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El andurrial de Espuma

Bienvenidos a todos los que quieran darse un baño de burbujas literarias.

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El tiempo vuela... o se posa

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—¡Vamos, vamos, se nos acaba el tiempo!
—¡Nos falta la caja fuerte de dentro!
—¡No, no hay tiempo!
—Pero ahí deben estar las joyas y...
—¿No me has oído?... ¡No hay tiempo!
—Carlos, estoy harto de que siempre seas tú el que dispongas lo que tenemos que hacer. No me voy a ir sin las joyas y si no te gusta te largas. Nazario, Lupe ¿os quedáis conmigo?
—Okay, cojamos las joyas.
—¿Y tú Lupe? ¿Qué dices?
—Me largo con Carlos, ya tenemos bastante en esta bolsa.
—¡Largaos entonces! ¡Fuera! ¡Pero la bolsa se queda aquí!
—El dinero que hay en ella es de todos, nosotros la llevaremos y cuando nos reunamos repartimos.
—Muy gracioso; si os lleváis el dinero no os vemos más. ¿Me crees un mentecato?
—Tomás, no me conoces. Crees que soy como tú, ¡se cree el ladrón que todos son de su condición! ¡Qué buen refrán... te viene al pelo!
—Carlos, te conozco, no te hagas el cándido. Si no recuerdo mal le soplaste a tu propio tío un cuadro de Dalí que él había robado con miles de dificultades ¿qué sobrino hace eso?
—Quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
—Mira lo que dice la Lupita, ¡qué sandunguera! Pensáis llevaros
 mi parte porque soy un ladrón y encima os quedareis tranquilos, ¡dejaros ya de refranes, so memos!

—¡Escuchad!

—¿Qué?

—¡Sirenas de la policía!

—¡Vamos!

—¡Primero las joyas!

—¡No seas burro Tomás que te van a coger!

—¿Y qué te importa a ti Lupe? ¡Ya no me quieres!

—¡Animal! ¿Estás pensando ahora en amores?

—¡Cállate Carlos! ¡Metete en tus asuntos!

—Tranquilidad muchachos... hemos de irnos.

—Nazario, ¿quién te ha dado vela en este entierro?

—¡Callaos! ¿Oís las sirenas?..., ya no se oyen.

—¡Larguémonos! ¡Se nos acaba el tiempo! ¡La policía está aquí!

—¡Vamos! ¡Salid por esa puerta! ¡Rápido!

—¡Manos arriba! ¡Somos la policía¡ ¡Entréguense!

—¡Mierda!

—¡La culpa es tuya Tomás! ¡Badulaque! ¡Burro!

—¡Soltad las armas!

—No tenemos armas señor policía.

—Comisario, llámeme comisario ¿No tienen armas? ¿Cómo te llamas?

—Lupe.

—Lupe, ¿seguro que no tienen pistolas?

—No, señor comisario.

—¿Y navajas?

—No señor.

—¿Han venido a atracar una casa sin armas?

—Sí señor.

—Extraño, muy extraño.

—Somos buena gente.

—Y tú... el que habló, ¿cómo te llamas?

—Nazario, y éste es Tomás y ese Carlos...

—Bien, ya estáis todos bien ataditos.

—¡Estúpido!

—¡So penco!

—¡Calamidad!

—¡Pollino!

—¡Eh! ¿Qué os pasa?, tú eres Tomás y tú Carlos ¿no? ¿ Qué te ocurre Carlos? ¿Por qué os insultáis?

 —¡Este burro, que por su culpa nos ha cogido usted señor! ¡ Le dije que se nos acababa el tiempo!

— ¡Él es el incompetente! ¡Si hubiésemos cogido las joyas en vez de estar diciendo refranes y estupideces no se nos hubiera echado el tiempo encima!

—Se les acabó el tiempo, ¿eh?

—Sí señor, el tiempo es inexorable y va siempre apresurado...

—¿Apresurado?

— Sí señor comisario, éste que es bobo...

—No os preocupéis muchachos, les aseguro que van a sentir que el tiempo es derrochador con ustedes.

—¿Cómo?

—Ustedes denle tiempo al tiempo...

—¡La cárcel! ¡ Vamos a ir a la penitenciaria! ¡Nos van a meter en chirona!

—¿Y qué pensaban? ¿Qué íbamos a darles una medalla?

—Pero señor comisario, no hemos hecho daño a nadie, ni siquiera tenemos armas, ¿por robar unas monedas nos van a encarcelar?

—Nazario... Nazario eras tú ¿no?, dime... ¿robar es delito?

—Sí señor comisario, pero...

—Pues entonces no quiero oír una palabra más. ¡Vamos, que no
 tengo todo el tiempo del mundo!































Hogar, dulce hogar

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Extasiados por la pasión inexperta y juvenil no dejaron resquicio a la cordura y sólo sus corazones fueron dueños y señores de sus almas y cuerpos.

Así, empezaron a edificar su nido de amor comenzando por el tejado; tejas de chocolate, paredes de nata azucarada y puertas de turrón.

A los primeros soplos de viento tormentoso, la casa de los enamorados se vino abajo.

Después de la terrible tempestad, cada cual regresó al sólido hogar de sus respectivos padres, desencantados y mohínos, sin volver la vista atrás y maldiciéndose uno al otro.

 

Algún día lo intentarán de nuevo, cada cual, tal vez, por su lado, pero entonces ya habrán aprendido algo fundamental; una casa siempre se ha de comenzar por los cimientos y construirse con férreos materiales, después, en su  interior, es donde hay que acomodar la dulzura.

 





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