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El andurrial de Espuma

Bienvenidos a todos los que quieran darse un baño de burbujas literarias.

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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2015.

Amanecer o esperanza

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Yo, que vivo entre realidades

de tiempos fieros y cruentos,

¿Cómo creer en querubes

de manos acogedoras,

de albinas alas y faz de sol?

Yo, que existo viendo maldades,

niños enfermos, famélicos, tristes...

¿Cómo creer en un cielo

henchido de rosas y risas,

cuajado de miel y de aurora?

Yo, que he contemplado barbaries,

guerras feroces de hombres locos,

sangre, injusticias y dolor,

¿Cómo creer en nirvanas 

plenas de paz, amor y hermandad?

Yo, que he consentido en silencio,

abusos, atropellos, atentados...

¿Cómo creer en otra vida

donde sólo hay felicidad,

calor, color y  complacencia?

 

Yo, no creo en nada,

incrédula soy, pagana, impía...

Mas ¿cómo no tener esperanza

si cada día sale el sol,

pían los pájaros y brotan las flores?

 

 

Embrujo de luz

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A Mari Luz le encantaba ir al claro del bosque cuando había plenilunio. Allí se ocultaba tras la floresta  para observar a las ninfas que danzaban. Ellas, ajenas a su mirada, reían jubilosas mientras de las alturas caían serpentinas de plata y sus cuerpos, albos como la espuma, centelleaban hermosísimos.

La realidad es que no eran ninfas sino gacelas de pelo claro, no danzaban sino que hacían cabriolas y sus risas eran sólo balidos. Pero Mari Luz, con su extraordinaria imaginación, podía ver lo que deseaba y transformar en su ensueño la luz del  astro que serpenteaba entre las hojas de los árboles, por argentinas cintas que caían del cielo.  Únicamente necesitaba la magia de la luna llena.



De labias y embelecos

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—¡Tengo filtros para enamorar y vasijas henchidas de céfiros de lejanas tierras que quitan las aflicciones del alma!  ¡Recipientes repletos de suspiros de sirenas que inflaman los corazones y  pedúnculos de duendes dorados que fortalecen los testes de los varones y complacen el entusiasmo de las féminas!
¡Elixires de juventud que devuelven el vigor a los ancianos y ungüentos de belleza, elaborados por las hadas del bosque prodigioso, que conceden la hermosura más sublime!
  Mientras el mercader vociferaba atrayendo a numerosa gente, una primorosa dama acompañada de dos sirvientes se acercó.

  — Mi mayor gratitud, mercader —dijo— porque gracias a vuestros brebajes yo he enamorado a mis cinco esposos y más  tarde, extintos ellos, he aplacado el dolor de la pérdida con los céfiros que vendéis, puesto que mi pena fue enorme. ¡Ellos  supieron hacerme tan feliz, gracias a vuestros pedúnculos de duendes!

 La dama suspiró con delicadeza y siguió.

 —Sabréis que mis casi sesenta años son livianos como los nublos, gracias a vuestro elixir y mi piel lozana, lo cual sé bien que es debido a esos ungüentos de hadas...

Sin dejarla concluir la arenga, la muchedumbre se arrojó al tendal y los caudales pasaron raudos de las bolsas de los parroquianos a la faltriquera del mercader, mientras sus mercancías desaparecían como por ensalmo.

Al oscurecer, en el bosque, un carromato con proclama de ventas, recogía a una bellaca disfrazada de dama que lanzaba improperios. 





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