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El andurrial de Espuma

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Solo soy espuma 1 por Mª Teresa Cobos

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Sólo soy espuma 1



Me despertó el rumor de un mar bravío que parecía enfadado con las rocas, salí de un sueño profundo sin memoria, con el cuerpo aún gestándose en las primeras sensaciones, respondiendo despacio a los estímulos del nuevo día por venir, no había luz, sólo el sonido de un mar furioso y una brisa fresca soplándome la cara. El cuerpo lo notaba cálido, lleno y satisfecho, encima de mí un cielo oscuro salpicado de infinitas pequeñas estrellas, a mi lado un cuerpo tibio y bien-oliente dueño de una cabeza llena de rizos suaves como la seda que aún no había despertado, una manta de lana nos servía de lecho y otra por encima nos protegía de la desnudez total en la que estábamos.

Me incorporé despacio, después de acariciar nuevamente esa corona de rizos negros como el azabache, que aún en sueños besaba la mano que lo acariciaba.

Empezaba a recuperar la memoria inmediata, aunque no la conciencia porque esta es siempre la última en despertar. Buscaba con ahínco mi ropa, no se porqué ese afán de vestirme si estaba tan oscuro, no había luna, la playa tan desierta, el único ser que no me importaba que me viera así porque me había entregado a él totalmente años antes, se encontraba profundamente dormido. No muy lejos de allí brillaba un negro mar, furioso, arrojando espuma por la boca, yo sentada tanteando entre las mantas sólo divisaba las estrellas y la espuma del mar, no tocaba mi ropa, una túnica azul marino que llevaba el día anterior, cuando salí de casa para no regresar, mi único equipaje, la túnica azul de seda, el collar de zafiros y los pendientes a juego, habían estado guardados veinte años, desde mi boda. Ahora, conservaba el collar y los pendientes y buscaba con ansiedad mi túnica azul, para vestirme, no soportaba estar desnuda.

El día empezaba a despertar tan lentamente como yo, la noche se volvía mas clara por momentos, sentí un escalofrío en la nuca de una mirada aguda como el filo de una daga, me volví bruscamente y no había nadie, me invadió una inquietud incompatible con el estado de felicidad de toda la noche, la única noche amable de toda mi vida.

- ¡No mires atrás!, me dije, no hay nada bueno para ti, por muy malo que sea el futuro no puede ser peor que lo que has dejado atrás. Mi inquietud seguía en aumento, esta vez sabía esa mirada en mi nuca, traté de no moverme, de volverme una roca, el miedo me paralizaba, el olor del mar y el ruido de las olas me habían abandonado, en su lugar un ligero golpear rítmico en un suelo duro, como el trote de un caballo en el asfalto y un olor intenso a alcohol puro o a lejía, como huele la sala de un hospital recién desinfectado. Apreté los párpados fuertemente, tratando de recuperar mi única noche de pasión, de verdadera libertad, y ahuyentar el miedo que me empezaba a oprimir el pecho Pero una mano me tocó el hombro, ya no podía ignorarlo, abrí los ojos lentamente y vi esa mano tendiéndome mi túnica, una mano blanca suave de larguísimos dedos, femenina, busqué sus ojos sin querer encontrarlos por miedo a que se me metieran dentro, eran verdes vidriosos y fríos, su cara un óvalo perfecto, en su boca una sonrisa triste como congelada, una melena larga y negra ondulaba al viento, vestía una túnica blanca, su sonrisa de puro amable me tranquilizó,

- ¡Gracias!- le dije, sin salir de mi estupor.

-¡Suerte!- me respondió con una voz tan dulce, casi cantando.

Me coloqué la túnica al instante y al sacar la cabeza la vi alejarse deprisa, con unos andares raros, desapareció en la noche, como si esta la hubiera tragado para llevársela con ella al morir. El frío se me metió muy dentro, me aproximé al cuerpo que dormía profundamente a mi lado, notaba su calor, pero yo seguía temblando, volvieron el ruido de las olas y el olor a sal, parecía un mar mucho más tranquilo, mi respiración iba retomando su ritmo, el frío interior no cesaba.

Aziz se dio media vuelta dejando caer su brazo sobre mi espalda, mi temblor lo despertó del todo.

- ¿Que te ocurre?- me dijo en un susurro.

- Tengo frío, le conteste, igual de quedo. Entonces me abrazó muy fuertemente, cubriéndome de besos y supe que era él mi único amante, el más completo, me sumergí nuevamente en su cálido abrazo, volví a olvidarlo todo, solo existía él confundiéndose conmigo, penetraba por cada uno de los poros de mi cuerpo, meciéndome en sus olas, susurrando palabras de amor. Solo esa noche mágica daría sentido a mi existencia, aunque el mundo acabara esa mañana habría merecido la pena.





No era la primera vez que esa extraña aparición con forma de mujer y patas de cabra venía a visitarme, en mi pueblo, un pequeño lugar al norte de Marruecos muchos decían haberla visto, la llamaban Aicha Kandicha, decían que era una especie de diablo, siempre la vieron al amanecer, recogiendo hierbas del suelo, otros decían que la visión iba acompañada de otras cosas extrañas, como tambores de boda, o una fiesta inexistente con muchos invitados invisibles, lo cierto es que todos le tenían miedo.

Yo la vi en una ocasión anterior, era muy joven entonces, apenas acabada la escuela primaria, ya no iba a estudiar más, ¿para qué le iba a servir a una mujer más estudios?, mis hermanos si harían una buena carrera, así en el caso que no me casara ellos podrían mantenerme, al faltar mis padres. Ya mi madre me había tomado de discípula para enseñarme a coser, cocinar y llevar una casa como Dios manda, para poder servir a mi marido y atenderle en sus más mínimos caprichos, yo pensaba que me estaba preparando para ser una criada perfecta y bien barata, pero no podía ni siquiera insinuarlo, ya había aprendido que en esta vida no tendría ni la más mínima posibilidad de elección. Mi padre en cambio se ocupaba de mí de otra manera, buscaba un novio con dinero y de buena familia, andaba en tratos con un familiar, era su misión de padre, y una vez casada la hija, su labor habría terminado.

Estas cuestiones no me preocupaban en absoluto, andaba aún jugando a las muñecas cada vez que mi madre se despistaba en su guardia y custodia sobre mí. Era la menor de cuatro hermanos, los tres varones, y la diferencia con el anterior era de cinco años, por lo que me trataban con mucho mimo, a veces me parecía tener cuatro padres y la seguridad de que nada malo podría pasarme, ni sospechaba siquiera que pudiera existir tanta luz, tras la protectora sombra que proyectaban sobre mí. Yo no sabría que no era libre, hasta mucho después.

Un día, a punto casi de cumplir dieciséis años, un fuerte olor a mar me hizo volver la cabeza, y allí en la plaza, de pie junto al puesto de pescado de su padre, un muchacho delgado, con porte altivo, coronada su cabeza con negros rizos, de tez muy clara, mejillas rojas de ardiente sol, dirigió la mirada hacia mí, sus ojos color miel me adelantaron el color de sus sueños, su dulzor me envolvió durante el largo rato en que quedaron unidas las miradas. Mi hermano el menor, que diariamente me acompañaba al mercado a realizar la compra, vigilando que nadie osara molestarme, con excesivo celo, inexplicablemente, no percibió la tempestad que siguió a ese abrazo explosivo de miradas, el velo que, caritativamente, ocultaba mi rostro a miradas ajenas, no dejó translucir mi enrojecimiento. Mi corazón se desbocó en un alocado galope, mis piernas, de repente, no soportaron el peso de mi cuerpo. Pero no llegué a caer al suelo, unos fuertes brazos me sujetaron antes del golpe, nunca sabré cómo tuvo tiempo de llegar a recogerme aquel muchacho que me sostuvo la mirada durante un instante lo suficientemente largo como para introducirme en el mundo de la mujer adulta y enamorada, la que empezaba a ser consciente de que ese mundo no estaba hecho a la medida de sus necesidades, la que estaba sufriendo una fatal metamorfosis.

Rápidamente me transportaron a mi casa, donde estuve enferma, no se cuánto tiempo....(Continuará)




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