El andurrial de EspumaBienvenidos a todos aquellos que quieran darse un baño de burbujas literarias porque tenemos relatos, odas, cuentos y ocurrencias zascandiles.
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Espuma medieval. Sombras y hechizos![]() Cuenta la leyenda que se convertía en lechuza por las noches. Acaso víctima de algún embrujo o quizá, por ser hija de hechicera, Inés, transformada en lechuza albina, recorría volando los bosques del feudo. Se decía que todo viajero que se encontraba con el ave rapaz era atraído por sus ojos redondos y ambarinos y, quedando exangües y abatidos, se convertían en víctimas de la lechuza que les devoraba las entrañas. Pero, enamorándose del hijo del marqués, quiso Inés que su maleficio acabase. Se encerró en un convento y cuando sus manos intentaban tornarse en garras ella se flagelaba, atajando la tremenda metamorfosis. Y cuando sus hermosos labios principiaban a convertirse en corvo pico, se laceraba consiguiendo que la mutación parase. Y si unos plumones blancos empezaban a brotar en su fina piel, se torturaba logrando que no se alterara su cuerpo humano. En la noche de bodas el esposo despertó al alba. Otra vez la terrible mutación se producía. Sapiencias del monje![]() Sapiencias del monje
El hinojo es una yerba que cura todos los males del bandullo: elimina las flatulencias y calma los retortijones causados por opulentas y opíparas pitanzas —mal del que adolecen muchos prójimos, ávidos glotones de manjares pringosos y orondos tocinos—, el hinojo es el amigo del vientre, dando bonanza y bienestar a la tripa. Las dolencias del mondongo, ocasionadas por no mascar bien las viandas, se alivian tomando una tisana de hinojo mezclada con menta. Los males de la mujer se aplacan tragando una pócima hecha con hinojo y dándose restregones en el bajo vientre con dicha poción. El hinojo es un arbusto que se yergue, egregio y glorioso, desplegando sus umbelas de florecillas doradas para que todos los insectos, atraídos por su grandiosidad, se arrimen a ella y la fecunden. Existe una yerba semejante al hinojo en su apariencia pero, en lugar de curar los males los acrecientan y forja otros aún peores, entre ellos el incremento de las ventosidades con pestilencia insoportable, las cuales llegan a ser desenfrenadas, fraguando incluso que cuando el prójimo conjeture que sólo va a expulsar gases, llegue a evacuar diarreas incontinentes, liquidas y apestosas. Enfermedad llamaba “flojera de vientre”, que es muy dolorosa y bastante violenta, por lo que el enfermo no puede siquiera salir de su morada, so pena de aflojarse en cualquier momento. Este ponzoñoso arbusto se muestra parejo al hinojo, por lo que debemos ir con comedimiento al recolectar, pues tal diabólica planta se enmascara, cual si fuera matojo del mismísimo Luzbel, para forjarnos deterioro en el cuerpo y con ello terciar al detrimento del alma. · Fray Jacinto.
Guapos, ricos y elevados![]() —Sois guapo y sois rico, ¿qué más queréis Federico?—dijome él. —Sois joven, sois guapo y tenéis dinero, ¿qué más anheláis Baldomero? —dijele yo envidioso de sus dotes. —Sois apuesto, sois rico y curtido ¿qué más ambicionáis amigo?—contestóme él al punto. —Sois efebo, sois galano y acaudalado, y disfrutáis de la femenil pasión ¿qué más deseáis sinvergonzón? —exhortéle con insistencia. —Sois guapo, sois rico, versado y además me dais de lado ¿por qué lo hacéis renegado? ¿No veis que ardo de amor y por vos ando extasiado? —declaróme entonces él con vehemencia. —Estáis de chanza, conjeturo—dije yo zanjando la antología y asaz amilanado. —¡Os amo Federico!—fue la ardorosa respuesta. Y aterrado me alejé de allí deprisa, sin atender las réplicas de Baldomero que me emplazaba a permanecer a su lado. —Sois galán, sois instruido, sois rico ¿qué más queréis Federico?—me iba yo recriminando a mí mismo con rabia, mientras huía como alma que lleva el diablo.
Sólo apto para damas. Cuentecillo picaresco medieval, rimado y festivo.—Este bicho me importuna, —quejóse doña Beatriz— ora se posa en mi cuello, ora vuela a mi nariz, pronta se pone en mis labios y más presta en mi cerviz. —No os azoréis, señora —contestóle don Tomás— que yo acabo con la bestia en menos de un pestañeo. ¿Y mi espada?, no la veo... —¿Bestia decís? —señaló ella pasmada— tan sólo es un insecto; impertinente y molesto, pero diminuto. Acaso vuestro ardor os engaña; no es ninguna alimaña. —Pero punza con gran saña, lo mataré en un minuto —replicóle el varón, chinchoso— ¿Dónde está? —¿Preguntáis por vuestro acero? —expuso la dama, mordaz. —Mi espada ya la sostengo; por la mosca os inquiero —dijo él con fingida paz. —La mosca se halla en mi busto, —indicóle Beatriz— recorre rauda mi escote; parece que le da gusto..., ¡ahora asciende al cogote! —No la veo, mejor me arrimo... ¡Ah, qué susto! ¡Vaya lote! —bramó el hombre. —¿Os da, una mosca, cerote? —preguntó ella, insidiosa. —No es la mosca, no es el bicho... —tartamudeó él, mientras, pegado su rostro al pecho de la dama, babeaba, y refutóle— os he dicho. Y la mosca, que se hallaba en uno de los senos de la mujer, alzó el vuelo y despareció por el postigo. —Ya os digo —manifestó Beatriz entonces, guiñando un ojo a la asistencia— mañas y ardides no son solamente del demonio. Este año, amigas mías, yo cataré el matrimonio. Y se baja el telón, entre risas femeniles. Se terminó la función. |
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