenatural logró meterse en la mente de su actor preferido, el que mejor lo remedaba, Johnny Weissmüller, el cual, ya viejo y achacoso y sin saber bien la razón, de pronto, se volvió a sentir un superhombre y aunque su cuerpo no obedecía a su bravura, su garganta gritó al mundo que, o bien Tarzán no había muerto o bien él se había vuelto loco.

 

Ciego en la vida

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Al abrir los ojos distinguió a varias personas que lo contemplaban desde los pies de la cama.

— Puedo ver —murmuró atónito para enseguida repetir con enorme regocijo— ¡Puedo ver! —dilucidando que aquel instante era único y trascendental.

Levantó el torso de la cama y sentado escudriñó a aquella gente que continuaba vigilándole en silencio.

—Puedo veros —insistió esperando que ellos se alborozaran de aquel prodigio, pero sólo sonreían.

A continuación posó su vista en la mujer de rostro dulce y marchito e inquirió.

— ¿Madre?

— Soy tu abuela Carmen —dijo la mujer mansamente.

— Y yo tu abuelo Tato —explicó el hombre de al lado.

— Tío Fermín —siguió diciendo el siguiente.

—Yo soy Diana, tu amiga —indicó una muchacha de mirada tímida.

— Y yo Félix, tu primo —señaló el último de la fila.

Estupefacto ante la revelación de aquel conjunto que seguía mirándole sonriente sólo pudo musitar.

—Pero… vosotros habéis fenecido hace mucho tiempo.

Ellos asintieron conformes.

Entonces entendió.

*Relato ganador del mes de marzo en Ficticia

  

Espasmos y pasmos

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El silencio de la cámara se rompió cuando el rey, de forma atronadora, lanzó un estornudo — ¡Salud!— exclamaron al unísono los oficiosos asistentes. Sin embargo no pasó un minuto cuando llegó el segundo estornudo y luego el otro y el siguiente…hasta treinta y cinco veces. En cada uno de ellos los aduladores repetían — ¡Salud!

El monarca, extenuado, moqueaba y las babas impregnaban la pechera de su traje de gala; los pañuelos y cobas de sus acólitos eran inútiles. Casi no podía sostenerse en el asiento y a cada espasmo su cuerpo se sacudía amenazando con caerse del trono.   

Abrió el rey  la boca de nuevo y el auditorio esperó alerta con la solícita palabra de cortesía en la punta de la lengua. Pero el soberano, sin despedir exhalación alguna, cayó hacia delante y lo que se oyó fue el tremendo porrazo de su cuerpo contra el suelo, quedando boca abajo e inmóvil.

El silencio momentáneo fue interrumpido por los pasos apresurados del médico real que, después de examinar al caído, certificó con voz ronca.

—Está muerto.

El murmullo de la sala fue acrecentándose. Un parlamentario, con voz trémula, inquirió.

— ¿Paro cardiaco debido a una “estornuditis aguda”, diríamos?

—No —aseguró el galeno— golpe mortal en la cabeza. Lástima; su majestad, invariablemente, siempre estornudaba treinta y seis veces.

 

El triunfo de la muerta

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Doña Juliana Eulalia de Arencibia aguardaba desde hacía algún tiempo a la Muerte. De familia de abolengo vetusto y opulento, la habían educado para ser resistente a todos los reveses que le daría la vida, que no fueron pocos.

Ahora, a sus ochenta y tantos años y después de bregar sin descanso contra la Parca para que no se llevara a su hermano, enfermo de unas fiebres maléficas, a su hija de un parto difícil o a su nieto de un mal desconocido, y habiendo ganado siempre, entendía que llegaba su hora.

Sentada en la hamaca del porche la vio venir por fin.

—Has vuelto —dijo.

—Sí —contesto la Muerte—, esta vez te vienes conmigo.

Doña Juliana rió sarcástica.

—Claro, es mi hora, pero no lograste llevarte a los míos cuando lo intentaste; te vencí.

—Señora de Arencibia, no, tienes razón, no me los llevé a ellos, fue a ti, pero ni siquiera te percataste. Tú has muerto hace décadas pero sigues aquí, apegada a tu casa, viendo vivir a tu familia mientras tú sólo eres una sombra. Tienes que cruzar al otro mundo.

Y doña Juliana volvió a reír triunfante.

—Por supuesto que sé que estoy extinta, mis huesos ya están descarnados desde hace tiempo, pero tú no percibiste que yo lo sabía, por eso salvé a los míos. Sólo un muerto puede luchar con la Muerte —contestó y levantándose se compuso el vestido, dispuesta a hacer el viaje aplazado.

Cinéfila

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El séptimo arte y sus hechizos.

 

Se hallaba en una casa, enlucida, muy blanca. Un pianista tocaba una pieza monótona pero a pesar de lo molesta que era, cada vez que paraba ella exigía —Tócala otra vez.

Se acercó rodando, —porque iba en silla de ruedas— a la ventana, una ventana indiscreta por donde podía ver el servicio de la casa vecina, y vio a una joven que se duchaba mientras una vieja estrafalaria se dirigía hacía ella llevando un enorme cuchillo. Advirtió como la apuñalaba, oyó sus gritos desgarradores y vio la sangre salpicando las baldosas. El pianista, entretanto, había variado la música y ahora sonaba aterradora.

Pensó en llamar al detective Harry el Sucio, pero luego de meditarlo se dijo que ya era tarde para la chica; el sicótico travestido de vieja, ya la había matado.

De pronto le entró hambre, miró al pianista, el único ser que había en la habitación, y le expuso. —No he comido desde hace dos días. Él la miró, su rostro se había vuelto blanco y un minúsculo bigote le había brotado como por ensalmo. —Francamente querida, eso no me importa— le contestó impávido.  

 

Despertó temblando y empapada en sudor. –Juro por Dios que jamás volveré a ver, durante toda una noche, películas clásicas— se dijo solemnemente mirando a lo alto.

 

El remate acompasado de un fragmento de piano resonó en toda la casa. 


El ateo testarudo

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    Entonces… ¿Dios existe? —expuso Anselmo maravillado ante la grandeza del Cielo.

    Por supuesto, pero tú, aunque fuiste compasivo, no podrás entrar en el Reino Celestial por haber sido un incrédulo —contestó San Pedro entreabriendo un poco más la puerta para mostrarle más—; mira los ángeles, arcángeles y querubines.

    ¿Y Dios?—preguntó el ateo.

    Contempla los santos y mártires… —prosiguió el bendito.

    Sí, pero ¿dónde está Él?—inquirió el hombre

    ¿Ves a los bienaventurados?—dijo  el venerable.

    Los veo… pero ¿Y el Señor?—insistió el impío.

    Mira que eres pesado Anselmo. No puedes ver el rostro del Todopoderoso, sólo pueden verlo los elegidos. Regresarás a la tierra y vivirás otra vida; quizá tu alma halle la verdad y si sigues siendo bondadoso, cuando tu espíritu regrese, podrás entrar al Paraíso.

Debes irte para renacer en la tierra de nuevo. Ahora creerás en Jehová —dijo San Pedro santiguándolo.

    ¡Pero si no lo he visto! —resonó la distorsionada voz del impertinente mientras se desvanecía

 El bendito suspiró resignado al tiempo que cerraba la puerta.

 

Dilemas de última hora

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Aquel millonario quedó totalmente persuadido la duodécima vez  que se lo oyó decir a don Fermín en uno de sus sermones del domingo: “en verdad os digo, queridos feligreses, que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos”.

Y resolvió donar toda su riqueza a los pobres, quedándose en la total indigencia.

Ocurrió entonces que, al convertirse en un menesteroso, su mujer lo abandonó y sus hijos desaparecieron como por ensalmo. Las amistades lo repudiaron y todo el mundo le cerró las puertas.

Solo y abandonado a su suerte, el mendigo pedía misericordia en la puerta de la iglesia a la que tantas veces asistió como opulento feligrés, comía en albergues y dormía en un banco del parque. 

Así subsistió, confiado en que su atroz sacrificio le valdría la gloria eterna.

Fue cuando su cuerpo, maltrecho y abatido, rehusó seguir viviendo, notando ya cercana su muerte, que miró receloso al cura que le velaba en su agonía, y acongojado dijo.

—Y ahora como para que no exista el Cielo, padre Fermín.

Tertulias maravillosas

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Hace algún tiempo le regalé a Celia un chal y ella, después de tocarlo mientras lo olía, me dijo— Es muy bonito, de color azul, como el cielo.

— ¿Cómo sabes que es de esa tonalidad? —le pregunté atónita.

— Bueno, ya sabes que los ciegos desarrollamos los otros sentidos —manifestó ella.

— Claro —exclamé—  pero, ¿puedes saber el color de las cosas con el tacto?

— No boba, —rió jovial— es con la nariz.

— ¿Oliendo? Vaya… ¿Y qué olor tiene el azul? ¿A cielo?— inquirí burlona.

— Pues sí querida prima;  el cielo huele a frescor, a céfiro, a rocío; a azul. Aquí en el pueblo es fácil olfatearlo.

—Vaya… —señalé alucinada— un día de estos tendré que oler el firmamento pero no sé cómo se hace.

—Sólo tienes que subir a un lugar alto, cerrar los ojos y concentrarte aguzando tu apéndice nasal, como si tú, entera, fueses nariz. —indicó afable— Lo que ocurre es que los ojos son faros que deslumbran a los demás sentidos, cuando se apagan, las otras percepciones se vuelven poderosas.

En la actualidad, que padezco esta ceguera legado familiar debido a la glucosa en sangre que padecemos algunos de nosotros, pienso de verdad que los colores exhalan olor; estoy aprendiendo a olerlos. Le comenté a Celia que la tarde pasada había olido el cielo pero me olió a plumas. Ella respondió muy seria: —Eso es sólo cuando pasa un ángel.

 

Amuletos verbales

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El alma, ese ser etéreo que ocupa los cuerpos, es caprichosa y escurridiza. No le gusta al alma estar encerrada, como el genio de la lámpara, y por eso, cuando la materia muere, emerge gozosa como un pajarillo a quien le abren la jaula, para deambular a su libre albedrío.

Puesto que el alma es independiente, el presidio en un cuerpo le resulta espantoso y aprovecha la menor ocasión para salir pitando, pero, si el organismo está vivo, sólo puede hacerlo con el estornudo. Es esta exhalación la llave para abrir la puerta y no es la gripe, ni el polen, ni el polvo lo que la provoca, como se cree; es el alma que cosquillea en esa frágil membrana que tenemos dentro de la nariz, con la esperanza de provocar el espasmo libertador.

Gracias a que tenemos la clave para que no huya como alma que lleva el diablo, —que a veces se la lleva aprovechando la ocasión.

Jamás dejes de pronunciar las palabras milagrosas cuando oigas retumbar un estornudo y más si es el tuyo: ¡Jesús! ¡Salud!

   

Me lo reveló mi abuela, palabra por palabra, que se lo había confiado la suya, tal cual.

   

Doble hídrico

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La primera vez que Kirok, con apenas cinco años, se miró en las cristalinas aguas del lago, allá en su tribu de la recóndita y fascinante África, dio un alarido de espanto. Creyó que un niño yacía en las profundidades del lago.

 

Mamá Matuka, juiciosa y dulce, acudió presurosa a su lado y le calmó mostrándole su propio reflejo en el agua, — ¿ves? —le dijo— y él, aún más aturdido, sollozó manifestando —Es una mujer igual que tú que yace en las profundidades —y mamá Matuka le confirmó que era así y que toda las gentes de todas las tribus poseían un espíritu del agua que eran idénticos a ellos .—¿ Y qué hacen ahí?— preguntó Kirok desconcertado y mamá le aseguró, —son los espíritus que nos muestran los desaliños del cuerpo y del rostro— pero Kirok siguió sin entender, ¿para qué era preciso percibir sus desaliños?

 

Sin embargo cuando fue creciendo y llegó a la adolescencia no cesaba de ir a mirarse al lago cada día; Mikatuka, la hija del jefe, le agradaba, ¿le gustaría él a ella?

Observó su rostro en el lago, pintó un nuevo trazo rojo en su mejilla y dedujo que era muy apuesto.

Acicalado y satisfecho, se alejó del lago en busca de Mikatuka. Antes, agradeció al doble acuático su inestimable ayuda.

    

Escapes

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Maribel la contempló; estaba envejecida y demacrada. Después de tanto tiempo, por fin la volvía encontrar. ¿Qué podía decirle? En su corazón sólo quedaba desprecio, rabia...

 

—Hola—la saludó la mujer y se acercó para abrazarla.

 

—No —contestó Maribel— no... —y se apartó instintivamente.

 

—Sé que lo hice mal pero... yo os quería —se permitió decir.

 

— ¡Ja!, ¿Nos querías? ¡Y qué manera de demostrarlo! —rió sarcástica Maribel—¡Abandonándonos! Dime madre ¿no sientes siquiera vergüenza? ¡Nos dejaste a  Ramiro y a mí, a tus hijos! ¡Nos abandonaste! Entiendo que dejaras a papá pero a nosotros, ¡éramos sólo unos niños! ¡Te necesitábamos! 

 

La arrugada cara de la mujer se contrajo, haciéndose más sombría. Otra vez esa sensación de agobio la abrumaba, ¿por qué se empeñaba la gente en atosigarla?, esa era la razón de que siempre saliera huyendo... como aquel día de hacía veintitantos años y muchos otros de su existencia ¿Qué excusa había dado entonces para huir de las contrariedades?

 

—Ahora vuelvo... voy por cigarros —repitió de nuevo, como entonces, y se alejó de aquella muchacha inoportuna y sediciosa.

 

Sombras

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Don Fernando anda inclinando la cabeza, renqueante y absorto en sus pensamientos; como si ya la intolerancia no obrara emoción en él. 

Lo vemos alejarse despacio, dejando atrás ese halo de decrépita ancianidad, propia sólo de las personas que en su juventud fueron opresivos.

 

Juanjo no habla ni yo tampoco; a los dos se nos agolpan en la mente y en el corazón aquellos terribles días de nuestra infancia.

Vívidos acuden a mí los recuerdos, como saetas que nunca dejaran de acosarme.

  

—Es decir... —exclama Don Fernando, agitando de un lado a otro su temible rebenque— no te sabes la lección porque has tenido que ayudar a tu padre a cuidar las cabras.

 

—Sí — balbuceé con angustia.

 

No es tan escalofriante el látigo como sus ojos grises, tan crueles e implacables.

 

Siento sus azotes en mi cuerpo mientras trato de aguantar sin un gemido; para ello pienso en mi padre y le veo sonriéndome al tiempo que me revuelve el pelo.

 

—Miguel... —me dice padre satisfecho— gracias por tu ayuda.

 

Sonrío y este mohín es hiel para mi maestro; el rebenque fustiga más enérgico.

   

Hace tiempo que don Fernando ya no nos causa miedo sino desasosiego y una sensación de lobreguez asfixiante.

Rosas rojas para un amante póstumo.

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Cada vez que iba a visitar la tumba de su esposo, Claudina se abstraía mirando la foto, en blanco y negro, de Nicanor Lorente Arias, muerto a los 45 años, y colindante al nicho del marido

Era muy guapo; bien peinado, con un bigote recortado, un lunar en la mejilla, y aquella mirada apacible y seductora que trasmitía placidez y simpatía.

Claudina se sentía cada vez más atraída por el anónimo difunto, fallecido en 1.948, y tanto fervor iba acumulándose en su alma que, un día, decidió llevarle rosas, y luego otro día y otro.

Actualmente, Claudina acude al cementerio eufórica, con dos ramos de flores; las blancas, que simbolizan el decoro y la honestidad  y que deja con descuido, mientras susurra una desangelada oración, en la tumba de su cónyuge. Las rosas rojas, que representan la pasión, son para Nicanor, su amante secreto, con el que ha mantenido tantas oníricas noches de amor y frenesí y con el que ahora platica de sus más íntimas aspiraciones.

Alteración

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Seguí al gato largo trecho, a pesar de que los felinos detectan enseguida una presencia, esta vez logré despistarle.

 

Rodeé la casa y le salí de frente, el minino no se esperaba esta reacción y enseguida todos los pelos de su cuerpo se erizaron. Comenzó a maullar en señal de advertencia.

 

Pero yo me quedé allí, parada. El gato me observó fijamente y entonces ocurrió.

 

— ¿Eres tú?—me dijo temblándole la voz.

 

— Sí —murmuré apenas.

 

Se acercó hasta mí y se restregó contra mi cuerpo, maullaba sin parar, meloso. Yo le lamí la cabeza aunque mi condición es contraria a la suya y me repelía; el amor era más fuerte que la repulsa.

 

Ahora estamos juntos de nuevo. Él es Juan Pedro, mi esposo, muerto hace poco y convertido en un fantasma gatuno. Yo soy Eloísa, fallecida hace mucho y trocada en una perra fantasma.

  

-*Posdata desde el Más Allá, para todos los que lleguen a leerme: No discutáis sobre si existen los fantasmas o no. Existen. Ahora plantearos en qué fantasma os podéis convertir al morir. A mí me costó mucho asimilar esta vida perra. Mi Juan Pedro, todavía no se acostumbra del todo a mi presencia, de vez en cuando me saca las uñas.

 

Planes endebles

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Siempre la misma monotonía; levantarse, asearse, comer presuroso un bollo y tragar un café quemándose la lengua, llevar los niños a clase, dejarlos y expedito correr al trabajo... a ese trabajo aburrido y cargante.

Los domingos pasear por el parque con los niños, sentarse en el mismo bar y beber un refresco... ¡estaba harto!

¿Y si hoy fuera el día? ¿Y si se decidiera a irse a la Argentina, tal como llevaba soñando hace tiempo?

 

—Ahora vuelvo, voy por cigarros...

 

—Bien cariño... ya que vas por cigarros, acércate al supermercado y trae leche y pañales. No olvides pasar por la farmacia y comprar la pomada para el culete de Niki, que el pobre está muy quejoso... ¡Ah!, y el jarabe para la tos de Paula y las tabletas para mí, que ando fatal, ¡la migraña me mata! Trae unas vendas, que se nos han terminado y Jorgito tiene una herida en la rodilla...

 

Está bien, está bien. Quizá el próximo año o el otro. Cuando los niños fueran mayores, tal vez cuando...

La decadencia

20070126164457-atenea.jpgLas diosas se miraron coléricas; sus armaduras fulguraban al sol. Los yelmos, ajustados, conferían a sus rostros una semejanza asombrosa.

—Yo soy Atenea —gritó la una—, hija de Zeus, dios de dioses. De su cabeza nací, ya guerrera, virgen y casta. Tú, suplantadora, ¿quién eres?¿Por qué te pareces a mí?

—Mi nombre es Minerva —aulló la otra—, hija de Júpiter, dios supremo. De su cabeza surgí ya aguerrida, incorrupta y virtuosa... ¿ Y tú impostora, por qué posees un rostro igual al mío?

Ambas bramaban, al tiempo que se disponían para la lucha; bravías, enfurecidas...

Y comenzó ésta, fraguándose ardua, feroz y cruenta. Al término, Atenea yacía en el suelo, con una lanzada profunda y mortal en el pecho. Minerva, en idéntica postura y con pareja herida, se desangraba agonizando.

Más tarde se enfrentarían Zeus contra Júpiter, Venus y Afrodita, Poseidón y Neptuno... para terminar derrotados ante el Gólgota.


Retazo inédito de un cuento

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—No gracias, no la necesito —me contestó Blanca Nieves cuando le ofrecí una cuchara.

Y cogiendo por un asa la sopera, que contenía el almuerzo de todos, se la bebió de un sorbo.

Una invitada muy descortés. Eso creo yo.

 Gruñón.

 

Parangones

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Todos sabemos que Tomás es un gallina. Pedro, que es tan bravo como un león, no soporta su cortedad, lo mismo que  Lorenzo, excelente imitador, talmente como un mono, se burla de Tomás haciendo ademanes jocosos.

Incluso Jacinto, cegato como un topo, percibe la pusilanimidad del cobarde y le increpa, no de la manera que lo hace Roberto, que llega a insultarle por su mengua; siempre estamos temiendo que Rob, que tiene menos seso que un mosquito y es tan fuerte como un toro, lo golpee. Si eso ocurriera sería terrible; Tomás es endeble  además de asustadizo.

Carlos, rastrero como una serpiente, está siempre adulando a Pedro, que es el jefe de la pandilla, en cambio Eusebio siempre al acecho para atrapar cualquier despojo; si no fuera por su risa de hiena lo cotejaría con un buitre carroñero.

Me agrada examinar a mis amigos para conocer cómo son, sus flaquezas y sus valores, porque es así como después puedo describirles, no en vano me apodan El Loro. 

  

Cólera femenina

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Cristina nota que alguien entra en la cocina y se da la vuelta expedita, no ve a nadie y, algo confusa, continúa con lo que estaba haciendo; remover sus sabrosas natillas.

No obstante, sigue advirtiendo que alguien la vigila por detrás; tiene la impresión de sentirse observada y bruscamente vuelve a mirar. No hay nadie.

El vello se le pone de punta al instante; la mirada sigue clavada en su espalda, lo percibe.

Aparta el postre del fuego y se gira. Todo está en calma.

 

Se limpia las manos en el paño, sin dejar de observar todo el perímetro de la cocina, camina lenta, vigilante, hacia la salida; necesita salir, huir de allí. No soporta esa presencia invisible que la examina; indudable que es un fantasma.

Casi toca el pomo de la puerta. Ya está a punto de abrir...

De pronto, el zumbido de una mosca la hace girarse; el maldito bicho está posado en el borde del cazo, restregándose las patas y dispuesto para arremeter con sus natillas.

—¡Zus! ¡Zus! ¡Fuera de ahí! ¡Fuera bicharraco inmundo! —grita entonces, olvidando completamente el pánico que sentía y corriendo a espantar a la intrusa zampona.

 

Una materia traslúcida se escabulle, rauda,  por la ventana; ante aquellos espeluznantes chillidos, el ente se siente aterrorizado. Ella es más fuerte.

 

Sin rastro del ente sin rostro

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El engendro cubría su cuerpo con un largo manto negro con capuz y, a pesar de que jamás vi su rostro, sabía que era horrendo. Su alargada sombra hostigaba a mi persona sin descanso, en perpetúo acoso, con sus ojos ardientes y sus garras de afiladas uñas.

Siempre lograba su propósito; aterrorizarme, tratando de asirme para, quién sabe si llevarme a las profundidades del averno, y yo, contrita ante su presencia, sólo ansiaba escapar, escapar o morir para terminar con esta agonía.

Ocurrió que una vez, el ente, logró aproximarse demasiado a mí y el hueco negro que era su rostro quedó pegado al mío y sus ojos de fuego inflamaban mi cara. Esta vez, —pensé, — no habrá escapatoria. Pero, acaso por el afán de supervivencia o quizá por lo contrario; concluir de una vez con el martirio, agarré su capuz y tiré de él con todas mis fuerzas, quedando su rostro al descubierto.

— ¡Ahhhhhh! —grité aterrada, aun sin haber visto la faz maldita. Pero cuando, ahíta de terror, levanté la vista para mirar lo que acaso sería mi última visión, resultó increíble, pues, el monstruo, muy enojado, me gritó.

 

— ¡Nunca te han dicho que no se debe descubrir a un carnavalero!

Y huyó enrabietado.

Jamás volví a verle en mis pesadillas.

Por cierto, su cara era...  ¿qué más da? Seguro que algún día también vosotros tendréis el coraje de quitarle el capuz, porque seguro que ya lo habréis visto en vuestros propios sueños ¿no?

    

Genio e ingenio

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Mi abuela inventaba palabras, sí, como lo leen. Lo curioso del caso es que la entendíamos casi siempre.

— ¡Deja eso, muergana! ¿No ves que tú no puedes con la tinaja? —me decía, y así yo sacaba que “muergana” aludía a endeble.

— Mañana comeremos estarifón al horno —nos dijo una vez.

— ¿Y qué es estarifón? —preguntó mi hermano confuso—, abuela te aviso que si es cordero no lo probaré, sabes que no me gusta.  

— No, no es cordero, es gallo; voy a matarlo por alborotador —contestó ella inmutable— y de postre piñuelos con padel.

— ¡Ah! —dijo David, mi hermano, dando por zanjado el asunto. Ya estaba  curado de espanto ante las invenciones de la nana.

—Abu —comenté yo tratando de razonar la causa de sus tinglados— ¿por qué te inventas palabras?

— ¡Vaya, qué niña más chismitiscosa! —contestó siguiendo con una retahíla de palabras que me dejó turulata—, ¿no sabes que las nenas no deben jestesar cosas de mayores? ¿O acaso no te he enseñado que con la treca en mutis estás mejor? Bueno, dime ¿entiendes lo qué digo?

— Creo que sí —razoné después de pensarlo un rato.

— Entonces ¿para qué tanto escándalo? —corroboró—, me gusta inventar palabras, me hace sentirme importante… como Ceravantes, ¿entiendes?

—Claro, —afirmé— me siento súpermegaorgullosa de ti, abu. 

— ¿Súper qué…? ¡Qué palabras más raras decís los niños de hoy! —me lanzó enojada.

  

La adoración de los ídolos

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Siempre que iba a poner flores a su difunto marido, Doris observaba al cúmulo de personas que flanqueaban la otra tumba.

Un día decide sumarse a la multitud y poner una de las petunias del ramillete que traía en el reputado sepulcro. La semana siguiente trae un ramo de gradiolos y la próxima, hortensias; siempre variando el tipo de flor para sentirse la predilecta, la que más lo idolatra.

Hoy trae gardenias blancas, olorosas y llamativas y, después de, rápidamente, haber colocado los sencillos claveles al esposo, deposita las flores sobre el famoso panteón sintiéndose radiante. Desde la fotografía, el galán parecía sonreírle sólo a ella y a nadie más que a ella.  

James Dean estaba guapísimo.

Monstruos rellenos de miel

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Anteriormente a los fantasmas, brujas, duendes y otros espantos que aterrorizaban al mundo, existían los Gûakos que eran gigantes de aspecto feroz, greñas largas y ojos negros como la noche.

Se aparecían a la gente que andaba a deshoras por esos caminos de Dios, o del diablo, según se mire. Antes de mostrarse, una inmensa niebla llenaba el lugar para después, como caídos del cielo, o del infierno, según se vea, emerger a un palmo de la nariz del infortunado.

La cosa hasta aquí era normal o paranormal, según se considere, pero resultó que luego, los Gûakos, eran tan dulces como un confite y tan mansos como un borrico.

Lo descubrió un tal Orencio Pavia, que era hombre de pelo en pecho y no temía a nada de este mundo ni del otro y tuvo la desdicha o dicha, según se opine, de toparse con un Gûako.

Orencio miró sus fulgentes ojos pero no vio en ellos la maldad sino una inmensa codicia de mimos y ternura, así que sin pensarlo y mientras el gigante se quedaba empantanado delante de él, principió a acariciarle la pantorrilla, que era la zona que podía alcanzar. Eso bastó para que el jayán se deshiciera en lágrimas y, sentándose, dejó que el hombre lo cubriera de arrumacos. 

El Señor de los Entes decidió entonces eliminarlos por considerar que eran seres terroríficos discordes al terror.

Se rumorea que quedan algunos Gûakos, ocultos y protegidos, por hallarse en peligro de extinción.

  

Cazadorus Implacablis

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En la vieja casona que aún posee mi familia en la campiña están todos los trofeos de mi abuelo, que fue cazador en vida.

Me llama mucho la atención El Ultrajadominus Repulsivis, un ejemplar muy cuantioso, difícil de erradicar y bastante repugnante. Debajo de su cabeza disecada, mi antepasado describe cómo logró cazarlo mientras trataba de abusar de una muchacha, que pedía auxilio desesperada.

El Patibularius o Sicariense Asalariadus, a la par que el anterior, un espécimen despreciable. Mi antecesor subrayó bajo su testa que lo pilló cuando pretendía hacer un encargo, sin especificar más.

El Corrupteditalus Politiense Abusibus, uno de las peores alimañas de la batida, fue derribado cuando expulsaba a una mísera familia de su barraca, según cuenta mi abuelo, para hurtarle sus pobres posesiones, cuando ya había logrado otras tierras colindantes, con la intención de construir una urbanización de lujo.

Asimismo entre sus capturas están, El Estafadoriantus Urbanus, El Narcotraficantibolus, El Randaminus de manilarga, El Delincuentis Comunis o El Usurerus Lucrativis.

 

Una nota aclaratoria del abuelo expone: Ninguno de estos especimenes está o lo estará a corto plazo en peligro de extinción.

Yo lo creo a pie juntillas.

 

La cabellera

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El ofrecimiento de Gregoria  a la Virgen fue dejar que el cabello de su hija creciese libre durante toda su vida. Fue una promesa por la salud de la niña, que débil y lánguida por una extraña enfermedad yacía en su cama día tras día; sólo después del compromiso, la muchacha empezó a restablecerse.

Margarita crecía al unísono con su cabello; la larga melena ya se extendía en pos de ella cuando salía a pasear al jardín, arrastrándose como un tapiz enorme. Los pájaros, confiándose a la vista de tan exuberante mata de pelo, decidieron hacer sus nidos en él; era un lugar caliente y recóndito.

Allí se escondían también las arañas, las lagartijas y salamandras, y toda clase de insectos que buscaban calor y escondrijo.

Mamá procuraba lavar el largo cabello de su hija al menos una vez al año. Era muy difícil asearlo y escarmenarlo y cuando lo hacía debía quitar tanto bicho viviente de él, que resultaba muy fatigoso.

 

Hoy Margarita sigue paseando por el jardín, a sus ochenta y dos años, camina despacio soportando que su cabellera se arrastre extensa y enmarañada, tan saturada de alimañas que casi no puede dar paso.

Desde hace más de cuarenta años espera con ansia la hora suprema, cansada del tormento que es su pelo, pero se le resiste. Quizá —piensa ella con un suspiro—, La Muerte rehuye tener que arrastrar esta gigantesca pelambre.

La leyenda de la bañista fantasma

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La ve salir detrás de la ola justo cuando la otra comienza a estallar; su cuerpo de  ébano llama poderosamente su atención, sin embargo lo que más asombro le causa es que no está mojada; su cuerpo y su cabello están secos.

Los demás bañistas ni se percatan de su presencia y eso le extraña pues es la mujer más hermosa que había visto nunca.

Ella trata de salir pero la ola la envuelve y desaparece de su vista, entonces el hombre corre hacia el mar y se interna en el agua, las olas lo enrollan pero él, desesperado, sólo quiere encontrarla, así que bucea con la angustia de no poder localizarla atenazándole el pecho. Sube varias veces a tomar aire y se zambulle de nuevo; al fin vislumbra su figura bajo el agua y nada raudo hacia ella, la agarra de la mano, pero la mujer se suelta, la ase de nuevo y ella vuelve a desprenderse una y otra vez.

La desesperación hace mella en él y los pulmones le estallan; emerge y toma aire y se hunde otra vez pero ya no la ve, aun después de hacer varios intentos.

Sale del mar, acongojado; sabe que ella se ahogó.

—Se ahogó —dice rendido a la primera persona que encuentra, un viejo pescador que le mira indulgente.

—Sí, —le confirma— pero hace ya seis años.

 

El custodio de los sueños

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Si tuviera apéndice nasal podría recordar el aroma de los verdes valles, de las retamas en flor y de la tierra húmeda, cuando Jorgito, subido a su grupa cabalgaba alborozado, sin otra idea en su cabecita que  llegar al imaginario fortín, para estar a  salvo de los apaches.

Si poseyera cerebro, podría rememorar los tiempos en que Lucas, subido encima de él,  avanzaba  por los extensos campos, pensando en llegar al castillo para rescatar a la princesa y matar al dragón de fauces ardientes. O cuando Lupita, encaramada en su lomo, corría por debajo de su hada madrina, que volaba etérea y ligera por encima de ella. Si tuviera corazón, ahora se hallaría triste, evocando como  la pequeña Tina, jovial y traviesa, le fustigaba con una vara, para que trotara más rápido y alcanzar  la casa de la bruja, antes de que los infortunados niños fuesen engullidos por la malvada.

 

Pero  no tenía cerebro, ni corazón, ni olfato; en realidad sólo tenía un cuerpo de encina, fabricado hacia muchos años por un mañoso carpintero. Y no tenía sueños porque éstos pertenecieron a unos chiquillos que ya  habían extraviado la ilusión.

 

En el desván sigue el caballito de madera; viejo, desvencijado y desteñido. Aún permanece ahí, nadie sabe bien por qué, quizá salvaguardando las fantasías infantiles de los adultos que, de vez en cuando, lo contemplan con nostalgia.

 

Memorias de la infancia

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Doña Brígida andaba despacio, como si nunca tuviera prisa. Su sempiterno atuendo era un pañuelo atado tras la nuca y un delantal desteñido con bolsillos, donde iba metiendo todo aquello que tuviera algún interés para ella; papeles, un clavo, un trozo de cordón...

Doña Brígida, la ventera, estafaba al pueblo entero y lo hacía con una afabilidad embaucadora y una labia pasmosa, aunque nunca nos engatusó su sonrisa pícara. Pero no había ningún otro sitio donde comprar, y lo más importante; ella nos fiaba todos los suministros, para pagarlos cuando recogiésemos la cosecha de las papas,  así que nos dejábamos estafar sin remedio, apretando los dientes y dejando que apuntase en el cuaderno de los fiados las compras diarias  y un poquito más, o viendo cómo su báscula nos robaba 50 gramos de tocino o un puñado de guisantes.

La ventera se volvió rica y envió a sus hijos a estudiar lejos, como los del cacique o los del alcalde. Entretanto, los demás niños nos quedamos en el pueblo jugando a ser pilotos o médicos, devorando con ansia los escamoteados garbanzos con gorgojos de doña Brígida y suspirando por, sólo contemplar, los flamantes juguetes que los hijos privilegiados ostentaban con regodeo todos los veranos.

 

Por los cielos

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Humberto tenía verdadera fobia a volar. Su terror era tal que sólo con oír el ruido de una aeronave en la noche se ponía nervioso.

Cuando, por una causa mayor, tuvo que viajar en avión, se tomó seis calmantes y cinco güisquis. Nada más sentarse en el sillón del aparato quedó embotado sumiéndose en un sueño profundo en el cual, el reactor se iba a pique sin remedio y la gente chillaba con un pánico ensordecedor mientras él, horrorizado, se veía a sí mismo dando tumbos dentro de la nave que descendía vertiginosa.

 

—Señor, oiga... despierte por favor —le repetía una voz suave y tranquilizadora.

 

Antes de abrir los ojos dedujo que todo había sido una pesadilla y suspiró con alivio, pensando darle un enorme abrazo a la auxiliar por haberle rescatado de aquel infierno.

 

La azafata, con su vestido blanquísimo y resplandeciente, le sonreía —¿no era azul el uniforme?— recapacitó, antes de distinguir las alas inmaculadas que le asomaban por la espalda.

 

Argucia de una dama en apuros

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Entró por mi ventana, yo no dormía, pero él lo creyó. Se acercó hasta mi lecho despacio, sin hacer ruido.
El corazón me latía alocado; el pánico casi me hizo gritar pero aguanté, tenía que resistir.
De pronto, con un rápido movimiento, abrió mi cobertor, y al destaparme, advertí sus colmillos que refulgían en la oscuridad. Prevenida, me levanté de un salto y corrí hacía el enorme y robusto armario de dos hojas que había encargado fabricar, me introduje dentro y cerré. Mi corazón, cada vez más desbocado, parecía querer salir del pecho y huir por sí solo.
Él corrió, detrás de mí; como yo había supuesto. Abrió la puerta del ropero en el mismo instante en que yo salía por la otra puerta. Rápida como una gacela atranqué todas las puertas. Perfecto.

Me acosté de nuevo y esperé el día mientras los bramidos del chupador se hacían cada vez más horripilantes.

El sol estaba en pleno apogeo, alumbraba toda la alcoba y daba de lleno en el ropero.
Desatranqué todas las puertas y esperé pero el vampiro no quiso salir. Hube de abrir yo.

Este montoncito de ceniza que estoy barriendo les vendrá estupendo a mis petunias.

Evoluciones

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Primero era tan pequeña como una lenteja, después llegó a ser como un guisante y pronto igual que un garbanzo, no tardó mucho en desarrollarse hasta llegar a parecer un haba. Creció luego hasta tener la apariencia de una avellana y enseguida se hizo como una castaña.
Ahora semeja un higo chumbo pero, aunque siento curiosidad por saber que legumbre o fruta más imitará mi verruga, he de extirparla sin remedio; ha comenzado a echar pinchos y tengo el sobaco en carne viva.

Hogar, dulce hogar

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Extasiados por la pasión inexperta y juvenil no dejaron resquicio a la cordura y sólo sus corazones fueron dueños y señores de sus almas y cuerpos.
Así, empezaron a edificar su nido de amor comenzando por el tejado; tejas de chocolate, paredes de nata azucarada y puertas de turrón.
A los primeros soplos de viento tormentoso, la casa de los enamorados se vino abajo.
Después de la terrible tempestad, cada cual regresó al sólido hogar de sus respectivos padres, desencantados y mohínos, sin volver la vista atrás y maldiciéndose uno al otro.

Algún día lo intentarán de nuevo, cada cual, tal vez, por su lado, pero entonces ya habrán aprendido algo fundamental; una casa siempre se ha de comenzar por los cimientos y construirse con férreos materiales, después, en su interior, es donde hay que acomodar la dulzura.

El pájaro del miedo

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El caballero vibraba; sus largos cabellos enmarañados y sucios de polvo destilaban líquido a raudales, sus ojos observaban al contrario, perspicaces, sin titubeos, la espada palpitaba ávida en su fuerte mano, dispuesta a hundirse en el pecho del rival a la menor vacilación.
En el suelo permanecía, inmóvil y rutilante bajo los rayos del sol, su yelmo y su protección pectoral, de los cuales se había despojado como muestra de valor ante su adverso.
El otro observaba sus gestos con desasosiego; alarmado ante tal alarde de valentía, receloso ante su atrevido temple, aprensivo ante lo que podría ser su derrota y acaso su muerte. Tras el yelmo, su rostro reflejaba el pavor, el sudor empañaba su mirada y un espasmo sacudía su mandíbula.
Pensó en rendirse pero no se lo permitía su orgullo. Caviló que, acaso en un despiste de su rival, él podría hundirle la espada en pleno corazón pero le aparentaba ilusorio, irrealizable...
Súbitamente, un cuervo surgió ante sus ojos y se posó en su hombro.
No había duda alguna; iba a morir, el pájaro negro, su pesadilla, se lo confirmaba. Cayó su espada al suelo y quedó exánime, asequible a la estocada enemiga mientras su esfínter, sin control alguno, evacuaba a chorros su pánico.

Sin humos

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Nicolás Cachimbú, —así apodado por su pertinaz vicio de llevar siempre cachimba— decidió un día dejar la cazoleta para siempre.
Recordaba que este mal hábito lo había sometido desde la temprana edad de catorce años, y el motivo había sido su desmedida timidez.
Llevar una cachimba en la boca le proporcionaba audacia, ya que siendo tartamudo la gente discurría que su lenguaje apabullado era por causa de la pipa.
Nicolás abandonó la cachimba cuando iba a cumplir setenta y ocho años, después de que el doctor le exhortara a dejar de fumar.
Sólo después de mucho sufrimiento para adaptarse a estar sin su compañera de tantos años, Cachimbú recordó que jamás había fumado; que sólo había chupado, durante toda una vida, su cachimba de madera de cerezo.

Gotas de almíbar

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Mi abuela Coralia adoraba fumar en cachimba. Oculta en el sótano, expulsaba volutas de humo azul que se disipaban en el aire.
Desde la habitación de arriba, mi hermana gemela y yo, con ocho años, la espiábamos por un agujero que las tablas del piso, ya desgastadas, nos habían dispensado.
Abuela fumaba con entregado placer y su pipa, de color azabache con adornos plateados, se mecía en su mano con delicia.
Sólo cuando fumaba su rostro resplandecía y, aquel halo de felicidad, la hacia parecer una chiquilla.

Si oía algún ruido, presurosa, apagaba la cachimba y la escondía en un orificio de la pared. Entonces nosotras, desilusionadas, abandonábamos nuestro mirador.

Cuando crecimos nos enteramos de que aquella cachimba había pertenecido a mi abuelo, muerto cuando nosotras teníamos apenas seis años. Fue mi abuela la que nos informó.

—Cuando fumaba era como si estuviera besando a mi amor otra vez... —nos dijo, nostálgica de las sensaciones que antaño la complacieron tanto.

El tiempo borró de la boquilla de la pipa, la esencia de mi abuelo. Con ello desvaneció también el deseo de fumar de mi abuela.


Rabo de lagartija

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Desde que nació ya fue un bebé colérico; puños cerrados, lloros agudos y cara amoratada por la furia.
Su niñez y adolescencia las pasó entre colegios e internados y fue expulsada en varias ocasiones por practicas abominables con sus preceptores, además de villanas acciones con sus compañeras de clase.

Nunca se casó; si lo hubiera hecho, a ciencia cierta, su esposo sería hoy ungido como mártir, sin embargo tuvo candidatos, que salían huyendo a poco de tratarla. Sólo uno de ellos pudo soportarla durante dos meses.
Su madurez nunca existió, ya que siempre se comportó como adolescente díscola y en su vejez fue acogida en un asilo, donde las religiosas encargadas de atenderla estuvieron a punto de perder su admirable fe.

Y feneció, después de una longevidad casi milagrosa y bastante atroz para sus custodias. Entonces su rostro, prodigiosamente, se dulcificó; aparentaba una señora amable y amorosa allí tendida en su ataúd.

Creo que, ciertamente, es la muerte la única que la acogió con agrado y ella parecía sentirse, por fin, cómoda.

Yo jamás me sentí mal por dejar que pasara su vida sola; nunca pude sobrellevarla. Excepto ahora; cada semana voy a su tumba y le cuento mis problemas y alegrías. Como haría cualquier hija con su madre.


Simulacros cotidianos

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La odalisca se agitaba voluptuosa y sensual al ritmo de la música exhibiendo sus torneados muslos y su cimbreante vientre ante los numerosos ojos masculinos que la seguían ansiosos.
Pedro, entre los espectadores, la escudriñaba pensando que aquel cuerpo ondulante y perfecto irradiaba erotismo por todos los poros de su piel.
Dedujo que toda ella era pasión, ardor, lujuria... y que mientras bailaba estaría poseída por la lascivia y el deseo carnal más intenso y vehemente.
Entretanto, la bailarina medía con impaciencia el tiempo, desfallecida y asqueada solo deseaba terminar su jornada de trabajo para volver a casa.

13/12/2005 16:17 e1s2p3 Enlace permanente. Espuma de cuentos No hay comentarios. Comentar.

Argucias de familia

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Todos los días iba a visitar a doña Teresa y nos pasábamos las apacibles tardes bajo el gran castaño, hablando de Roberto y tomando limonada. Ella era una buena conversadora y yo la escuchaba, abstraída, platicar de su hijo y las virtudes que éste poseía: era formal, cariñoso, ordenado... yo soñaba con él, sin importarme la opulencia de mi familia ni sus penurias, y envidiaba a las muchachas que, según doña Teresa, asediaban a su hijo.

Yo era por entonces un alma cándida que creía a pie juntillas las palabras de aquella mujer, que parecía tan honorable pese a las privaciones, y no supe ver la realidad hasta después del matrimonio: Roberto fue un esposo tarambana, borracho, huraño e irresponsable.

Ambos descansen en paz.

Hoy, yo sigo bajo el gran castaño donde espero, tomando mi refresco, por Margarita, una muchacha ingenua y hacendosa que deseo para mi Demetrio, este hijo mío cincuentón que tan fielmente ha heredado las “cualidades” de su padre.

¡Qué no haría una madre por su hijo!

Bar Consuelo

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Ramón escucha atento a Juan; éste le comenta que su mujer le ha abandonado, entre hipos y sollozos, mientras apura, una tras otra, copas y copas de coñac. Al atardecer, el hombre se retira, zangoloteándose de un lado a otro. Al poco aparece Roberto, se sienta en el taburete y pide dos güisquis dobles. No tarda mucho en desahogarse y le cuenta a Ramón que Elena decidió dejarle, por un miserable vendedor de bombillas. Llora con desesperación y el otro le consuela como puede. Al fin, con una borrachera impresionante, Roberto se va pero, al mismo tiempo que él atraviesa la puerta, entra Vicente.

Vicente es un buen vecino, soltero, maduro y tranquilo. Por eso Ramón queda atónito, cuando le dice que se ha enamorado y que, Ángela, su amor, no le hace ni caso. Lloriquea, el hombretón, mientras consume tequila sin parar. Mocos y babas se esparcen por toda la barra y el cantinero limpia una y otra vez, con calma, al tiempo que reconforta a Vicente.

Cuando, a la madrugada el hombre se marcha, Ramón cierra la puerta de su negocio.

Nunca debí ponerle el nombre de mi ex novia al bar —piensa, y con un suspiro de cansancio se dispone a asear su cantina.

 

 

 

 

Arácnido

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Arácnido

Era negra, gigantesca y brillante. La veía bajar por la blanca pared confiada e inexorable.

Sus patas velludas parecían deslizarse sin esfuerzo; yo, echado sobre la cama, no fui capaz de moverme. Sus pinzas no paraban de fluctuar; sus ojos centelleaban en cientos de fracciones mientras, sin dejar de observarme, seguía descendiendo.

 

El pánico era tan grande en mi interior que creí reventar. El sudor empapaba todo mi cuerpo y mi corazón latía a un ritmo desorbitado, pero estaba inmovilizado, paralizado por su hechizo maldito. Ciertamente, las arañas son capaces de sugestionar a sus víctimas; yo estaba hipnotizado, prisionero, subyugado por aquel pavoroso bicho.

 

Llegó hasta mí y subió pausadamente por mis piernas, mi pecho..., parándose de vez en vez y vigilándome para averiguar si su sugestión seguía causándome efecto —eso me pareció a mí— cuando, finalmente, alcanzó mi cara me pareció oírla reír maléfica, insidiosa...

 

 Principió por mi cabeza; tejía rápidamente su tela y me envolvía en ella con la destreza y maestría de la más habilidosa modista.

Me fue liando, ciñendo y embalando en la tela hasta que fui sólo un paquete.

 

Mi mente horrorizada podía aún vislumbrar una solución; ella no podría arrastrarme a su guarida, yo era un peso excesivo para una araña aunque fuese tan grande en similitud a su condición.

Pero... empezó a revisarme minuciosamente moviendo impaciente sus pilosas tenazas por todo mi cuerpo y luego ávida, comenzó a chupar mi sangre succionando despacio, sorbiendo pausadamente cada gota, como una mariposa que liba el dulce néctar de una flor.

 

No me dolía, más bien tuve la sensación de que se me iba la vida mansamente, pero el horror de saber que estaba sucumbiendo, de que iba a morir, causaba en mí una aterradora conmoción, una angustia espantosa y una resistencia inútil y enloquecedora  por la  supervivencia.

 

Mi mente se fue nublando lánguidamente según ella iba extrayendo mi sangre y mi cuerpo, cada vez más débil e inutilizado, se dejaba arrastrar inerme e impotente hasta sentir como un entumecimiento soporífero me aletargaba por completo; ella continuó su labor engullidora mientras mis ojos se apagaban y ya sin brillo se cerraban a la vida.

 

Mi cuerpo momificado, plena y perfectamente desecado, fue encontrado a la mañana siguiente. Nadie se explicó que había pasado.

 

Ha pasado el tiempo y ahora mi espíritu pudo al fin, gracias a los progresos, teclear en este aparato lo que realmente me pasó en el año 1.916 en la C/ Delirio Nº 686 de la ciudad de Malaventura.

 

Avisen a un fumigador, ahora que aún pueden... nunca se sabe.

 
 

Fulana y mangana

cheque.jpgVino llorando a mí y me ofreció la pulsera de su bisabuela; era un brazalete que tenía más de cien años, de oro macizo, que llevaba esmeraldas engarzadas y rubíes.
Mi bienquista vecina me dijo que estaba apurada, que debía pagar una deuda y por esa razón se deshacía de la alhaja que tenía en tan alta estima, y yo se la compré enseguida, compensando sus desconsoladas lágrimas con un cheque más cuantioso de lo que me pedía y dándole el lenitivo que necesitaba.

—Estará en las mejores manos— le aseguré mientras me apresuraba a guardar la reliquia.

Hoy, un día después, he sabido que mi ajorca no vale nada: no es de oro, las que supuse piedras preciosas son simples vidrios y de antigua, claro, no tiene ni el broche.
Mi amiga ya no vive aquí, se fue la misma tarde de la venta, alegando que debía subsanar sus débitos. Ella me dio una quincalla, estafándome, y eso me punza el orgullo. Pero me consuelo imaginando su cara de hurón encrespado, cuando el funcionario del banco le informó de la total ausencia de caudal en mi cancelada cuenta bancaria.

Piélago

ojos v1.jpgLa llamaban Glauca porque poseía unos ojos verdes y profundos. Al mirarlos fijamente, uno podía distinguir el fondo del mar en ellos; seres marinos como peces, corales, medusas y estrellas de mar fluctuaban en sus pupilas, pausados y radiantes, arrullados por la plácida marea del mar de sus ojos.
A veces, cuando se fraguaba una tempestad en su alma, se percibía en su mirada la violencia de las olas rompiendo contra los negros y cortantes farallones de la orilla y entonces las medusas, trémulas, buscaban refugio en su iris, las estrellas se anublaban y los corales se agitaban estremecidos.

Perseverancia

boda2.jpgLa primera vez que se enamoró creyó que sería para siempre. La siguiente, no había perdido la fe de que esta vez sería sincero. A la tercera, ya desconfiaba del amor y en el cuarto fracaso amoroso, se dijo a sí misma que no volvería a enamorarse.
Cuando conoció a Ricardo, la certeza de que éste era su media naranja, le hizo olvidar su promesa y cuando Ricardo la abandonó, Manuel la consoló con satisfacción durante seis años. Después... de nuevo sola.
Al mes de su soledad, intimó con Gerardo y llegó a ser feliz con él durante tres años. Pero él se fue y el nuevo desengaño le hizo resolver no sucumbir, bajo ningún concepto, a las lisonjas de otro varón.

Hoy tiene setenta y dos y acaba de conocer a Rafael, de setenta y seis. Él es distinto, se dice, mientras dispone con ilusión su octava boda.

A imagen y semejanza

espejo1.jpgFue en aquel hotel de Roma tan lujoso; con sus escalinatas tapizadas de rojo, sus muebles labrados, unos cuadros impresionantes... y los espejos, profusos espejos por doquier; en recepción, en las salas, en las habitaciones, en las escaleras...
Bajé yo, modesto hombre de pueblo, a la cafetería, para llevar a mi decaída esposa un café que la reanimara. Todo fue bien, —no me perdí, como temía, en aquel hotel fastuoso de pasillos interminables y recovecos imposibles— de maravilla iba todo, hasta que subí de nuevo por las escaleras, —aquella escalinata revestida de terciopelo bermellón y ataviada con espejos por todas las paredes— ya que nuestra habitación se hallaba en el primer piso.
Al subir, con la jícara zarandeándose en mis manos, casi tropiezo con un señor que bajaba; un hombre mayor, como yo, que renqueaba un poco, con una ladeo similar al mío. Me aparté enseguida, para darle paso al caballero, pero él, afable, se apartó asimismo.
Entonces decidí continuar yo mi subida, mas él, quizá creyendo que yo esperaría, trató de bajar, ¡casi topamos! Raudo, me aparté de nuevo y va él y hace lo mismo.

No había manera de entendernos.

Si no es porque me ajusto mejor las gafas y distingo que aquel señor, tan torpe, llevaba una taza de café en las manos y un atuendo idéntico al mío...

En fin, hubiera pasado mucho tiempo haciendo el mentecato y mi esposa odia el café frío.

¡Los espejos son unos minuciosos plagiadores!

Extraviados

CRUZADA.jpgDon Felipe de Torremayor se hincó de rodillas frente a la imagen de la Sagrada Cruz y oró, sabiéndose ya vencedor; llevaba puesta su indumentaria para partir raudo con sus justicieros acólitos, a Las Cruzadas; en su peto lucía la cruz roja y en su corazón el sentimiento ardoroso de la Verdad Única.

A mucha distancia, Amad Jamed se hallaba arrodillado asimismo, mirando a la Meca, dispuesto ya para la batalla, de la que juzgaba que él y sus tropas saldrían victoriosos, puesto que ellos luchaban por la Incólume Verdad y Alá, sin duda alguna, estaría con ellos.

Arriba, en las Divinas Alturas, Dios o Alá, comprendió que los hombres seguían siendo ciegos, tercos y feroces y que, ni las misericordiosas enseñanzas de Su Jesús ni las benditas doctrinas de Su Mahoma, habían logrado nada en absoluto.

Doble laurel para Hera

zeushera.jpgUn día Hera, diosa del Olimpo, se alejó demasiado en su carro de oro tirado por pavos —furiosa a causa de otra de las numerosas infidelidades de Zeus— y llegó hasta la jurisdicción de los dioses egipcios, encontrándose con Isis, que sollozaba entristecida.

La griega frenó su carro con un chirriar de patas y se dispuso a saber algo de aquella desconocida y doliente fémina.

Hablaron y departieron las dos diosas, llegando a sentirse tan acopladas que la amistad no tardó en surgir entre ellas.

Isis, relató a Hera que su desconsuelo se debía a la perdida del falo de su esposo, después de que Set lo hubiera desmembrado y esparcido de tal forma que ella, Isis, aunque localizó y compuso de nuevo a su amado Osiris, nunca halló su pene.

Quedó Hera pensativa y al fin, en su mente se fraguó una idea genial. Prometió ayudar a su nueva y gran amiga y partió.

Zeus dormía con un sueño pesado —como si hubiese bebido alguna droga, que alguien pudiera haber vertido en su licor de frambuesas— Soñaba, agobiado, que alguien le extirpaba el pene.

Ese mismo día volvió Hera a visitar a su amiga; en un primoroso paquete de color añil, le traía un presente.

Isis, alborozada por la llegada de la diosa helena, se tornó radiante de felicidad cuando abrió el fardo y descubrió en su interior un hermoso y enorme falo.

—Es divino, por lo tanto compatible —le aseguró la griega, ufana.

Método racional

GATITO.jpgDespués de perder a su querido Rufo bajo las ruedas de un enloquecido camión, Emilio juró no poseer un perro nunca más. Y se compró un gato.

Pero su latente predisposición por los canes no le permitió tratar al minino como tal. Ataba al animal, al que llamó Garufo, de una cuerda y lo sacaba a pasear, haciendo que el pobre bicho se retorciera frenético e incómodo ante esta actitud absurda, le arrojaba palos para que fuera a buscarlos, le ordenaba que le diera la patita... y cosas así de extrañas.

El felino, ante la insistencia tenaz de su dueño, al fin claudicó; quizá curtido por sus pertinaces enseñanzas o tal vez se acomodó a su destino perruno, el caso fue que aprendió a traerle los palos lanzados y a caminar atado, tan mundano como el más refinado perro. Lamía cariñoso la cara de su dueño, e incluso orinaba en los árboles del parque levantando la pata con garbo canino.

El día en que Garufo aprendió a balbucear su primer ladrido fue el día más feliz en la vida de Emilio. Exceptuando quizá aquella vez que Rufo, en silencio y muy absorto,
leyó un cuentito de Monterroso.

Arrebatos

centauro.jpgObservaba a la muchacha, que ajena a él, recogía moras de un arbusto. Es muy bella—pensó— y sus ojos rebosaron placidez. ¿Por qué decían de ellos que eran perversos y ultrajadores?, él sólo notaba que profesaba por la delicada joven, ternura y agrado...
Escondido tras una roca, miraba a la chica; no pensaba para nada en mancillarla, no sentía lujuria, sólo deseaba mirar su hermosura virginal.
Algunos insectos impertinentes, no cesaban de picarle en las posas, pero él los espantaba lo más sigiloso que podía, moviendo la cola de un lado a otro incesante. No quería espantar a la bella.
De pronto, alguien tocó su hombro y el centauro casi da un grito del susto, mas vio que era Dionisio, dios del vino, que le saludó e invitó a beber.
Comenzó catando sólo unos tragos, mas el otro insistió y acabó tragándose seis odres, no tardando en embriagarse de tal manera que ya no sabía ni donde se hallaba.
Dionisio, entretanto, había marchado sonriendo irónico, en su carro.

El centauro, recordó a la muchacha y a pesar de hallarse tirado en el suelo, se levantó con gran esfuerzo y se asomó para verla. Y fue algo extraño lo que sintió con sólo ver sus nalgas orondas; un apetito carnal e incontrolable le llevó a arrojársele encima y ultrajarla brutalmente.
Más tarde, dormida ya la resaca, el centauro recordó lo sucedido y se consoló pensando que no había sido su naturaleza la causante del atropello; fue el vino, que trastoca los dulces talantes.

Dentro de mí

volcan.jpg— Iztaccihuatl era una hermosa doncella, hija de un emperador azteca, que se enamoró del humilde joven Popocatepetl. No siendo dicho romance del agrado del rey, éste envía al muchacho lejos e intenta desposar a su hija con un noble.
Iztaccihuatl, se niega y el padre miente, diciéndole que el muchacho ha fallecido. Ella, desolada ante la fatal noticia, muere de pena y en su ceremonia fúnebre aparece Popocatepelt, que desgarrado de dolor la acoge en sus brazos, llevándosela a las montañas.
Allí, el enamorado llora con tanta aflicción sobre el cuerpo de la muchacha que los dioses, compadecidos, cubrieron a los jóvenes con un manto de nieve.

Hace dos meses estuve contemplando dos montañas que se hallan muy juntas; realmente una de ellas parecía una mujer que yace tumbada. La otra no cesaba de echar humo por la cúspide; según la leyenda que acabo de narrar, se trata de Popocatepelt que suspira afligido, percibiendo a Iztaccihualt muerta a su lado.
Juraría que ayer, entre el humazo de su pico, vislumbré unas enormes plumas carmesíes y doradas, como si el guerrero alzara la cabeza penígera para gritar al mundo su dolor. Pero no me hagan mucho caso; sólo soy una vieja con muchas fantasías en la cabeza; posiblemente fue únicamente fuego lo que vi.

Mas... en ese caso, ¿qué es este quejido, penetrante, oculto y lastimero, que hurga en mi corazón desde entonces?

Letras revoltosas

letras.jpgCuentecito.

Un día todas las letras idearon elegir reina y pensaron en la A, porque era la primera del alfabeto y poseía linajudo porte.
Pero la I se reveló arguyendo que ella, desde su nacimiento, había llevado corona; como designio habría de ser.
—Eso no es una corona es un tupé —dijo la S, retorciéndose de risa.
La Ñ indicó que ella también llevaba diadema y mucho más vistosa, corona que, aun siendo minúscula jamás extraviaba, no como la fatua I que se crecía y la dejaba caer.

Cuando todas discutían acaloradas, oyeron que la Z dormía a pierna suelta, zzzzzzz—¡Por algo siempre va a la zaga!— comentó enfurruñada la G.
La B votó por la A, pensando que ella era la sucesiva en el trono, asimismo hicieron la C, D, E y F, que razonaron que no hay dos sin seis.
La G, nominó en blanco y la H, como es muda, gritó y vociferó sin resultado; nadie la oyó.
La J, dicharachera, bailaba sin parar y no votó. La K, L, M, N y Ñ, revelaron que eran antimonárquicas y la O, jugando al aro, se fue rodando, acompañada de la I, que le servía de impulso.
La P, Q, R y S eligieron el régimen republicano; —Todas para una y una para todas —expresaron solemnes.
La T sólo decía que ella, además de letra, era una refinada infusión y que se sentía cual dama británica.— El té a las cinco, siempre a las cinco —repetía pomposa.
La U, V, W, X e Y, insurrectas, clamaban en una pancarta “LAS ÚLTIMAS SERÁN LAS PRIMERAS”, causando auténtica ira a la A, que fue hipnotizada por la magnetizadora S para lograr instalarla en el letrero.

Al final no hubo mayoría de votos para ninguna, como tendría que haber sido. Así que se decidió por unanimidad seguir siendo independientes, idealistas y soñadoras.

—Sólo la mano del escribiente puede hacernos reinas —opinaron todas con buen criterio.

Y poniéndose en orden alfabético, inmóviles y conformes, dejaron que la mano de los escritores las eligieran a ellas, creando así las palabras necesarias para sus escritos.

3 cuentos breves: Bestiario 2

bestia 2.jpgALTERACIÓN INTELIGENTE.

Estoy aterrada; me estoy volviendo extraña, anómala... estoy cambiando. Sufro unas raras transformaciones que perturban mi cuerpo y la esencia innata en mí.

Empieza con convulsiones y asfixias para, de súbito, comenzar a caérseme el pelo en grandes guedejas hasta que mi piel queda lisa y desnuda; cerínea y grotesca... Mi metamorfosis continúa cuando experimento unas sacudidas espantosas, mis huesos crujen y mi pellejo se dilata. De inmediato, se prolongan mis extremidades y mis dedos, sobre todo los de mis patas delanteras, que adquieren un aspecto oblongo.
Espontáneamente, de mi pecho comienzan a brotar dos protuberancias insólitas. En ese momento me yergo sobre mis patas de atrás y puedo andar sobre ellas sin tener que usar las delanteras, mi hocico se achata, mis ojos se tornan distintos, mi nariz se aplasta y ya no puedo olfatear tan sutilmente cómo antes.

Para entonces ya la manada se ha alejado de mí, todos me temen; ventean el aire percibiendo que voy a cambiar y huyen.

Así transmutada, experimento un sentimiento extraño del que sólo puedo recordar que me siento afectiva y perspicaz, desparecen mis ansias de cazar animales para comer y arrancó frutos de los árboles que saboreo con deleite; nunca una loba había hecho eso antes.

En este insólito estado, soy igual a esos seres que aparecen de vez en cuando por el monte...

ARRULLOS REGIOS.

—El monstruo tenía tres cabezas con sus respectivas narices por donde surgían llamas de fuego de gran largura y cuando yo trataba de acercarme, la bestia arremetía frenética ansiando chamuscarme, pero cómo bien sabéis, soy valeroso y no me desalenté sino que cuanto más arremetía ella más me lanzaba yo y, a Dios gracias, en una de esas acometidas pude con mi acero cercenarle una de sus cabezas que cayó al suelo atestada de un líquido viscoso de color amarillento. El monstruo rugía de dolor armando un estruendo tan espantoso que hasta la tierra temblaba.
Sí mi señor, fue atroz, pero logré cortarle la cabeza solazándome de ello hasta que advertí que, por donde antes tenía la cabeza y que sólo era un muñón mucoso, principiaba a salir otro apéndice que era otra cabeza aún más gigantesca y quedé paralizado de estupor, no ya de miedo, que como vos sabéis soy caballero animoso, pero esto era inaudito mi señor.
Y eso fue sólo el principio pues mientras más yo cercenaba, más ella se multiplicaba y ora le cortaba la cabeza ora emergía otra y si le amputaba una pata al instante salía otra... hasta que se convirtió en un engendro de veinte cabezas, treinta y dos patas, siete colas y...
—Teobaldo, mañana continuáis narrándome el cuento... tengo sueño, tapadme bien. ¡Y aprendeos otra fábula más emocionante y donde vos no seáis el héroe que me aburro soberanamente!
—Sí mi rey, que descanséis.

DUFNI, EL GNOMO.

Le vi por vez primera aquel día sereno del mes de abril en mi jardín.

Me hallaba agasajando a mis hermosos rosales cuando súbitamente, sobre una hoja de hortensia le descubrí. Era tan diminuto que pensé que se trataba de algún animalillo pero le oí perfectamente.

—Hola, me llamo Dufni — enunció con voz picuda.

Me sorprendió y asustada estuve a punto de caerme, él se echo a reír— ji,ji,ji,ji...— su risa resultaba estridente para un ser tan pequeño.

—¿Qué eres? —pregunté estupefacta.

—Un gnomo, ¿es que no lo ves?

—Pero... ¿existen los gnomos?

—¡Qué preguntita más tonta! —exclamó él— te está hablando uno. Mírame, soy verde, enano, orejas puntiagudas, rabo largo...

—Eres un gnomo—expuse convencida.

Desde entonces, hace ya algún tiempo, Dufni y yo somos inseparables; él me obsequia con piedras y gemas preciosas que recoge de las profundidades de la tierra y a cambio sólo exige mi compañía, yo, agradecida, le deleito con mis magníficos encantos. Dice que me quiere y me siento halagada por ello. Sólo espero que su amor no sea el de un enamorado porque, ¡qué extraña pareja haría un gnomo y un hada!

3 cuentos breves: Bestiario

bestia4.jpgDE ALGAS Y FRENESÍES

Miles de corales, medusas y estrellas de mar sacuden pertinaces mi mente, pero juro que no estoy loco. Mi nombre es Mauricio y fui pescador.

Fue en un día claro y sereno; la mar azul me convocaba, como cada jornada, para ofrecerme sus criaturas. Subido a mi barca, con el soplo fresco de la mañana, salí mar adentro.

Comencé a escuchar la melodía apenas unas millas de la costa; era un canto seductor, atrayente que me llevó hacía su posición veloz y febril.
Y allí estaba ella, flotando sobre las aguas; pelo largo de color verdemar, ojos glaucos y tez cerúlea. Ella, con su cola de pez deslumbrante y verdusca, del mismo tono que el de las algas.

Su hechizo de sirena me cautivó y me tiré a la mar para seguirla. Me llevó a un arrecife de corales multicolores; yo me sentía pez, no necesitaba aire, respiraba perfectamente y la sensación era magnífica.

Ella sonreía, mientras, en una concavidad de arena rubia se quedó fluctuando. Yo, cómo un pez, esperaba ansioso a que desovase y ella, conocedora de mis ímpetus, puso numerosos huevos que quedaron posados en el lecho marino. Cuando terminó se alejó un poco y yo, frenético, me situé encima y esparcí mi semen sobre la puesta; experimenté el placer más sublime jamás imaginado siquiera.

Quizá sea un delirio de viejo pero... no dejo de pensar en cómo serán mis hijos marinos.

SOMBRAS Y HECHIZOS


Cuenta la leyenda que se convertía en lechuza por las noches.
Inés de Moncada; bella hija del conde de Moncada, hidalgo caballero del señorío de Castilla.

Acaso víctima de algún embrujo o quizá por ser hija de hechicera, Inés, transformada en lechuza albina, recorría volando los bosques del feudo.

Se decía que todo viajero que se encontraba con el ave rapaz era atraído por sus ojos redondos y ambarinos y quedando exangües y abatidos se convertían en víctimas de la lechuza, que les devoraba las entrañas.

Pero, enamorándose del hijo del marqués, quiso Inés que su maleficio acabase. Se encerró en un convento y cuando sus manos intentaban tornarse en garras ella se flagelaba, atajando la tremenda metamorfosis. Y cuando sus hermosos labios principiaban a convertirse en corvo pico, se laceraba consiguiendo que la mutación parase. Y si unos plumones blancos empezaban a brotar en su fina piel, se torturaba logrando que no se alterara su cuerpo humano.

Largo tiempo después logró su propósito de ser una mujer normal y casó con su amado.

En la noche de bodas el esposo despertó al alba. Otra vez la terrible mutación se producía.
Transmutado en chacal no pudo reprimir sus impulsos sanguinarios; a dentelladas despedazó a la novia.

LA LLAMADA DE LA ARPÍA

Aconteció hace dos años, un mes y un día.

Mi adepto y aliado en batallas y correrías y al que, desde hacía tiempo apreciaba esquivo y triste, me refirió su infortunio una tarde que vino a verme abatido y astroso.

Me participó, entre lamentos y sollozos, que estaba hechizado por una arpía.

Una arpía es un ser con cabeza y torso de mujer, posee alas, enmarañadas greñas y dientes mugrientos. La parte inferior de su cuerpo es de buitre. Habita antros inmundos en los que, ni el humilde ratoncillo de campo osa entrar a causa del hedor y la putrefacción que reinan en ellos y su risa es escalofriante.

—Pero su canción es mágica e irresistible —expuso mi amigo—, por las noches me llama con su canto y yo acudo sin dilación a su guarida; allí, sumiso, acato todas sus órdenes pues no puedo escapar de su maleficio a pesar de que se refocila humillándome y lastimándome. Al alba me deja ir y regreso a mi morada ultrajado; ansiando ser difunto antes que el despojo en que me percibo.

Después de escuchar su desgracia, discurrí —Bestia tan inmunda jamás podrá embrujarme— y fui aquella misma noche a su cueva provisto de ballesta y espada y dispuesto a libertar al infortunado.

Al presente —y desde hace dos años, un mes y un día—, al llegar el albor, mi amigo y yo retornamos a nuestras casas, doloridos y atormentados.

4 cuentos breves: bestiario

bestia3.jpgEL SEÑUELO

Lo mismo que Orfeo le amansó con su música y Hércules le sometió con su fuerza, yo, Demetrio, hijo en vida del pecado y condenado al fuego eterno después de muerto, también le vencí.

A Cancerbero engañé; a la terrible bestia guardián del averno, de tres cabezas con fauces de dientes infectos, lomo repleto de serpientes y cola de dragón.

Así fue y así lo cuento: Después de mi muerte continué por un tiempo en la tierra de los vivos, oportunidad que me dieron de enmendar mis culpas cometidas en vida, y mientras mi carne se corrompía y sólo mi osamenta pelada quedaba, pude cavilar sobre mi futuro. Sabiendo que el infierno me esperaba sin remedio —pues no supe reparar mi pecaminoso espíritu—, y recordando que su guardián era Cancerbero, usurpé mi peroné. Sí, mi peroné mondo y lirondo me llevé a las tinieblas, oculto bajo mi capa.
Crucé en la barca de Caronte la laguna de Estigia y llegué al averno guardado por la bestia.
Y allí me hallé, penando, hasta que en un descuido del demonio custodio escapé hasta la salida y llamando con un silbido al Perro le arrojé el peroné.
El monstruo me miró furibundo y comenzó abriendo sus fauces amenazadoras..., mas el hueso era gran tentación y relegándome se abalanzó sobre él pudiendo yo escapar del abismo.
Comprobé que, tal cómo planeé, los genes se habían impuesto.

BESTIA AMADA

La lluvia caía a raudales; por los cristales de mi ventana el agua descendía abundante y de improviso se manifestó.
Era el Hombre de Agua; se formaba y deformaba a voluntad y ora aparecía cómo una bestia gigantesca con forma humana toda de agua y al instante se disolvía y era tan sólo catarata en los cristales.
Después de eso ha permanecido conmigo y cada día puedo percibirle. Cuándo me baño, él recorre mi cuerpo con miles de dedos invisibles y líquidos.
En mi bañera paso las horas sumida en un profundo éxtasis mientras él me envuelve con su cuerpo amorfo y fluido. Sus caricias son tenues y delicadas, como las del amante perfecto.

LA TIERNA BESTIA.

Le colocó la cabeza de cocodrilo, acopló la mitad del cuerpo de una pantera y la parte posterior de anaconda; las extremidades, de buitre, fueron encajadas magistralmente en la inaudita morfología. Le concedió las alas de un cóndor y aplicó escamas en toda su piel. Los ojos fueron propiedad de un chacal y por su boca dispuso que brotase fuego.

Pero la bestia no andaba, no respiraba, no existía, le faltaba un corazón.

Después de mucho buscar concluyó que sólo un corazón podría conseguir, el de la mascota de su hijita, un buen perro de nombre “Agrado” y a quien la niña adoraba.

Implantado el órgano vital, la bestia de aspecto sanguinario y repelente, empezó a respirar y a caminar mientras agitaba sus alas con gran ruido. Su creador quedó satisfecho y orgulloso de su atroz belleza, idónea para sus terribles planes.

Pero a una llamada de su hija el monstruo salió corriendo y sin obedecer a su creador que le ordenaba permanecer con él, se reunió con la niña. Ella le acarició el hocico y la bestia, toda corazón, lamió su mano con afecto.

EN EL DESIERTO.


“Cuentan los nativos que hay un monstruo en el desierto.
Tiene el cuerpo cilíndrico y anillado y se mueve por las dunas dejando huellas curvilíneas gigantescas. Habita en las profundidades y exclusivamente se alimenta de arena; vive desde hace siglos y seguirá existiendo por mucho tiempo.
Los tuaregs explican que cuando sale al exterior es para avisar de algún peligro inminente y virulento. Tal es así que la última vez que salió a la superficie se levantó una tormenta de arena tan descomunal que muchos nómadas sucumbieron sepultados bajo ella.
Cuentan que posee una cara translúcida constituida de arenisca y unos ojos de fuego que relucen cómo ascuas.
Hace una semana, dicen, hubo indicios de que la bestia aparecerá pronto y por eso estoy aquí, en mitad del desierto bajo una endeble tienda, abrasado de día y helado de frío por las noches. La verdad, sería irracional pensar que existe tal engendro, pero mi trabajo me obliga a... ¿qué ha sido eso?”

—Esta grabación la encontramos en la destrozada tienda del profesor Don Félix Carmona. Nada sabemos de él y sus colaboradores. Únicamente constar que descubrimos unas espirales profundas y extensas en los arenales y... fragmentos de carne humana, por lo que deducimos que Don Félix estaba equivocado: Existe la bestia, que no solamente emerge para advertir de cataclismos y lo peor... no sólo se alimenta de arena.

Seis jácaras burlonas y refraneras.

hilar2.jpgHábito de esposa

—Madre: ¿qué cosa es casar?
—Hija: hilar, parir y llorar.

Hija, ilusionada, se quiere casar; se prueba el traje, se mira al espejo, ríe con malicia, sueña con su efebo.

Y llegan las nupcias y acaba la boda, pasa la luna de miel y comparecen las noches de celos y soledad; el marido se olvida de regresar a su lado.
Hija se siente abandonada y entristecida, mientras acaricia su abultado vientre, en espera de su quinto hijo.

Hila, y entre tanto llora.

Clama mientras pare.

Madre viene a verla y besa su frente, se sienta, saca su costura y teje silenciosa al tiempo que, tenue, solloza.

—Madre, ¿por qué lloras mientras hilas?

—Es que ya... parir no puedo, hija.

Entre pábulos y sahumerios

Flota entre olores de fritadas; cebolla doradita, crujientes rosquillas, croquetitas de pescado, rubias empanadas de carne, buñuelos de batata y aromas de canela y vainilla.

Extasiada con el olor de la leche frita, no se percata de que entra él en la cocina. Ella revuelve la cuajada con embeleso, oye el burbujeo de la leche y aspira su aroma meloso. La sartén borbotea, no permitiendo que la crema se aglutine y obsequia a su ama con esa apariencia color caramelo, mientras el tufo dulzón asciende, grácil, delicioso...
El hombre, taciturno, la mira; se siente excluido, arrinconado. La esposa y su sartén se elevaban gloriosas al paraíso y él ni siquiera existe en esos lapsos de embeleso.
—¡La mujer y la sartén en la cocina están bien! —le había dicho infinidad de veces; ella siempre estuvo de acuerdo.

Randas, truhanes y lucrados

—Sí, ya sé, quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón, y don Froilán, según dicen es un manilargo, que si no ¿cómo ha llegado a ser tan rico?, que ya sabrá usted, don Pablo, que cuando el río suena, agua lleva pero, claro, la conciencia me punzaba y vine a contárselo porque lo mismo soy yo el que está errado; ya sabe, se cree el ladrón que todos son de su condición, no obstante, yo antes no sisaba ni una cerilla pero me junté con mala gente y ya sabe, dime con quién andas y te diré quién eres, en fin, que como digo fui yo quién robó a don Froilan las ovejas y los dos potrillos, pero ya es que la miseria me tiene atosigado, mis hijos no comen..., la gente nada sabe de mis desgracias, ya ve, cada altar tiene su cruz...

—Bueno hijo, no puede uno estar a Dios rogando y con el mazo dando, aunque don Froilán tenía que haber tenido más cuidado, el que quita la ocasión, evita al ladrón. Tu penitencia será: donar a la iglesia la mitad de lo que robaste, como escarmiento. Si quisiste al perro acepta las pulgas, y no sigas por el mal camino hijo mío, siembra buenas obras y recogerás frutos de sobras. Cuando salgas de la iglesia has una obra caritativa, una buena acción es la mejor oración.

Dudas razonables

—Caballo que con tres años ve a una yegua y no relincha, o no le gusta la yegua o tiene prieta la cincha.
—¿Y si la cincha está aflojada?
—En tal caso ha de ser porque la jaca es malcarada.
—¿Y si la yegua es muy bella?
—Entonces, el alazán es capón; no le conmueven pasiones ni gusta de los deleites que emocionan al varón.
—¿Y si el caballo es vigoroso y no carece de ardor?
—Puede que sea impúber o cegato. Acaso no puede ventear y no advierte el celo que tan tentador para otros rocinantes ha de ser.
—No es ciego el palafrén, que vista tiene muy clara.
—Entonces, y como última conclusión, prefiera el rocín otro de sus mismas dotes; que disfrute de testes y de bigotes.
—Pues andáis desacertado, ni atinasteis al principio ni a la postrera vez; el animal no relincha porque sufre de mudez.

Conjeturas puras

Mujer que al andar culea y al mirar los ojos mece yo no digo que lo sea, pero al menos lo parece.

Parece que sufre de sarna en la entrepierna, que aunque sarna con gusto no pica, irrita; natural es que se contonee para atenuar la comezón. Y si sus ojos parpadean con demasiada asiduidad, por espasmo alterado será, que la roña brota en la bragadura pero se evidencia en los ojos; ¿no son los ojos el espejo del tormento, se halle éste por fuera o por dentro?

Mujer que al andar culea, preferible que lejos se quede, que desde acullá y a la zaga, mejor se la contempla y así no distingues su mirada, guiñándote inquieta y desesperada.

Conclusión: Convulsa la dama es y de algún mal picoso padece y si no, al menos lo parece.

Ardides parejos

La avaricia rompe el saco: La primera A, aún señera, es liviana pero cuando se agrega la V, su gemela, la siguiente A, y la R, el saco se dobla soliviantado; al introducir la I, apenas se nota, pues es espigada y flacucha. La C, es hueca y parco influye en la tara; la sucesiva I, sigue siendo tan delgada como la primera pero la carga está ya muy acrecentada; el saco jadea, quebrantado, y cuando por fin irrumpe la A postrera, alborozada de encontrase con sus hermanas, el costal se repliega amenazador y, atiborrado, revienta.

Supongamos: La AVARICIA, se desparrama. Las trillizas Aes, desintegradas, la V, deshecha, la R partida en dos, las enjutas hermanas Ies, magulladas, y la C, hecha añicos.

Mejor meter el afán, el ansia o la avidez que pesan menos y no se altera el producto.

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